Esta nota necesito, y creo que debo escribirla en forma autobiográfica: uno de mis abuelos se llamó Salomón Sarfati y era inmigrante de origen turco de religión judía, lo que se conoce como judío sefaradí (morocho para más aclaración).
[1]La nota está basada en un trabajo Juan Francisco Vargas – Docente universitario peruano con formación en Literatura e Historia. Para la revista Jacobin
Mi padre decidió no seguir la tradición y se convirtió al catolicismo y se casó con mi mamá María Walsh, católica tradicional descendiente de inmigrantes irlandeses.
Al ser mayorcito me decidí por ser argentino y agnóstico (crítico) pero no puedo ni quiero renegar de mis antepasados: creo que ellos me habitan de alguna manera. Además, mi compañera de vida de origen judío me relacionó siempre con la comunidad judía.
Entonces la primera pregunta que se podría hacer es si soy o no soy judío y allí surge la primera disputa según quien la responda.
Mi respuesta es no. No practico esa religión ni ninguna otra, soy agnóstico, no milito el ateísmo porque no puedo negar lo que no conozco, para más explicaciones.
Ahora, las respuestas que dan otros es muy distinta: un racista dirá que yo soy «medio judío» y por lo tanto soy candidato a ser discriminado, la madre de una amiga muy querida decía que yo era un judío que me había «perdido una generación».
La cuestión de ser o no ser judío para mí siempre tuvo una dimensión simbólica o espiritual. Para los sionistas esto no es así, si yo admitiera o adoptara las creencias de mi abuelo, sería parte de un pueblo y eso me daría ciertos derechos.
Familiares de mi compañera y algunos conocidos emigraron a Israel, y allí recibieron casa y trabajo, cosa que aquí en nuestro país cada vez se hace más difícil, claro está que tales bienes a recibir tenían un correlato complicado, era radicarse en un país que vivía en guerra con un pueblo que residía allí hace muchos años: el pueblo palestino, a los cuales se les negaba mayoritariamente esos derechos porque se había instaurado un estado judío, o sea un estado confesional, y quienes no asumían esa religión simplemente no eran ciudadanos o tenían menos derechos.
Según el sionismo, que parte de mi familia política asumía, el derecho del pueblo judío a establecerse en el territorio que ocupa, y aún a expandirse más, estaba determinado por la “historia y un texto sagrado”.
Quizás uno de los entrampamientos más comunes cuando se discute sobre historia es la determinación de su “inicio”. Es decir, a partir de qué momento comienza la línea cronológica que respalda determinada postura sobre la que se desea persuadir. ¿Desde cuándo empezamos a contar? O, dicho de otra manera, ¿desde cuándo nos favorece hacerlo?
La construcción retórica responde, entonces, al objetivo de la persuasión que se busca realizar y, ante ello, el punto de partida de la narrativa se ve subordinado a las subjetividades de quien la elabora.
En los reclamos reivindicativos se manifiesta muchas veces esta característica: se presentan los intereses de quien argumenta como si se tratara de algo objetivo e indiscutible, una única forma de leer la historia. Así, resulta cuestión de forzar un poco el aspecto cronológico para entrar en una espiral interminable de medias verdades. Y el problema se acrecienta cuando de por medio se tienen debates políticos, de cuya resolución discursiva dependen las vidas de millones de personas.
A fines del siglo XIX, la fuerza que tomaban los nacionalismos comenzaba a despertar conflictos palpables entre los diferentes colectivos que habitaban las mismas entidades territoriales. Variables como la etnia, el idioma, la religión y otros elementos culturales marcaban líneas entre un grupo y otro y eran exaltadas, lo que condujo a diversos choques. El fondo del asunto era el mismo: se pretendía homogeneidad dentro de los territorios, y lo que la amenazara tanto fáctica como hipotéticamente debía ser suprimido o, cuando menos, señalado para evitar que «contaminara» lo «verdaderamente nacional».
