Hay algo incómodo en la Argentina de estos días: el Gobierno parece empeñado en demostrar que puede tropezar con una piedra distinta todos los días y, sin embargo, seguir llegando a las encuestas con una competitividad que desmiente a quienes ya le escribieron el obituario político.

Cerimedo, los hermanos, las criptomonedas, las sospechas de corrupción, las contrataciones bajo la lupa, los insultos presidenciales, los funcionarios cuestionados, los carpetazos, las guerras contra periodistas y una comunicación oficial cada vez más parecida a una pelea de cantina con presupuesto público: el catálogo es abundante.

Pero cuidado con confundir escándalo con derrota.

La política no se decide en las redes sociales, aunque las redes se hayan convertido en una gigantesca sala de terapia donde cada tribu se convence de que el resto del país piensa exactamente como ella. Un trending topic no es una elección. Un ejército de bots tampoco. Y la indignación de quienes ya estaban indignados tiene un valor electoral bastante parecido al de una entrada vencida.

No pocos encuestadores, y numerosos dirigentes políticos se seguirán preguntando por estas horas: ¿cuándo la acumulación de episodios empieza a modificar la percepción de quienes todavía no decidieron? Porque ahí está el asunto.

El electorado fluctuante no suele levantarse una mañana convertido en politólogo. Acumula señales. Observa. Compara (en el mejor de los casos). Se fastidia. Espera. Y cuando llega el momento de votar, muchas veces decide menos por una convicción ideológica que por una sensación bastante más pedestre: «Con estos estoy mejor» o «con estos estaba menos peor».

Por eso el Gobierno puede sobrevivir a un nuevo escándalo mientras la economía doméstica todavía conserve algún margen no ya para la esperanza, pero sí para una especie de apacible resignación entre apreciables sectores de nuestra sociedad. Y por eso mismo, también puede comenzar a perder apoyo no necesariamente por un gran acontecimiento, sino por la suma de pequeñas frustraciones que terminan formando una montaña.

Cerimedo puede ser un golpe. Pero el verdadero problema del oficialismo no es Cerimedo. Es la acumulación de escándalos y dislates. Es la dificultad creciente para sostener que todo marcha maravillosamente cuando la experiencia cotidiana de una parte de la sociedad empieza a contestar que no.

Ahí aparecen el endeudamiento familiar, la pérdida de capacidad de consumo, la incertidumbre laboral, el alquiler que se lleva una porción cada vez mayor del ingreso y esa promesa eternamente postergada de que la famosa macroeconomía finalmente derramará sobre la mesa familiar.

El derrame, mientras tanto, parece tener problemas de plomería.

Y ahora aparece otra genialidad del laboratorio libertario: preocuparse porque nacen pocos argentinos.

El Gobierno parece haber descubierto que para reponer trabajadores hacen falta nacimientos. El verbo elegido «reponer» ya contiene toda una filosofía: no hablamos de personas, hablamos de stock. No hablamos de proyectos de vida, hablamos de fuerza laboral. No hablamos de maternidad, hablamos de recursos humanos.

El pequeño inconveniente es que nadie suele decidir tener un hijo porque un Presidente se lo ordena desde un escenario. Para tenerlo hace falta, entre otras cosas, saber dónde vivir.

Y ahí la realidad vuelve a ser bastante menos lírica que el discurso. Una pareja joven puede querer tener hijos, pero si el alquiler se lleva buena parte del salario, el empleo es incierto, el cuidado cuesta una fortuna y acceder a una vivienda propia parece reservado para quienes ya tienen patrimonio, la cigüeña puede esperar sentada.

No es la única explicación de la caída de la natalidad, por supuesto. Es un fenómeno mundial y responde también a transformaciones culturales, educativas y sociales. Pero convertirlo en una supuesta consecuencia de los pañuelos verdes, del aborto legal o de una conspiración cultural es una forma bastante rudimentaria de evitar la pregunta material.

Porque si el Estado se retira de la vivienda, reduce políticas de cuidado, debilita herramientas de acompañamiento y deja cada vez más librado al mercado el acceso a bienes esenciales, después resulta bastante pintoresco reclamar que la sociedad produzca más trabajadores.

Pero incluso esta discusión, por importante o agraviante que sea, corre el riesgo de convertirse en otra distracción si no se entiende el problema mayor.

Milei puede estar fuera de la realidad en numerosos aspectos y, sin embargo, seguir siendo competitivo.

