En toda América Latina, el uso generalizado de plaguicidas altamente peligrosos ha provocado graves daños ambientales, ecológicos y socioeconómicos, que han afectado a los productores, a los trabajadores agrícolas y a la mayoría de las personas expuestas que residen o trabajan en zonas urbanas, rurales y periurbanas.
La exposición humana a estos plaguicidas puede causar enfermedades agudas e incluso la muerte. La literatura científica también ha establecido vínculos entre la exposición a los plaguicidas y patologías como el cáncer, las malformaciones congénitas, los trastornos inmunológicos, las afecciones neurotóxicas, los trastornos reproductivos y las alteraciones endocrinas.
Las crisis a las que nos enfrentamos en la actualidad exigen que reflexionemos sobre los vínculos entre todos los seres vivos y el ambiente, ya que somos una parte inseparable de la naturaleza. En consecuencia, debemos desarrollar estrategias y prácticas que nos permitan satisfacer nuestras necesidades de manera sustentable, con equidad intra e intergeneracional, consumo ético y atención a los cambios globales, incluyendo la variabilidad climática.
La agroecología ofrece un paradigma para superar estos desafíos, transformar nuestros actuales sistemas agroalimentarios y restablecer nuestra relación con el ambiente. La agroecología no es sólo una forma de producción exitosa, sino un modo de vida con una historia rica y extensa.
Proporciona una forma de percibir, reflexionar y actuar sobre nuestra realidad, particularmente en lo que se refiere a los temas agrarios, a partir de los cuales buscamos restaurar la correcta relación con la naturaleza y reconstruir los lazos entre los seres humanos y la armonía dentro de cada ser viviente.
Desde la agroecología se recrean agroecosistemas que, a su vez, generan aportes desde la naturaleza con resultados inestimables para la vida humana. Por ejemplo, la fijación del dióxido de carbono, el mantenimiento de la vida de insectos benéficos y la mejora de la calidad integral de los suelos.
Los sistemas de producción agroecológica están creciendo en toda América Latina, impulsados por múltiples factores: el reconocimiento por parte de los productores de la necesidad de establecer sistemas más sustentables y reducir los costos de producción; la demanda de los consumidores de alimentos sanos y libres de contaminación por plaguicidas; las políticas públicas de apoyo a la agroecología como camino hacia la soberanía alimentaria; y la creciente conciencia sobre la necesidad de lograr agroecosistemas que se adapten a las tensiones derivadas del cambio climático.
Entre los años 2011 y 2012, los miembros de la familia Calderón comenzaron a cambiar su vida. Antiguamente eran productores y contratistas agrícolas. Realizaban trabajos primarios como siembra, fertilización y pulverizaciones con plaguicidas químicos.
En 2011, mientras cultivaban 2.500 hectáreas, comenzaron a darse cuenta de que cada temporada tenían que invertir más dinero en insumos costosos, mientras que las ganancias caían. El suelo se había degradado severamente debido a la continua producción de monocultivos y a la compactación por el uso de maquinaria pesada.
Dedicando cada día más tiempo a estas actividades, sintieron que su calidad de vida estaba disminuyendo. Así lo explicaron:
«Nos dimos cuenta de que el modelo de agricultura relacionado con la agroindustria nos estaba esclavizando, éramos esclavos de la última camioneta modelo 4X4. Después de casi 30 años de siembra directa, nos dimos cuenta de que este enfoque no era sustentable, la calidad de nuestros suelos estaba empeorando, necesitábamos cada vez más insumos para lograr los mismos rendimientos, teníamos menor rentabilidad económica y estábamos tomando más riesgos».
Gradualmente, la familia hizo la transición a la práctica agroecológica, basada en el uso sustentable de la tierra y el agua.
Situada en Baigorrita, partido de General Viamonte, provincia de Buenos Aires, Argentina, la unidad familiar está dirigida por tres hermanos: Marcos, Patricia y Marcela Calderón, cuyo objetivo es respetar la naturaleza, sus ciclos y sus leyes, con el fin de obtener alimentos verdaderamente sanos y naturales desde su origen.
El esfuerzo de la familia Calderón busca construir soberanía alimentaria, arraigada en el territorio, y cultivar una relación mutuamente beneficiosa con el medio ambiente.