Es en este contexto que un deseo de mucha data comienza a tomar forma entre algunos representantes del pueblo judío repartido alrededor del mundo. Es a Theodor Herzl, judío austro-húngaro, a quien se suele adjudicar la concretización del sionismo como un proyecto que buscaba la construcción de un Estado propio para el pueblo judío, y por ello es considerado el «padre de Israel». La pretensión era clara y seguía la misma lógica: un espacio territorial («Estado») para un grupo de personas («nación»). Pero el problema era igual —si no más— claro que aquel: en el espacio territorial deseado, Palestina, habitaba hacía ya siglos otro grupo de personas.
Si saltamos al presente, se puede considerar que esta visión incluso evoluciona a una aún más problemática, pues hoy en día las autoridades del gobierno de Israel directamente animalizan al «otro» palestino. Ahí está el ministro de Defensa, Yoav Gallant, quien los cataloga como «bestias humanas»; el presidente Isaac Herzog, quien considera falso que no hay civiles palestinos involucrados en las acciones de Hamás; los miembros del Knéset (el parlamento israelí) Merav Ben-Ari y Yitzhak Kroizer, quienes afirman, respectivamente, que los niños de Gaza se han buscado lo que les ocurre y que no hay inocentes en la Franja de Gaza; o el propio Benjamín Netanyahu y su síntesis de que se trata de una guerra entre los hijos de la luz y los hijos de la oscuridad.
Pero volvamos al tema nacional. ¿A toda nación le corresponde un Estado? ¿Cada pueblo debe tener su propio territorio? ¿O es posible que haya más de una nación conviviendo en el mismo Estado, o una nación repartida en más de un Estado? ¿El pueblo aymara, repartido sobre todo entre Perú y Bolivia, debería tener su Estado independiente? ¿Qué hay de los kurdos en Medio Oriente? ¿Y los catalanes, los vascos? ¿Cómo funcionaría esto en el ámbito religioso? ¿Si quienes profesan la religión X argumentan que un territorio Y les corresponde según su libro sagrado Z, debería este serles entregado?
La situación de apartheid (discriminación estructural de parte de la población a través de la ley, como a través de las «leyes duales» israelíes), la segregación en guetos, el bloqueo y encierro de Gaza, la constante expropiación de los colonos judíos en Cisjordania, las llamadas «detenciones administrativas» o la directa matanza de palestinos a lo largo de décadas, atentan contra cualquier concepción posible de un Estado moderno, inclusivo y viable. De hecho, implican un nacionalismo exacerbado. ¿Eliminar al «otro» no representa un camino que puntualmente los judíos, por su trágica historia, deberían condenar?
Cerremos precisamente con que Israel se precia de ser la única democracia en Medio Oriente, una región donde, ciertamente, es difícil hallar concepciones liberales en cuanto a estructuras sociales y políticas. No obstante, el mero hecho de establecerse como un Estado-nación exclusivo para el pueblo judío, reservar a tal colectivo el derecho a la autodeterminación, generar leyes que establecen diferencias entre judíos y no judíos, establecer únicamente al hebreo como lengua oficial y sus acciones militares represivas contra los palestinos, generan una contradicción enorme con la etiqueta democrática. Como dice en una entrevista el historiador israelí Ilan Pappé (2017), básicamente se le ponen condiciones demográficas a la democracia. Y ello, por definición, es otra contradicción, ya que se excluye de manera sistemática y estructural a una parte de la gente que habita el territorio.
Finalmente, existe legislación internacional que Israel está obligado a cumplir para salvaguardar la referida democracia, incluido el Derecho Internacional Humanitario. Y también hay instancias supranacionales a obedecer, como la Corte Internacional de Justicia de las Naciones Unidas, donde Sudáfrica (país bastante entendido en estos temas) los acusó de cometer genocidio contra los palestinos. Una institución en la que, por cierto, se respaldó a los judíos tras el Holocausto, en la cual se acogió con unánime condena lo que padecieron, y en donde incluso se le dio luz verde a la compensación histórica que implicó la mutilación de la soberanía territorial palestina. ¿Sólo se obedece a estas instancias a conveniencia?