El degenerado que se jacta de limitarse a discutir estadísticas y no discutir emociones de seres humanos de carne y hueso, ¿Está fuera de la realidad? Probablemente. Y sin embargo… se mantiene altamente competitivo en todas las encuestas presidenciales. A pesar de TODO. Y ni hablar si mete algún plenito económico en los próximos seis meses…

Más allá de la encomiable voluntad de las pequeñas minorías militantes a lo largo y ancho del país, está claro que, hoy por hoy y subrayo este aspecto, el campo nacional popular carece de suficiente masa crítica dispuesta a apuntalar las profundísimas reformas estructurales que cualquier gobierno de base popular deberá realizar, inmediatamente asumiera en una eventual cartera de gobierno en diciembre de 2027. Hoy por hoy se pueden alcanzar los apoyos mínimos e indispensables como para disputar palmo a palmo un proceso electoral –siempre y cuando los Estados Unidos estén dispuestos a “negociar” la concesión del poder político argentino a un frente que no esté ciegamente alineado a sus intereses. El progresismo que debería empujar y traccionar amplios sectores de clase media, está pulverizado en la actualidad, no sólo política sino muy en especial, filosóficamente en el imaginario social argento de nuestro tiempo.

Y las fuerzas de “centro”, ya lo sabemos, si bien pueden jugar a declamar duramente contra Jamoncito en esta etapa, a la hora de arribar al cuarto oscuro (y antes también, negociaciones de alcoba mediante) en su mayoría volverán a taparse la nariz y optar por una opción de claro cuño antiperonista. La que sea. Literalmente. Incluso a sabiendas, harto conscientes, de los estragos que ello deparará, si cabe más aún, al conjunto de quienes habitamos este mancillado país.

Ahí está la parte que muchos prefieren no mirar.

El oficialismo puede estar acumulando cansancio, contradicciones y enemigos, pero enfrente todavía existe una dificultad mucho más profunda que encontrar un candidato: construir una alternativa capaz de transformar el rechazo a Milei en una esperanza propia.

Porque decir que Milei es un desastre no alcanza. Hace falta explicar qué viene después. Y no con nostalgia. No con el viejo álbum de fotos partidario. No con dirigentes que esperan que el fracaso ajeno les entregue, como herencia, el poder.

El Gobierno entendió algo que buena parte de sus adversarios todavía no termina de comprender: millones de argentinos no votaron solamente un programa económico. Votaron una ruptura. Votaron bronca. Votaron contra una dirigencia que durante demasiado tiempo les pidió paciencia mientras administraba sus propias certezas.

Por eso la oposición puede señalar cada contradicción presidencial y aun así no conmover al electorado.

Porque una cosa es demostrar que el rey está desnudo y otra, bastante diferente, convencer a la multitud de que uno sabe construir el próximo palacio.

El círculo rojo, entretanto, observa. Los encuestadores circulan por la Casa Rosada. Las usinas políticas tantean alternativas. Los poderes económicos hacen cuentas. Y cuando el poder empieza a buscar un reemplazante posible, no necesariamente significa que haya abandonado al actual. Significa que empieza a considerar escenarios.

Mientras tanto, la ofensiva contra gobernadores, opositores y periodistas probablemente seguirá creciendo. Habrá carpetazos, operaciones, desmentidas, acusaciones y esa industria nacional tan próspera que consiste en convertir cualquier adversario en una amenaza existencial.

Es la vieja política con peluca nueva.

En el medio queda una sociedad cada vez menos enamorada de sus propias representaciones. El «ningunismo» no aparece de la nada. Es también el resultado de años de decepciones, promesas incumplidas y dirigentes que descubrieron demasiado tarde que el ciudadano no existe para militar sus internas.

Quizá por eso la cuestión no sea todavía si Milei está terminado. La cuestión es si el Gobierno puede seguir reemplazando resultados por relato, escándalos por enemigos y dificultades por épica sin que, finalmente, la experiencia cotidiana de la gente se imponga sobre el espectáculo. Y cuando se caigan esas caretas, básicamente se lo lleven puesto en un santiamén. Porque a toda gran subida sobreviene una gran caída.

Por otra parte, también resta observar si la oposición puede dejar de esperar que Milei se caiga solo. Porque podría ocurrir que el Presidente termine pagando electoralmente sus excesos, así como también podría ocurrir que un pequeño alivio económico le alcance para recuperar oxígeno.

La política argentina tiene una costumbre bastante desagradable: cuando uno cree que ya entendió el partido, cambia el resultado. Por eso conviene desconfiar tanto del triunfalismo oficialista como de la euforia opositora en su fe en el eterno retorno.

Seamos claros una vez más: Javier Milei no necesita ser razonable para ganar. Y sus adversarios necesitan ser convincentes. Muy.

Y esa diferencia, a esta altura, puede ser mucho más importante que cualquier Cerimedo.

Asistimos en tanto pueblo a esta historia argentina tan recurrente, que suele tener una extraordinaria capacidad para cambiar de elenco sin cambiar de tragedia en medio de su función interminable.

Y nosotros, modestamente, seguimos pagando la entrada, cuando la organización popular debería fortalecerse para patear los asientos, arrancar los cortinados, y de una bendita vez, apropiarse del teatro para desarrollar las próximas funciones valiéndose por sí mismos.

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