Compartimos nuevamente uno de los análisis que realiza el arqueólogo Leonardo Killian, en clave de aguafuerte, en este caso, netamente «porteña»…
En el cenotafio que nos recuerda a los patriotas caídos en la guerra de Malvinas, un farsante discursea. El farsante en cuestión es el jefe de una administración colonial, e insultando el lugar y su memoria, expone y escupe su pensamiento miserable. No me asombra.
No me asombra que un infeliz que dice admirar a Winston Churchill, Ronald Reagan y a Margaret Thatcher diga lo que dijo.
Lo que llama la atención son una serie de uniformados que lo miran con mirada y expresión ovina. Han hecho el Saludo Uno o Saludo Militar al que los despistados siguen llamando «la venia», en forma mecánica. Hace tiempo que sus uniformes y su difusa labor no tiene ningún sentido, pero allí están cumpliendo el rito de la farsa ¿patriótica?
Ninguno. A ninguno se le ocurrió darse vuelta y retirarse de ese acto indigno. Hace tiempo que perdieron la dignidad.
Los otros, de impecable traje y corbata, son los cínicos que no perdieron ninguna dignidad porque jamas la tuvieron. Allí se distinguen dos féminas: la jefa de la represión y «el jefe» como llama el estafador a su hermana, tan corrupta y estafadora como él y que cuando discursea no puede disimular su condición mono neuronal.
Algo mas lejos, otros cínicos negocian, mienten, rosquean, Dicen ser opositores. No les creas. Solo esperan estar en los primeros lugares cuando esto se caiga ¿Para que? Para emparchar algo del desastre.
Es la ciudad de la farsa.
En la misma ciudad, los gendarmes armados hasta los dientes, cuando se supone que deberían estar cuidando las fronteras y triplicando en número a unos jubilados ancianos que intentan vanamente llegar al Congreso, se ensañan apaleándolos.
Es la ciudad de la furia.
No podemos reconocer en esta Buenos Aires a la misma ciudad que alguna vez rechazó por dos veces al invasor inglés a puro coraje, chuza y con lo que se tuviera a mano.
Resulta que en 1982 nos ganaron. Y el resultado de esa derrota nacional fue no sólo una democracia castrada, sino este presente miserable.
Esta es la ciudad capital de un territorio colonial que alguna vez supo ser un estado nacional…
… Pobre Patria nuestra.

