Momento límite en que maduran las condiciones de tolerancia de un conjunto heterogéneo de voluntades opositoras a una medida y su ejecutor, sirve como pasaje de la suma de demandas con la calidad y el reacomodamiento de las fuerzas sociales.

Por ejemplo, el corralito como disparador del malestar creciente de sectores medios pequeño ahorristas, preparatorio de un estado de sitio que catalizó una lucha callejera enfrentando ahora si, al monopolio de la violencia. Y esa violencia como mecha que agujerea y quiebra con un momento y un mapa político para dar lugar a otro. ¿Era posible evitarlo? ¿Qué hubiese pasado si la policía montada no golpeaba a las Madres de la Plaza o no desataban las fuerzas represivas sobre la multitud en Plaza de Mayo o el Congreso?

Hoy transitamos/sufrimos los efectos de un plan que elaboraron los estudios de abogados de las corporaciones concentradas y coaguló una reforma de hecho de la Constitución Nacional. Una contrarrevolución con muchos cómplices, y que busca reequilibrar las relaciones de poder, la distribución de la riqueza hasta donde la tolerancia lo permita, a favor de esos grupos y sus aliados.

La guerra híbrida profunda contra el pueblo trabajador, ocupado o no,  activo o no, busca hacer retroceder derechos sociales, económicos, de género, de pueblos originarios, entre otros; avanza en hechos y símbolos. Cada miércoles se ven los filos de ese plan sobre los jubiladxs que reclaman.

Con sus fracasos económicos, generosos con los especuladores nativos y extranjeros, han entregado el mando a una potencia decadente, con lubricante verde del modelo financiero que nos despoja.

Mientras muchos no se mueven de la baldosa y ni por asomo se exponen por algo que no sea su propio interés particular, gritando al cielo que “alguien haga algo”, hubo en estos dos últimos años protestas, manifestaciones, paros generales, movilizaciones sectoriales y el agrupamiento de reclamos. Avanzó su articulación con las fracciones políticas opositoras en el Congreso, aunque el proceso de síntesis no cierra, quizás por las cicatrices de una alianza forzada más por la agresividad de la derecha que por las coincidencias de objetivos.

El programa se borronea desde las necesidades, pero aún no encuentra un lugar que las reúna y se planteé respuestas estructurales a problemas centrales: ¿Qué hacer con la deuda impagable? ¿Cómo convivir con una clase dominante colonialista y su público culturalmente extranjerizado? ¿Cómo superar contradicciones internas clarificando qué sujeto socio político se quiere representar y con qué programa de cambios profundos?

Los nuestros van tanteando caminos y salidas, cada miércoles se apalea a los viejos, sube la tasa de suicidios en jubilados, mueren sin tratamiento enfermos crónicos, crecen las bandas de narcos con más soldados en las barriadas, se acumulan las deudas imposibles para comer… son los caídos de la disputa por la libertad de la codicia.

Cuando llegue el momento en que el cansancio fructifique (salvo que nuestra fe cívica reduzca al voto bianual la herramienta de cambio social), nada de las luchas anteriores, de los sacrificios y vidas que costó resistir será recordado. Sólo resaltará el nombre y el brillo de quien logre armar el rompecabezas dando una nueva esperanza.

Ya lo vimos una vez: el 2003 fue el desembarco de un equipo que no se referenció en las inmensas luchas de los 90.

Así, se perdieron para construir una orgánica de poder, las experiencias de los movimientos sociales en las provincias, de los estatales contra las privatizaciones, las gigantescas movilizaciones docentes que decantaron en una carpa blanca de 1000 días y muchos otros aprendizajes colectivos que aquilataron el repertorio de nuestro pueblo. Lo que vino no se sintió heredero de esas peleas, aunque sí buscó dar respuestas.

Será hora de analizar qué estamos aprendiendo hoy de las resistencias reales y efectivas.

 Debemos recordar a cada caído y a cada sacrificio. De ver quiénes realmente pusieron el cuerpo contra el experimento cruel que transitamos. Hacer los listados de cómplices y facilitadores del plan en curso, para evitar futuros emboscados y cancelarlos de antemano.

Y cuando estalle lo que inevitablemente se amontona hoy, veremos claramente en quién confiar para fabricar el nuevo tiempo.

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