Cada vez que pareciera que el gobierno nacional tropieza severamente en sus propios baches y dislates, aparece alguna maniobra, ya sea alevosa como la más reciente en el Senado de la Nación, o por errores y agachadas varias de diversos sectores de la supuesta oposición, y contribuyen a darle aire para que jamoncito, sus adláteres, secuaces y superiores puedan seguir liquidando a la República Argentina a gusto y piacere. Hasta que se vuelva, en no mucho más tiempo, un territorio tan amordazado de pies y manos a los designios del norte, que se haya vuelto un estado ya realmente fallido. E irreparable.

Y los culpables no son tanto los chanchos, sino los otros, los que le vienen dando de comer.

El establishment y los dueños de la manija toleran -cuando no apañan- a un energúmeno oficial que no conoce otra herramienta que la agresión permanente y el desvarío cotidiano. Mal que nos pese, esa estrategia le sigue dando oxígeno para acaparar la iniciativa, mientras el resto del arco político asiste anonadado y perplejo al avance del desgobierno. Tomemos, si no, la media sanción del Senado a la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central o el blanqueo encubierto de la «Inocencia Fiscal 2»: temas que no mueven un solo amperímetro en la opinión pública. Para el ciudadano de a pie, castigado por la urgencia diaria, eso es chino básico, exactamente igual que el reparto por debajo de la mesa de los codiciados sillones y pliegos de jueces federales para blindar Comodoro Py. En términos lingüísticos impecables: Al grueso de la población, nos guste o no, todo eso les importa un corno. La desatención al devenir institucional integral del país es, sencillamente, abrumadora.

#SomosTodosCasta ¡Hurra!

Y para que el cuadro de situación cierre con su cuota exacta de bochorno e indignación, no podemos soslayar el papel subalterno y cómplice de la supuesta oposición en el Senado. Mientras la bancada peronista -con la firma y el disciplinamiento obediente de figuras como Juliana Di Tullio, supuestamente bajo expresa orden de Cristina Fernández de Kirchner- le levantaba la mano y le garantizaba los votos al oficialismo para aprobar los pliegos de los jueces que propuso Milei, quedó al desnudo que el pacto de impunidad y la ingeniería de casta gozan de excelente salud. Entregar el aparato judicial a los socios de ocasión a cambio de prebendas y salvoconductos futuros no es hacer política ni ponerle un freno al desquicio: es ser el furgón de cola de la misma motosierra que dice combatirse en los micrófonos pero se avala por bajo de la mesa.

Más allá de que pasen por debajo del radar masivo, vale la pena reflexionar acerca de esta nueva y sofisticada trampa. Lo que se cocina ahí es el blindaje judicial del «macrimileísmo», un enjuague berreta pero sumamente eficaz para garantizarse impunidad futura. En paralelo, intentaron vender como gran novedad unos créditos hipotecarios financiados con la plata de los jubilados de la ANSES, un pase de manos financiero que, en el mejor de los escenarios, apenas rozará a los sectores más acomodados. Lo bizarro y revelador del asunto es que el propio Luis Caputo apareció mencionando la «justicia social» como prioridad, justo él, que encabeza la secta donde esa frase es mala palabra. Quién te ha visto y quién te ve…

No es tan difícil de concluir, que esta gente y sus innumerables asesores de imagen, midieron el pulso de la calle y descubrieron que viven encerrados en un frasco de mermelada, totalmente desconectados del sufrimiento de la economía doméstica. Ante el pánico de que el gastado latiguillo del «nosotros o el caos» pierda efectividad, sus mandamases les ordenaron disimular un poco la crueldad. De ahí bajó la orden de maquillar un salario mínimo de un millón de pesos a base de bonos truchos, aunque la espantada de la CGT y la CTA del Consejo del Salario dejó al desnudo la precariedad de estos numeritos de circo. Son los nuevos fuegos artificiales electorales: la misma «platita» populista que tanto demonizaron, pero ahora presentada como un accidente contable.

La ecuación que maneja el poder económico es pragmática y cínica: le dejan vía libre al Hermano para que profundice su galería de alienaciones -bajo la lógica cómplice de que «el loco está más loco que nunca»-, mientras por detrás el aparato estatal avanza sin pausa con la motosierra. Así vimos el sainete de la intervención en un colegio de la comunidad judía, donde el mandamás local desvarió mezclando satanismo marxista con los Diez Mandamientos, complementado por su adicción a las redes con tuiteos de cloaca que demuestran que pasa más tiempo rateándose de la gestión que gobernando el país.

Detrás de este cambalache de sordidez y piruetas virtuales, lo que se consolida a martillazos es un proyecto de país colonial. Ya no como mera semicolonia. Sino como una colonia completa bajo una fachada de República, cuyos patrioterismos circunstanciales no vayan, en la medida de lo posible, mucho más allá del fervor en un evento deportivo. No estamos ante un desquicio mental aislado, sino ante un plan quirúrgico de subordinación total a los intereses geopolíticos de Washington, el saqueo minero y la timba financiera. El rumbo anunciado ya no apunta a ser un país periférico digno; nos quieren transformar en una Nigeria moderna: un enclave extractivo para saquear, controlar el tránsito bioceánico por el sur, y a otra cosa. Que no es poco.

Con todo, gran parte de la sociedad prioriza la estabilidad de un cepo asfixiante antes de volver al infierno inflacionario, y vota al psiquiátrico de turno tapándose la nariz. Creer que el apocalipsis político va a derrocarlo por sí solo es un tiro en el pie, porque bajo la lógica de este gobierno, cuanto peor, peor.

Entregar las banderas frente a ese falso dilema y morder la zanahoria de sacarse de encima al loquito sin construir alternativa es firmar la rendición definitiva de la batalla cultural.

Mientras tanto… pocas postales desnudan con tanta crudeza la farsa oficialista como escuchar a Luis Caputo pontificar sobre la necesidad de blanquear los ahorros y volcar los dólares al circuito local, mientras su propia declaración jurada lo delata: tiene más del 95% de su liquidez repartida en nueve guaridas offshore. Con más de ocho millones y medio de dólares bien lejos de la patria que maneja y gastos mensuales que pulverizan cualquier sueldo estatal, el ministro encarna la gran estafa de la época: la casta no se fue, solo se puso campera de cuero, usa jerga tuitera y pretende darle clases de decencia financiera a los laburantes desde la comodidad de sus cuentas extranjeras.

Hacé patria y traé tus dólares al país que administrás, mariscal de los chantapufi. La confianza no se decreta a golpe de tuit ni se impone con fuegos de artificio; se demuestra con el ejemplo. Exigirle sacrificios heroicos a una sociedad asfixiada mientras los dueños del ajuste se curan en salud con su propio patrimonio afuera no es solo un insulto: es la radiografía perfecta de un modelo que predica el paraíso y solo siembra intemperie.

Y a los otros… los que se rasgan las vestiduras pero terminan capitulando y se atreven a indignarse contra los periodistas críticos, a esos otros (y otras) les cabe algo mucho más sencillo. El mismo y exacto destino escatológico al que la vecina inolvidable de China Zorrilla la mandó, a ella y a su familia, en la icónica escena de la película “Esperando la carroza”.

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