El primer Ministro español actualmente es uno de los dirigentes más en peligro a escala global, con una España groseramente amenazada por Donald Trump, cuando en una entrevista advirtió que su ejército no necesita autorización del país ibérico para disponer y utilizar sus instalaciones y bases, “si quisiéramos podríamos usarlas”. Más villano déspota es imposible conseguir en este momento. O sí, pero quien supera al de cabello naranja es quien, archivos Epstein mediante, controla y empuja al gobierno yanqui a la locura total, como un cuasi títere de sus intereses de corte supremacistas religiosos.

Las guerras a gran escala se desencadenan muchas veces cuando logran, finalmente, “eliminar de la cancha” a los diques de contención que atraen a las grandes masas desde la ética y la firmeza por la paz general.

Desde que murió Papa Francisco, hace menos de un año, la escalada de violencia bélica que perpetran, muy esencialmente, EEUU, la Otan e Israel, crece descontroladamente.

Pero también podemos remontarnos a 112 años atrás para darle encuadre y magnitud a  la delicada situación que hoy asume, con innegable valor, el primer ministro español.

Jean Jaures (1859 – 1914) fue un magnífico y muy influyente dirigente socialista francés. De convicciones pacifistas, semanas antes de que se desencadenara la Primera Guerra Mundial, mantenía en vilo al nacionalismo belicoso de su país, con encendidos discursos públicos en mítines masivos en plazas y parques de París.

Jaurés arrastraba verdaderas multitudes para su tiempo, de mujeres y hombres trabajadores, que clamaban por la paz general como única vía civilizada para desarrollar las naciones y sus pueblos.

Jaurés confiaba plenamente en su pueblo. A punto tal que, a la hora de la cena del 31 de julio de aquel nefasto 1914, se encontraba en el Café du Croissant, en París, dispuesto a comer antes de retornar a su hogar.

Pasadas las 21:30, salvaje y cobardemente –dos marcas de origen para todas las derechas radicalizadas de cualquier tiempo- el “nacionalista” Raoul Villain se acercó desde la vereda hasta la ventana del café, y le disparó dos tiros que impactaron sobre la nuca de Jaures, obviamente situado de espaldas a su matador.

Por caso, apenas 5 años después de tamaño crimen, el villano gozó de la absolución del estado francés, y recobró su libertad. Sobrevivió a la Gran Guerra en prisión, y luego gozó de caminar libremente, seguramente sin el menor remordimiento por la magnitud de lo actuado.

Pero tras la muerte de Jaures, apenas tres días después de haberse sacado de encima a ese “escollo” para la guerra, se dio inicio formal a la “Gran Guerra” como le llamaron hasta 1939. Guerra en la cual millones y millones de trabajadores europeos se destrozaron vidas y almas entre las trincheras de interminables campos de batalla.

Así acabó uno de los máximos diques de contención que frenaba el desmadre generalizado, al cual la dirigencia conservadora francesa empujaba a su gente. Y esto, sólo por mencionar el caso Jaurés, ya que así también los hubo en Alemania y en otras naciones de aquellos años.

Luego vienen los eternos contadores de costillas, desde un café o en nuestra época, desde la tranquilidad del sillón frente a una computadora o teléfono con conexión a internet. Que si Jaurés era un socialdemócrata, que si Pedro Sánchez es un centrista propio del PSOE post Felipe González, que si unos y otros no son lo perfectamente combativos o revolucionarios para ir “más a fondo”; que si Francisco sólo actuaba desde lo discursivo, y puras blabletas de quienes jamás pondrán sus propios pechos a las balas concisas y reales, de la auténtica cofradía del Mal que asola todo el planeta tierra, con un descaro y virulencias que no padecíamos a esa magnitud, al menos en los últimos 80 años.

Frente a ello, la firmeza en paz del presidente de un país con historia, pero que ni siquiera forma parte de la mesa chica donde pulsean las grandes potencias del hemisferio norte, merece mi apoyo pleno, y en estas latitudes ya deberíamos estar organizándonos con boicots comerciales, declaraciones contundentes de los principales dirigentes políticos, sindicales, religiosos y empresariales, en pos de condenar toda guerra de una buena vez. Porque el silencio es abierta complicidad. Y a los cobardes también les llueven las bombas, tarde o temprano.

Es tiempo de unidades absolutamente amplias, nacionales, regionales e internacionales. Antes que, y esta vez va muy en serio, una mañana nos desayunemos con que ya todo esfuerzo llegue demasiado tarde.

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