Los ejemplos son múltiples: desde los kurdos hasta los palestinos arrasados; desde los saharauis hasta los gitanos. Son pueblos que conservan costumbres y culturas compartidas.

Nuestra historia

Los argentinos somos Patria antes de ser Argentina. Fuimos creciendo como comunidades desde 1570, con la Madre de Ciudades, Santiago del Estero. Son santiagueños desde entonces y funcionan como comunidad, tanto en sus memorias como en su identidad.

La comunidad identifica al pueblo. Es el «estar situado» de Rodolfo Kusch, descripto con profundidad en América Profunda, en la recuperación de una Patria Grande que nunca debió dejar de ser.

Las luchas descolonizadoras

Fue un tiempo de luchas descolonizadoras, acompañado por largas batallas emancipadoras que sacudieron nuestra historia, con avances y retrocesos según la prevalencia de intereses de cada época.

Hubo momentos en los que las élites oligárquicas subordinadas al poder imperial fueron dominantes y otros en los que los intereses populares estuvieron representados por el poder político de cada etapa: Moreno, Saavedra, San Martín, Belgrano, Castelli, Monteagudo, Dorrego, Juan Manuel de Rosas, Yrigoyen y Perón, como luego Néstor y Cristina Kirchner.

La apropiación del relato

Siempre esos procesos fueron derrotados por el exterminio, el exilio o la muerte en las guerras fratricidas, o por el relato del enemigo, en especial el mitrismo vigente hasta hoy.

Ese relato caracteriza las luchas de los pueblos como «barbarie», «populismo», «terrorismo» o «comunismo», entre otras denominaciones funcionales a instalar una idea binaria de amor y odio, racista y funcional al enemigo colonizador, como forma exclusiva de expresión política, denigrando los conceptos de Patria y Pueblo.

La cultura dominante

No seremos más Pueblo. Seremos solamente «gente», «población» o «individuos» en una masa dispersa, sin poder convocante, apenas testigos de una historia de tierra arrasada, saqueo y extranjerización.

Esa historia estará adscripta a los intereses del poder colonial, hoy representado por Estados Unidos, Israel, Inglaterra y la OTAN, que mediante una planificación estratégica intentan —y en buena medida logran— ocupar la Argentina como un espacio propio ante la eventualidad de un conflicto global, por la importancia de sus pasos bioceánicos, su proyección antártica y la riqueza de sus recursos naturales.

La Patria en peligro

Cuando la Patria se escurre entre los pliegues de las explicaciones macroeconómicas y las supuestas bondades del derrame financiero que nunca llega, asociadas a la liquidación del patrimonio de los argentinos —desde los avances científico-tecnológicos hasta las empresas que construyen soberanía—, la Argentina que conocemos dejará de ser.

La colonización en marcha

Es un devenir explicable únicamente por un creciente proceso de colonización que encuentra resistencias firmes, aunque aisladas, y una dirigencia que no atina a cuestionar el sistema en su poder estructural, especialmente financiero y judicial.

Ese mismo sistema mantiene rehenes populares detenidos como forma de amedrentar a las futuras generaciones y disciplinar los comportamientos sociales subordinados a los dictados del enemigo.

Cristina Fernández de Kirchner, Julio De Vido y Milagro Sala en nuestro país; Pedro Castillo en Perú, Jorge Glas en Ecuador y, anteriormente, Lula da Silva, describen una política imperial desplegada desde Estados Unidos mediante el lawfare: la persecución política de líderes populares a través de la cooptación de los sistemas judiciales de cada país.

Objetivos: Identidad y Memoria

En ese proceso de colonización, el enemigo necesita borrar primero la identidad: ese genoma alojado en las subjetividades de los pueblos, conformado por la transmisión oral familiar y los primeros años de socialización, tanto escolar como barrial.

Son esos elementos los que permiten fortalecer las nuevas identidades americanas, fruto del sincretismo entre pueblos originarios, zambos, mulatos, negros, criollos e inmigrantes, en una expresión acabada de la Patria Grande, unida por el idioma, la historia y sus luchas.

También necesita destruir la memoria compartida del Pueblo como base de los anhelos comunes. Para ello intenta consolidar conductas ajenas como si fueran propias de nuestro pueblo, especialmente entre las nuevas generaciones, que terminan adoptándolas como naturales.

Son costumbres, derechos, convenciones y códigos que padres y abuelos jamás hubiesen imaginado transitar, no por diferencias generacionales, sino porque resultan invasivos y denigratorios de la cultura nacional.

Un proceso de lucha

No se trata de un abismo generacional ni de la clásica falta de comunicación entre adolescentes y adultos, que siempre existió.

Es una acción diseñada para producir una diáspora social mediante la incorporación de conductas importadas y la imitación de relatos ajenos que desprecian lo propio como desecho cultural, abrazando íconos lejanos, idiomas no compartidos y expresiones que van desde la música y el arte hasta el deporte y el cine, en una deconstrucción de la cultura nacional y el consiguiente desprecio por lo propio.

Esa batalla cultural se expresa en la lucha política por el poder, porque es allí donde se dirimen las prevalencias económicas, sociales, institucionales y legales que, dominadas por el enemigo, conducen a la claudicación nacional que hoy viven los argentinos.

El patriotismo como bandera

El desafío que tenemos por delante es recuperar el patriotismo como forma de reconstruir la Comunidad Organizada, con ejes claros que permitan plantear de cara al Pueblo estas circunstancias.

Todo ello en el marco de un mundo complejo, geopolíticamente convulsionado y atravesado por un cambio de época fundacional, tanto a nivel mundial como en nuestro país.

Pensar en términos de Patria Grande supone defender nuestro espacio común de construcción de futuro, como derecho de los pueblos a construir, sin influencias, extorsiones, bloqueos, invasiones ni amenazas, nuevos caminos sustentados en los paradigmas de la liberación, la soberanía y la justicia social.

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