La Selección desafió al poder cuando la política elige arrodillarse y callar.
Concluyó un sueño colectivo. Y eso ya de por sí, merece respeto e integridad a la hora de abordarlo. Las estadísticas fueron harto elocuentes tanto en las partes “buenas” como en las otras de la performance del seleccionado nacional de fútbol argentino. Por otra parte, a lo largo de todo el mundial 2026 ofrecimos desde este medio poco y nada de cobertura del mismo. Razón por la cual no nos subiremos justo al final del torneo a llenar hojas y hojas con análisis de lo más variados. Que para eso ya abunda el aquelarre de periodistas deportivos, muchos de los cuales dan sincera vergüenza ajena por su falta absoluta de decoro tanto profesional como individual, con la que se suben al carro del exitismo sólo para cambiarse en un santiamén al de la crítica más despiadada, según se lo reclamen sus superiores o la línea política que les “baje” (sobres mediante, que acá nadie del pueblo se chupa el dedo) desde mucho más arriba.
Y como me sigo rehusando a dirigir un medio que venda pescado podrido sobre esta y cualquier otra problemática que devenga en “noticia”, no haré la excepción en este caso.
Todo lo que importa es la sacralidad del derecho popular a expresar sus sentimientos tanto individuales como integrándose a la cosa colectiva, que fue bella y desbordante casi hasta el epílogo mismo de la competencia deportiva. Y ahora todo vuelve a fojas cero. Nos volvemos calabaza. Retornamos al país crudo, áspero, desigual y descoyuntado que, excepto por las alegrías brindadas por esta selección de fútbol, conformamos cada vez con más rancias perspectivas generales.
Desde hace suficiente tiempo las sociedades en general occidentales suelen prestar mucha mayor atención a los posicionamientos que puedan ofrecer figuras de la élite deportiva o del mundo del espectáculo, que a las voces de sus dirigencias políticas y financieras.
En ese escenario, pasó lo que pasó con el trapo blanco después de ganarles a los ingleses.
Volvió a irrumpir una anomalía para pintar de colores al cielo plomizo que nos abruma a diario.
A raíz de ello, quedó expuesto el profundo desacople entre el Gobierno y buena parte de la sociedad cuando aceptó sin resistencia la prohibición de exhibir la bandera de Malvinas en el partido frente a Inglaterra. La imagen del Cuti Romero, Lisandro Martínez y Giovani Lo Celso levantándola igualmente recorrió el mundo y terminó instalando con más fuerza que nunca el reclamo argentino por la soberanía de las islas.
En lugar de respaldar ese gesto incluso aunque más no sea por oportunismo, jamoncito y todo su séquito de apátridas eligieron cuestionarlo. Su mensaje sobre los «adolescentes termos mononeuronales», acompañado por imágenes de los jugadores con la bandera, fue interpretado como un ataque directo a quienes acababan de expresar un sentimiento ampliamente compartido por los argentinos. La paradoja se profundizó cuando desde Estados Unidos, invocando la Primera Enmienda, se defendió el derecho de los futbolistas a manifestarse libremente, mientras el Gobierno argentino justificaba la censura preventiva por temor a eventuales sanciones.
La contradicción continuó con las declaraciones del nuevo vocero presidencial, Adrián Ravier, quien calificó al país como una «república bananera» en pleno fervor mundialista. En un contexto de orgullo nacional, semejante definición no hizo más que reforzar la distancia entre la dirigencia libertaria y el clima social que generó la Selección.
A esa desconexión se suma otro problema para la Casa Rosada: su enfrentamiento abierto con la AFA y con Claudio Tapia limita cualquier intento de capitalizar políticamente el fenómeno popular que representa desde hace ya un lustro la llamada “Scaloneta”. El Gobierno intenta ahora acercarse a un equipo con el que, por sus propios gestos y decisiones, terminó chocando tanto en el terreno simbólico como en el político.
Pero el episodio de la bandera también dejó otra enseñanza: fueron los propios jugadores quienes reinstalaron el debate internacional sobre Malvinas, algo que la diplomacia oficial no consiguió. Y no quiso intentarlo seriamente. Así las cosas, mientras el Presidente daba por descontadas sanciones que finalmente nunca existieron, el reclamo argentino recuperaba visibilidad gracias a un acto espontáneo de patriotismo.
Una vez más, una “anomalía” rompía con la agobiante hegemonía colonial que nos empuja hacia el abismo nacional cada día sin excepción.
Ese contraste adquiere mayor gravedad porque coincidió con un hecho casi ignorado durante el Mundial: la aprobación definitiva del proyecto petrolero Sea Lion, encabezado por la israelí Navitas Petroleum y la británica Rockhopper. Si los plazos previstos se cumplen, la explotación comercial de hidrocarburos comenzará en poco más de un año, fortaleciendo la autonomía económica de las islas y alejando aún más cualquier posibilidad futura de recuperación de la soberanía argentina.
Paradójicamente, un Gobierno que mantiene excelentes vínculos con Israel y el Reino Unido no ha mostrado voluntad de obstaculizar un emprendimiento que puede modificar de manera irreversible el escenario geopolítico del Atlántico Sur. La explotación petrolera consolidaría un enclave económico de enorme valor estratégico frente a las costas argentinas.
La entrega alcanza niveles de obscenidad jamás experimentadas, a esta escala, en los 216 años que conforman nuestra historia nacional desde sus raíces hasta el presente.
En ese contexto, la Selección volvió a representar mucho más que un equipo de fútbol. Para millones de argentinos fue el único motivo de orgullo compartido en años difíciles. Por eso sus gestos de rebeldía, desde la bandera de Malvinas hasta el desplante del Cuti Romero al saludo de Donald Trump durante la premiación, adquirieron una dimensión política imposible de ignorar. Recordaron que el fútbol también expresa identidad, soberanía y dignidad nacional; valores que hoy parecen incomodar mucho más al poder que a quienes todavía los sienten como propios.
Y tras bambalinas, un poder furibundo ante tamañas osadías que se le escaparon de su control, y de momento –para variar- una oposición política que saca a relucir su mejor incapacidad para salir a capitalizar con creatividad e inmediatez esta pequeña oportunidad que se les presentó sin haberla visto llegar.
Y el sueño colectivo terminó. Volvimos, como en el cuento, a convertirnos en calabaza. Regresamos al país desigual, áspero y deshilachado que nos espera cada mañana con sus injusticias intactas. Pero esta Selección deja una enseñanza que trasciende largamente al fútbol: ningún poder es invencible cuando enfrente encuentra convicción, inteligencia y coraje. Un puñado de deportistas profesionales logró instalar en el centro del debate internacional una causa que la dirigencia había resignado al silencio y demostró que incluso los intereses más enquistados de Occidente pueden ser desafiados. Las gestas populares no nacen de la resignación. Nacen de la voluntad de hacer aquello que todos los demás consideran imposible. Tragar saliva, acumular valor, abrazarnos unos a otros. Y arremeter con todas nuestras fuerzas.
