Hacia la desplastificación de la agricultura se llama el curso/taller que realizamos junto con Mariela Pino en el marco de las actividades desarrolladas en GAIA (Alianza Global de Alternativas a la Incineración). En este espacio nos propusimos crear un ámbito de reflexión y de intercambio de ideas, prácticas y saberes en torno a las problemáticas derivadas de los modos de producir implícitos en la agricultura, así como concebir, desde los territorios y comunidades, modos de producción, consumo y relacionamiento con los residuos basados en el paradigma agroecológico (GAIA, 2024)[1].
La ampliación del área con cultivo de una o pocas especies, los denominados monocultivos, la ausencia de rotaciones, el manejo inapropiado de los suelos que determina un deterioro en sus propiedades físicas, químicas y biológicas ha determinado una insustentabilidad creciente en las actividades agrícolas, aspecto que deriva en la creciente demanda de plaguicidas y fertilizantes.
En este sentido, las actividades agrarias se han tornado cada vez más dependientes del aporte de insumos externos a la unidad de producción, aspecto que indica una pérdida de autonomía en la toma de decisiones de productoras/os. En algunas actividades, como la horticultura, se ha incrementado la utilización de materiales de origen plástico como los invernáculos, los equipos de riego, la media sombra, el mulching (plástico que cubre el suelo) utilizado en el cultivo de frutilla para mantener el suelo libre de plantas silvestres y conservar la calidad formal de las frutas. A todo esto se agrega el material plástico utilizado en el proceso de comercialización, aún en los mercados de cercanía agroecológicos, como las bolsas, bandejas y cajas.
La utilización de cerca de 580 millones litros / Kgs de plaguicidas al año (Souza Casadinho, 2025)[2] determina que en nuestro país se produzcan 20 millones de recipientes vacíos, cifra que implica entre 15.000 y 17.000 toneladas de plástico al año (Diario Clarín, 2022)[3]. Aunque en el año 2016 se sancionó la Ley Nacional 27.279 que establece los presupuestos mínimos de protección ambiental para la gestión de los Envases Vacíos de Fitosanitarios, el manejo inapropiado continúa, dado que los envases continúan quemándose, enterrándose y arrojando a sitios inespecíficos.
La quema no solo genera gases de efecto invernadero sino dioxinas y furanos, sustancias con capacidad de producir cáncer y disrupciones endocrinas, lo cual los transforma en un residuo con elevada peligrosidad en la salud socioambiental.
Antes de la década de los ’90 la producción de hortalizas poseía un marcado ritmo estacional, determinado por las temperaturas, su amplitud y su variación, aspecto que incidía en el crecimiento y desarrollo de las hortalizas. Se producía aquello que el clima y los suelos permitían, y lo mismo ocurría con el consumo. Nos alimentábamos de aquello que podíamos producir y adquirir en el mercado, por ejemplo se comía tomate desde noviembre a marzo, luego consumíamos otras hortalizas “de estación”.
La apertura económica, la baja de aranceles, el dólar anclado en un peso facilitó primero la importación, y luego la producción interna de diversos tipos de insumos utilizados en la actividad. La confección y utilización de invernáculos, si bien posibilitó el ampliar temporalmente la producción de hortalizas, y elevar la productividad en la utilización de la tierra, lo hizo con una baja notable en su calidad real y produciendo un notable efecto socioambiental. Efecto socioambietal relacionado con la pérdida de paisaje, la contaminación del agua, el aire, la tierra y obviamente afectando a todos los seres vivos. Según García[4], (2011), en el año 2005 había un total de 881 Tn de plástico sobre los invernaderos sólo en el distrito La Plata. Al tener una duración promedio de dos campañas, en La Plata se generaban anualmente 440,5Tn de residuo plástico proveniente sólo de las cubiertas plásticas de los invernáculos. Quizás esta situación empeoró al incrementase el uso de estas construcciones.
También en los últimos años se incrementó la utilización de plástico negro, denominado mulching plástico, en el cultivo de hortalizas, en espacial las frutillas. Este plástico cumple varias funciones: evita el crecimiento de las plantas silvestres, posibilita acumular temperaturas y fundamentalmente impedir el contacto de los frutos con el suelo, evitando el ataque de hongos y el manchado con polvo. Este plástico tiene un tiempo de uso de 1 a 2 años, luego se recambia si el presupuesto del establecimiento lo permite, desechándose a partir de quema, la acumulación en el predio o el descarte en basurales o en terrenos sin cultivo.
En las actividades agrícolas extensivas, producción de maíz, soja y trigo, se utilizan los denominados silo bolsas, los cuales cumplen la función de almacenar los cereales y oleaginosas a la espera de precios que los productores consideran adecuados para su comercialización. Luego de la comercialización, el plástico sigue los inadecuados caminos ya mencionados.
Entonces, desde estas prácticas y tecnologías de producción, utilización y descarte se producen gases de efecto invernadero, los cuales contribuyen a las causas del cambio climático.
Como ya lo mencionamos, estos materiales se queman dentro de los establecimientos productivos, o se arrojan y entierran en vertederos municipales o se desechan en sitios inespecíficos como ríos, rutas, descampados, etc. En ocasiones los materiales plásticos se exportan a otros países con el pretexto de ser reciclados (GAIA, 2022)[5].
Pero no solo se elimina dióxido de carbono. Si nos atenemos a los procesos de extracción de petróleo, la producción y desecho de materiales plásticos, también la descomposición de materiales de origen orgánico mal gestionado determina una importante producción de gas metano, lo que contribuye ampliamente al calentamiento global a los problemas que esto ocasiona en nuestra vida cotidiana.
Las problemáticas relacionadas con los modos vigentes de hacer actividades agrarias, así como la fase de comercialización y nuestro consumo, incluyen la utilización de insumos y prácticas que generan residuos con efecto socio ambiental en nuestra salud tanto física como mental. Lo cual implica asumir la responsabilidad compartida de todos los actores del campo de acciones (productores, organizaciones del campo, tomadoras de decisión en municipios y a nivel provincial, empresas, comercializadores y consumidoras) para cambiar los hábitos de las personas en la producción de alimentos y el cuidado del ambiente.
La agroecología es el paradigma que debe impregnar nuestras cosmovisiones y acciones. Desde la nutrición integral de los suelos y la diversidad se prescinde de la utilización de plaguicidas y sus envases. El plástico negro del mulching puede ser reemplazado por materiales de origen vegetal, residuos de industrias, así como se puede reducir el uso de plástico en los invernáculos mediante el respeto de los ciclos naturales de producción, o incluso utilizar materiales biodegradables. Además, se debe evaluar el beneficio privado que posibilita la producción agraria basada en la utilización de materiales plásticos versus el costo ambiental, que soporta toda la sociedad, ante la utilización y descarte de estos materiales.
[1] GAIA, 2022. El colonialismo de la basura no se detiene en América Latina.
[2] Souza Casadinho, J, 2025.»Plaguicidas químicos de uso agrícola en países y territorios de la CAN y Mercosur” IPDRS. Bolivia.inedito
[3] Diario Clarín. Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Consultado 8 de abril de 2022
[4] García, M. 2011. El cinturón hortícola platense: ahogándonos en un mar de plásticos. Un ensayo acerca de la tecnología, el ambiente y la política. THEOMAI nº 23 primer semestre 2011
[5] GAIA, 2024. Kit de materiales.Taller de agroecología y desplastificaciòn. Alianza global para Alternativas a la incineración. https://www.no-burn.org/es/latin-america-the-caribbean/

