Una dimensión del desencanto, o la deserción de la obligación de votar, es la ausencia de responsabilidad del ciudadano medio con su destino. Por ahí leí, quien entierra la cabeza en la arena deja el trasero al aire…
Este elenco político es resultado de esta sociedad, no son marcianos o invasores extranjeros, aunque a veces se comporten como tales. Son el síntoma y la síntesis de lo que somos.
Un reflejo de las contradicciones sociales, esto es, cómo algunos se organizan para defender los intereses de una parte de la gente/pueblo/ciudadanía (no son lo mismo, pero a los efectos prácticos los emparentamos) para subordinar o imponer sus criterios al conjunto.
Esto puede hacerse por medios legales y legítimos, por ejemplo, respetando las leyes, aunque sean injustas, anticuadas o inadecuadas, hechas para defender privilegios. Aceptando las reglas de juego, la cancha inclinada, las trampas de una justicia tuerta, una prensa mercenaria, los espías y operadores de otros empresarios y sus gobiernos. El poder de los banqueros y sus jugadores de casino especulativo.
A veces estar convencido de representar mayorías lleva a pechar el viento y aguantar lo que venga.
Otros apelan a todos los trucos y engaños necesarios para defender sus prebendas o propiedades malhabidas, robadas o apropiadas sin permiso, negociados y estafas apañados por el poder histórico de sus empleados con cargo público.
Y si hace falta, contratar sicarios, jefe militares, grupos de espías y cientificos del engaño, publicistas, empresas con manejo de redes, tercerizadas telefónicas y cualquier medio o mentira para lograr su objetivo. La legalidad se mide por el poder de quien la ejerce.
Por tomar un ejemplo actual: ocultar delitos y lavar sus ganancias, defender los dólares en cuevas fiscales, licitaciones amañadas, sobreprecios, exclusividades, monopolios y ganancias a costa de lo colectivo y común… es una carrera que no tiene descanso ni límite.
Como contraparte: Encerrar opositores sin pruebas y enjuiciar como delincuente a quien cuelga un pasacalle.
Las fuerzas sociales y políticas se organizan para lograr mejorar la vida de mayorías o para proteger ventajas de grupo.
Ese es el territorio y mapa de la politica, es decir, del poder.
Pero surgen personas que representan partes (par-tidos) de la misma sociedad que luego dice no estar representada. Estos partidos y referentes son aquello que la sociedad puede producir.
Es como verse en un espejo y no reconocerse. O no gustar de la imagen que uno proyecta, no hacerse cargo de los excesos o carencias, bultos, arrugas y desprolijidades que se cultivaron a lo largo de dos siglos y generaciones de luchas para imponer una u otra vertiente: o al servicio de pocos o de las mayorías.
Ser uno mismo y confiar en la propia fuerza o atarse a conveniencias externas como socio menor.
Nuestra fauna electoral nos refleja. Y el que ni siquiera puede reconocerse en lo que produjo, se ausenta de la madurez, del autoconocimiento y de la sensatez de cambiar lo que no quiere.
Luego viene el análisis de las capacidades de construir masa crítica suficiente de parte de quienes quieren representar. Sus lecturas del mapa social y el mundo. La previsión de las tendencias posibles o deseables, de la inserción provechosa o la subordinación cómplice. De la suficiencia de esa idoneidad, de la tarea de construir grupos que organicen y articulen lo diverso en lo común, de generar intelectuales orgánicos capaces de guiar, persuadir y liderar cuerpos y conciencias, con las claves de su identidad diversa, de sus historias y experiencias.
Pero quienes realizan esas acciones y previsiones surgen de las tensiones entre clases sociales, filiaciones regionales, capas etarias de la sociedad de la que provienen.
Deben asumir las luchas históricas y a la vez modificar los términos de la confrontación en la misma sociedad que los produjo.
Reconocerse, modificar, mejorar y jugarse es un signo de adultez. Lo demás son negocios.
