Sigue acrecentándose la escalada incendiaria de toda la estructura y cimientos nacionales, perpetrada por Javier Milei y su numeroso entorno que da robustez política, jurídica, empresarial y mediática al saqueo colonial ya de ribetes cuasi terminales para nuestro país.
Ello camina a veces a tientas, a veces sin mayores obstáculos, amén de seguir contando con un apreciable –por no decir, vasto- consenso social para, en buen romance, liquidar todo vestigio de país soberano. Lo apoya la crema del sector financiero bancario. Lo tolera gustosamente “el campo” y buena parte de la –execrable, por qué no decirlo a esta altura de los acontecimientos- “burguesía nacional” en sus eternos afanes antiperonistas a cualquier precio. Y punto.
Es el reino de la celebración de la violencia, en forma desembozada, a diferencia de tiempos de dictaduras más formales y clásicas, en las cuales para el grueso de la sociedad, resultaba vergonzante manifestar en público pensamientos de tipo político y de reordenamiento social –y racial- muy similares a los que con el actual gobierno argentino y todos los resortes que lo encubren antes mencionados, se exponen y promueven con el mayor descaro imaginable, a plena luz del día.
Ya sin pudor, el poder económico celebra la violencia institucional en todas sus variables. Desde lo gestual y simbólico, hasta la praxis represiva de cada miércoles frente al Congreso nacional, sólo por citar dos contextos fácilmente verificables.
Agachan la cabeza los privilegiados del sistema, algunos por temor a un gobierno que promete vendettas públicas y escraches, y otros porque les parece que el insulto es un precio “barato” para conseguir el objetivo final.
El empresariado de punta, también a escala global, se ha dado cuenta de que ya no alcanza con gobiernos que prometen apertura, sino que es tiempo de apoyar regímenes ultra para trabajar en la misma sintonía y achicar el “margen de error”. La irresponsabilidad es supina, ya que la belicosidad, en nuestro terruño, del discurso de Milei alimenta una violencia que piensa seguir in crescendo… probablemente hasta límites dantescos.
Jamás admitirán, jamás, que sin que se alterara ni de lejos el margen de ganancias de la franja del privilegio, durante los períodos que gustan de tildar peyorativamente de “populistas” se intentó una distribución de la torta algo más equitativa, y frente a ello los sectores privilegiados vieron con el “populismo” enormemente favorecidos sus ingresos, más el plus de haber gozado con la liquidación del endeudamiento externo que ellos mismos habían provocado.
Y nada de eso valió de algo, visto en retrospectiva y con la realidad golpeándonos un upper jab a la mandíbula día tras día. Sin excepción.
Un brillante aporte realizado días atrás por Álvaro García Linera, señala que las oleadas de odio restaurados de viejas jerarquías sociales y raciales, vienen precedidos por lo general de grandes avances en la realidad material. Tras años de democratización parcial de la economía durante el primer kirchnerismo, le sucedió la frustración redistributiva vía inflación, del gobierno progresista –centralmente también compuesto por el kirchnerismo, que nadie se haga el otario con ello- que antecedió a Milei. Como señala Linera, la expansión de las ideologías requiere de un soporte material que las faculte. Ergo, si las crisis económicas son generales, tienden a promover coaliciones sociopolíticas igualitarias, encabezadas por gobiernos de izquierda o progresistas. Pero si fue el gobierno progresista quien no resolvió la crisis, le sucederá una coalición de derecha extrema. La decepción de los de abajo podrá empujarlos a abrazar resentimientos contra los más débiles, y no contra los poderosos.
No hay mayor funcionalidad a la restauración conservadora, que gobiernos progresistas timoratos que renuncian a la valentía de profundizar cambios, radicalizando políticas de redistribución de la riqueza… y para que sean duraderas, esas políticas tendrán que afectar a las oligarquías rentísticas, además de promover un nuevo productivismo sustentable.
Así las cosas, le pido al público lector una lectura introspectiva de máxima honestidad intelectual y personal: ¿Alguien de nuestra actual oposición habrá aprendido la lección? Y tras cartón, voy más allá: ¿Quién, o quiénes, tendrán los cojones –dicho en buen romance- para librar a fondo las batallas que sean necesarias dar, contra cada una de las estructuras del poder real, hoy envilecidas y anquilosadas acaso como nunca antes?
Se los ve, se los percibe y hasta en diálogo con diferentes actores políticos de oposición al neocolonialismo imperante, se los escucha en un permanente estado deliberativo. Ello no está mal per se siempre y cuando las ambiciones personales no estuvieran permanentemente colocadas por encima de los intereses colectivos. Las derechas y los reaccionarios de todo color no tienen estos problemas: las disputas de negocios no perjudican la cohesión que demuestran respecto a sus intereses globales. En este sentido, muchos se ilusionan con que hay balas de la inmoralidad pública mileísta que puedan estar erosionando la línea de flotación de la estructura gobernante, y la realidad es que pareciera que esas cuestiones son nimias para la opinión pública general. Claro está que nada de eso le resta valor al cómo les irá en las urnas. Tampoco podemos dejar de sorprendernos por la virulencia con la que Jamoncito aumenta sus brotes desquiciados. Pero necesitamos entender que no es en esos tópicos donde se juega nuestro destino estructural, aunque la promoción oficial de la violencia no sea un dato para nada menor.
Va quedando muy poco lugar para que la dirigencia política se limite a efectuar meros diagnósticos de coyuntura.
Las reservas resistentes siguen estando de pie. Por caso, la movilización de la CGT y ambas CTA de la semana pasada fue proporcionalmente tan importante como ninguneada mediáticamente, aún entre aquellos sectores que se pretenden opositores al gobierno nacional.
Frente a la ya enervante ausencia de una conducción o coalición opositora con un proyecto claro de salvación nacional, todo indica que el cuadro de situación no variará demasiado las próximas semanas, y las resistencias permanecerán activas y potentes pero dispersas… mientras las fuerzas nacionales, progresistas o como quieran llamarlas, siguen dando el pavoroso espectáculo de dinamitarse entre sí, incapaces de resolver sus “cuitas” de repartija de cargos y favores en un accionar que, cuando menos, ya amerita a pensarlo como abiertamente funcional al avance sin trabas de esta interminable marcha zombie hacia el precipicio de un país reconvertido en una nomenclatura de pacotilla, cuya soberanía naufrague sin más, bajo las aguas de Nunca Jamás.


