Recesión, riesgo país en alza, pobreza, obra pública paralizada y trabajadores cada vez más endeudados. Mientras los datos se acumulan, Javier Milei prefiere discutir con las estadísticas antes que con una realidad que ya no entra en el relato oficial.
Ya todos saben que vos sos un caradura
Caradura, caradura
Será por eso que un amigo no te dura
Caradura, por demás
Y te rajás cuando ves gente que labura
Caradura, caradura
Todo es mentira cuando hablás de tu aventura
Caradura, por demás
Para el gobierno todo se sintetiza en meros números. Y como algunos cuantos sabemos, detrás de los mismos se esconden millones de dramas de seres humanos de carne y hueso. Cuando la actividad cae, el riesgo país se dispara, la pobreza aumenta, las obras públicas desaparecen y miles de trabajadores necesitan endeudarse para comprar comida, detrás de cada porcentaje hay una realidad social concreta.
Y esa realidad empieza a ser demasiado grande para esconderla detrás de una entrevista televisiva o de una nueva explicación acerca de que, en definitiva, todo marcha maravillosamente bien.
Esta vez, incluso JP Morgan vino a arruinar la fiesta.
El banco estadounidense recortó de 2,7% a 1,5% su pronóstico de crecimiento para la Argentina durante 2026 y anticipó una contracción de la actividad durante el tercer trimestre, después de la caída registrada en julio. Pero para Javier Milei no hay recesión. Hay, según su particular diccionario económico, una “desaceleración del ritmo de expansión”.
Una manera bastante curiosa de llamar a una economía que se achica. O para no dejar margen para la interpretación: Una economía que ya comenzó a desangrarse.
El mercado tampoco parece entusiasmado…
Mientras el Gobierno habla de confianza y crecimiento, el riesgo país encadenó diez jornadas consecutivas de aumento.
El viernes cerró en 609 puntos básicos, después de haber tocado los 628 durante la jornada. Fue una suba del 5,4% respecto del día anterior.
Ese mismo mercado que la Casa Rosada suele invocar como árbitro supremo cuando las cosas le convienen parece estar leyendo otro guion.
Porque mientras Milei promete confianza, el riesgo país vuelve a superar los 600 puntos.
Y a todo esto, la pobreza no necesita discursos
El INDEC informó que la pobreza alcanzó al 32,3% de la población durante el primer semestre de 2026, mientras la indigencia llegó al 7,5%.
Una medición alternativa de Equilibra estimó, en cambio, que la pobreza habría alcanzado el 44,9%, utilizando patrones de consumo más actuales y contemplando ingresos que no aparecen declarados en las encuestas.
No es el dato oficial y corresponde presentarlo como una estimación privada. Pero expone una discusión imposible de esquivar: cuánto cuesta realmente vivir y cuánto pueden comprar los ingresos familiares.
Y hay un dato todavía más brutal: En barrios populares porteños, siete de cada diez hogares relevados están endeudados. Entre quienes tomaron créditos, el 72,5% utilizó el dinero para comprar alimentos y el 52,8% para pagar otras deudas. El 66,2% registra pagos atrasados.
No se endeudan para cambiar el auto. Se endeudan para comer. Y mil veces canallas los que la caretean tratando de disfrazarla de otro modo.
Una economía que obliga a una familia a pedir un préstamo para llenar la heladera tiene un problema social que ningún discurso sobre libertad económica puede borrar.
Pero lo peor del caso, es que son absolutamente conscientes de lo que están realizando. A ello vinieron. Y en ese rumbo van a continuar, en el rumbo preclaro del más profundo desprecio integral a la sacralidad humana de la clase trabajadora.
La obra pública también desapareció
El proyecto de Presupuesto 2027 reconoce otro aspecto del modelo. De las 2.339 obras públicas relevadas, 1.683 fueron dadas de baja o están en proceso de rescisión. Otras 457 fueron transferidas o están siendo traspasadas a provincias y municipios. Apenas 199 quedaron bajo gestión nacional y 55 ya fueron terminadas.
La inversión en infraestructura se encuentra cerca de un 80% por debajo de 2023.
No es solamente una planilla presupuestaria. Son rutas, viviendas, redes de agua y obras de infraestructura que dejan de hacerse.
La receta parece sencilla: el Estado se retira y el mercado ocupará su lugar. Una vez más, la teoría transita esos carriles imposibles. El pequeño detalle es que una ruta, una vivienda o una red de agua potable no aparecen mágicamente porque un funcionario escriba la palabra “mercado” en un PowerPoint.
En una nota guionada y “concedida” a uno de los principales esbirros con micrófono, entre otras definiciones desopilantes y consultado sobre la desocupación creciente, consultado por la creciente desocupación, el Presidente sostuvo: “No tenemos un problema”. También afirmó que las cifras no son sustancialmente distintas de las de 2023, aseguró que durante su Gobierno se crearon más de 500 mil puestos de trabajo y rechazó las críticas a la precarización laboral. “Trabajo es trabajo”, sentenció. La frase resume bastante bien una concepción: si alguien trabaja, problema resuelto. No importa demasiado cuánto gana, si tiene estabilidad, derechos laborales, cobertura o si necesita acumular varios empleos para llegar a fin de mes. Una definición particularmente cómoda y proporcionalmente cínica para un Gobierno que parece decidido a convertir la precariedad en una virtud estadística.
La Argentina real hace cuentas
El problema no es solamente que existan datos negativos. Es que empiezan a hablar entre sí. La actividad cae. El consumo interno pierde fuerza. JP Morgan anticipa una contracción trimestral. El riesgo país supera los 600 puntos. La pobreza oficial aumenta y una medición alternativa la ubica bastante más arriba. Las familias populares se endeudan para comprar alimentos. La obra pública se reduce drásticamente y la desocupación alcanza el 7,9%.
Pero para Milei no hay crisis.
Hay “reacomodamiento”. No hay recesión. Hay “desaceleración”. No hay precarización. “Trabajo es trabajo”.
Quizás el problema del Gobierno sea, precisamente, la distancia cada vez mayor entre lo que ocurre en la vida cotidiana y la explicación que intenta ofrecer el poder. Por un lado, una cosa es defender un modelo económico. Otra, bastante diferente, es pretender que sus consecuencias no existen.
Mientras tanto, la Argentina real sigue haciendo cuentas: cuánto cuesta llenar la heladera, cuánto falta para llegar a fin de mes, cuánto acumula la tarjeta, cuánto aumentaron los intereses y cuántas obras dejaron de hacerse.
Y entre crisis cuasi estructurales y desaires a granel en el exterior, Jamoncito avanza.
