El paro nacional docente registró, según Ctera, un acatamiento masivo y dejó el inicio de clases afectado en al menos 15 provincias.
La postal fue contundente: una multitud marchó desde el Cabildo de Buenos Aires hasta el Congreso de la Nación Argentina para dejar en claro que el conflicto no es un capricho sindical sino un síntoma de una crisis más profunda. “Donde hay una escuela está la Patria. No nos vamos a arrodillar”, resumieron desde CTERA.
Bajo la consigna “La educación no es una mercancía”, los gremios anunciaron la conformación de un Frente Nacional Educativo que articulará nuevas acciones: clases públicas, debates abiertos y mayor visibilización del deterioro del sistema. Mientras tanto, miles de docentes sostienen aulas, comedores y comunidades enteras con salarios que pierden contra la inflación y promesas que se evaporan más rápido que el presupuesto.
En paralelo, el Ministerio de Capital Humano se sentó a la paritaria nacional por orden judicial. El resultado fue previsible: ninguna oferta salarial, ningún compromiso de recomposición ni restitución del Incentivo Docente. La respuesta oficial fue un prolijo pase de responsabilidades hacia las provincias, como si la educación pública pudiera fragmentarse según conveniencia administrativa. Los sindicatos calificaron la reunión como “decepcionante” y ratificaron el plan de lucha.
Así, mientras los funcionarios afinan tecnicismos para explicar por qué no pueden —o no quieren— hacerse cargo, los trabajadores de la educación vuelven a quedar en la primera línea, sosteniendo con convicción lo que otros administran con indiferencia. La próxima reunión será la semana entrante; el conflicto, en cambio, ya está instalado en cada escuela que abrió con incertidumbre y en cada aula donde enseñar se parece cada vez más a resistir.
