Nosotros hacemos autocrítica. Nuestra conciencia se considera culpable de hacer o no hacer algo que debimos, y desde ese reconocimiento, hacemos otra cosa. Las organizaciones son herramientas: se actualizan, mejoran, rediseñan o simplemente cambia la forma en que las usamos. Pero no las cambiamos hasta tener una mejor.
Hay gente que no se propone analizar ni revisar nada. Que no tiene tiempo ni ganas de pensar en otra cosa que el “minuto a minuto” de la supervivencia. Pero no es lo mismo cuando eso es darle de comer a tus hijos, o si es para el valor de tus activos financieros. En medio podemos ver toda la gradación de la desesperación, la desazón o el desatino.
Tenemos que ordenar lo que pensamos. Cuando un error de apreciación supera nuestra intuición o previsión de tendencias en una realidad siempre más compleja que nuestra posibilidad de comprenderla, necesitamos revisar forma y contenido en nuestro análisis.
La llegada al mando supremo de un “médium de perros”, economista limitado a sus prejuicios, hombre solitario y estrafalario sin partido ni pasado político, pone en cuestión andamiajes y bibliotecas. Hace falta entender qué nos pasó, cuando este síntoma sintetiza esperanzas de multitudes.
Desde las propias fuerzas, debemos clarificar por qué un movimiento, nacido para transformar la distribución de la riqueza y el poder, ya no modifica ni se atreve a meterse con los poderosos. Cómo nuestros líderes de todo género, no pueden organizarse para pensar juntos, superando personalismos, pases de facturas reales o interpretadas, enconos y diferencias. Teniendo gobernaciones e intendencias, con la experiencia de varias presidencias, aún navegamos a la deriva y sin timón controlado, avanzando en múltiples frentes. Es como ir conformando columnas, paredes y techos antes de designar arquitecto.
Enfrente, hay otra vereda de valores, objetivos y esperanzas diferentes y muy distantes. La de quienes entendieron que ante la peste que se llevó centenares de miles de vidas, la cuarentena no era para proteger sino para encerrarlos;
Personas que viven en el mismo país pero consideran que hay que hacer política para liquidar los puestos de gobierno y destruir el mismo Estado. Dejar que cada uno se sostenga y sobreviva de acuerdo a sus propias capacidades y fuerzas. Que ahí, la “raza”, voluntad y perseverancia harán lo que la selección natural de las especies: sobrevivirán los más capaces y desaparecerán los inútiles.
Tres siglos de ideas y experiencias de libertad con igualdad y fraternidad resumidos en el panfleto de un austríaco que se creía alemán, al frente de un gobierno de bandidos uniformados para saquear medio mundo. Se mató el Adolfo, pero sus seguidores, imitadores y cómplices, sólo aprendieron a mentir mejor.
Están las y los que no pueden comprender, y odian que medio planeta pueda tener igualdad y dignidad. Que prefieren refugiarse en diez mil años de sometimiento de esa media humanidad. Quienes no pretenden hacer el menor esfuerzo por ser mejores seres humanos, sintiendo y expresando sus temores y dudas sobre lo que les pasa cuando hay que trabajar hacia adentro cómo hablar, hacer y hasta seducir sin mandar o forzar a nadie. Las páginas y portales se llenan de los cadáveres que provocan los extremos enfermizos de esa negación.
Los hay otros, con la digestión de una historia trenzada de venganzas y resentimientos acumulados. En otros tiempos robaron aviones para bombardear a sus compatriotas y matarlos como cucarachas. Hace apenas dos generaciones cumplieron un plan para, al igual que su endiosado austríaco autopercibido alemán, quemar de raíz un movimiento que era capaz de tomar calles, fábricas o las universidades con el propio cuerpo, intentar equilibrar un poco la balanza para este lado o probar que era posible dar vuelta la tortilla también aquí.
Muchos errores y en el camino, mucha sangre derramada.
La respuesta fue asegurar los negocios de sus ricos no tan famosos, masacrando a quienes cuestionaran su estilo de vida. Nos costó cientos de plazas que haya un poco de justicia ante tanta maldad amontonada, pero sólo pudimos aislar a los ejecutores, no a los beneficiarios.
Un capítulo especial es para quienes mamaron de la computadora o el celular lo que la familia, la escuela o alguien más, no pudo darles. Fenómenos como los “hikikomori” en Japón, los que aún creen que la tierra es plana, los que desconfían que la ciencia (también puesta al servicio de los negocios de pocos) salva vidas con vacunas, los que montan sus ruedas por día y nunca conocieron a su patrón, y crecieron como yuyos de la selva comercial, olvidados por nuestras políticas.
Montoncitos aislados de personas que con un click, y con un sobre creyeron, que les daban una trompada a los políticos, porque no los consideran o no les dan las respuestas que ellos esperan obtener.
Esto requiere mucho trabajo y sobre todo, al menos borronear algunos caminos de salida. Veamos, para empezar, el próximo 24 cómo lxs trabajadorxs organizadxs dibujamos nuestra historia a mano alzada