Los miembros de la familia Calderón cultivan trigo orgánico con trébol blanco, ray grass y festuca, cosechando el trigo para hacer harina con un molino de piedra hecho a mano. Como cobertura de verano, siembran sorgo forrajero con soja y, en invierno, avena con vicia.
En el caso de las pasturas utilizan métodos de manejo ecológico, permitiendo que el ganado se mueva y se alimente libremente en el campo. Esto elimina la necesidad de alimento industrializado (balanceado) y, a la vez, a partir de las deyecciones, se regenera la calidad y la vida en el suelo.
Asimismo, manejan sus ovejas con pastoreo rotativo «Voisin», manteniendo alrededor de 10 animales por hectárea.
Si bien la salud de su agroecosistema mejora cada año, la familia Calderón aún enfrenta algunos desafíos, ya que la restauración de la biología saludable del suelo demanda un tiempo prolongado.
La familia también enfrenta desventajas, por ejemplo en la fase de comercialización, debido a la dificultad de armar circuitos y a la escasa información existente sobre la calidad de los alimentos saludables y la producción agroecológica.
Sin embargo, siguen distribuyendo sus productos y han tenido éxito vendiendo en ferias y circuitos solidarios con precios más justos. Al eliminar los intermediarios entre el productor y el consumidor, contribuyen al desarrollo local.
Como dijo Marcela Calderón:
«Uno de los cambios más importantes es que en este modelo agroecológico uno trabaja para sí mismo; en el otro modelo éramos esclavos de un sistema cerrado con varios dueños (los bancos, las instituciones del Estado, los recaudadores de impuestos, los vendedores de insumos, los comerciantes). Pasamos de comprar el 70% de los insumos que utilizamos a sólo el 20%. Esto implica tener más independencia y libertad para elegir y decidir».
Parte del predio se halla en transición. Cuarenta y cinco hectáreas de cultivo se realizan integralmente de manera agroecológica, sin utilización de agroquímicos.
Consideran los aspectos físicos, químicos y biológicos del suelo para lograr un sistema vivo, dinámico y funcional. Esto fomenta un suelo equilibrado y sano; es decir, plantas sanas, animales sanos y personas sanas.
Marcela Calderón nos dice:
«Cultivamos salud y un producto vivo, que es lo que realmente nos nutre. Estamos un poco más contentos, aunque todavía no hemos alcanzado la sustentabilidad total».
Ante la situación que vivimos en el presente, con el avance legislativo sobre la ley de semillas, el acaparamiento y la extranjerización de las tierras, y las facilidades para el registro y producción de plaguicidas, se requiere más que nunca la organización comunitaria, la interacción entre productores y consumidores, junto a medidas de acción política a fin de:
- Desarrollar una propuesta integral para la transformación de los sistemas agrícolas con la participación de diferentes instituciones estatales, asociaciones de productores, consumidores y organizaciones de la sociedad civil.
- A través de la FAO y de convenios internacionales, promover el establecimiento de acuerdos a nivel mundial, con asistencia técnica y acceso público a la información sobre los peligros de los plaguicidas químicos y la disponibilidad de sistemas alternativos agroecológicos, facilitando el cambio de una agricultura basada en productos químicos por estrategias y prácticas agroecológicas.
- Crear espacios de reflexión y acción política para la participación pública significativa en el desarrollo e implementación de acciones a diferentes niveles jurisdiccionales, creando así las condiciones propicias para una transición a la agroecología.
- Invertir en escenarios de desarrollo local y regional para satisfacer las necesidades alimentarias, económicas y sociales de las comunidades rurales y urbanas, permitiendo la participación de los diferentes actores de forma complementaria a partir de sus capacidades y conocimientos.
- Eliminar las barreras que enfrentan los productores que buscan establecer sistemas agroecológicos, tales como los obstáculos para obtener acceso estable y seguro a la tierra, el agua y las semillas.
- Fomentar el desarrollo de mercados alternativos para los productos agroecológicos. Esto facilitará un proceso de transición y también alentará a nuevos actores a ingresar a la producción agroecológica. La evidencia empírica indica que el desarrollo de los mercados locales facilita la capacidad de los productores para obtener ingresos adecuados y proporcionar alimentos sanos y de alta calidad para los consumidores.
- Facilitar el establecimiento de sistemas de garantías participativos para la certificación de la producción agroecológica, de tal manera que fomenten la confianza entre productores y consumidores y aseguren la instauración, al interior de las fincas, de verdaderos agroecosistemas.


