El 44,5% de pibes pobres bajo la línea de flotación no es un numerito para tirar en una placa de televisión; es carne viva que agoniza en el abandono. Pero el poder prefiere discutir la filigrana de la planilla Excel mientras la calle huele a desesperación y los comedores populares se quedan sin mercadería. Y no nos vengan con que «todos son iguales»: acá hay un rumbo deliberado que rompió el piso social y dejó a millones a la intemperie. ¿O acaso los dueños del país se miran al espejo con una sonrisa socarrona al ver cómo se deshilacha el tejido común de los laburantes?

Y detrás de ese cinismo estadístico se esconde una mueca todavía más perversa: el vaciamiento sistemático de cualquier red de contención comunitaria. En cada esquina de nuestros barrios, el Estado no se retira simplemente; se ausenta con saña, dejando a su suerte a merced de la usura, el narcomenudeo y la intemperie más cruda. Lo que queda es la supervivencia pura y dura, sostenida a pulmón por vecinas y militantes de sotana o pechera que ponen el cuerpo donde el escritorio oficial jamás pisó.

Arriba, el circo sigue su función. Milei pisa la ONU a los manotazos, declama una soberanía de cotillón mientras se arrodilla ante el amo del norte y vende los recursos al mejor postor con promesas de papel mojado. Hablan de corredores transatlánticos y millones de dólares que solo existen en la cabeza de un panelista desatado, mientras las Fuerzas Armadas se caen a pedazos con un IOSFA fundido y sueldos de miseria. Te hablan de patria con la boca llena y te vacían el bolsillo de atrás. Todo en medio de un sainete berreta de perros, intrigas de Olivos y peleas de conventillo que ocupan la pantalla para tapar el saqueo de fondo.

Esa subordinación colonial no es un descuido diplomático, sino la matriz de un modelo que entrega litio, cobre y petróleo a cambio de aplausos prestados en los sótanos financieros de Washington. Nos venden espejitos de colores con inversiones faraónicas que nunca derraman un plato de sopa, mientras la soberanía territorial se negocia al peso y se entrega por chaucha y palito a los intereses de las corporaciones transnacionales.

Y cuando bajan al territorio, la receta es siempre la misma: mano dura, gatillo fácil y aplaudidores seriales pidiendo cárcel o bala para un pibe de 14 años, como si la miseria se borrara con patrulleros. Mientras tanto, los amigos del poder judicial de Lago Escondido miran para otro lado y arman una República de lo más hedionda, justo a la medida de los patrones y chetos de toda procedencia.

Esa derecha punitiva agita los fantasmas del miedo para justificar el disciplinamiento social, convencida de que las rejas y los calabozos son la única pedagogía posible para la exclusión que ellos mismos fabrican. Mientras blindan a los verdaderos delincuentes de guante blanco y coima fácil, descargan toda la furia estatal sobre los últimos de la fila, convirtiendo el derecho penal en un matadero de pobres.

¿Y enfrente qué hay? Esa es acaso la tragedia mayor. Del otro lado tenemos una feria de vanidades y especulaciones. Un kirchnerismo metido en su propio ombligo, un peronismo hecho trizas que parece una junta de caciques sin rumbo, dentro de dicho gran guiso algunas referencias más que respetables y otros que tan bien conocemos, que no son más que un cotillón de impresentables. Gobernadores que calculan cada paso para no mancharse y una izquierda ya no tan testimonial, que todavía confunde gestos correctos con volumen político. Se miran los zapatos, miden encuestas y especulan con que el Gobierno se rompa solo. Sentados a esperar que la fruta caiga podrida.

Pero nunca termina de caerse. Ni esta fruta podrida, ni otras pretéritas que cuando cayeron, ya se habían dado el “gusto” de destruirlo todo a su paso. Y eso no nos sirve para nada.

Así las cosas, esa parsimonia cómplice de la dirigencia opositora demuestra que muchos se sienten demasiado cómodos en la cómoda banquina de la queja legislativa, temerosos de construir una síntesis popular que incomode tanto a los mercados como a sus propios privilegios de casta menor. Siguen especulando con la bronca ajena, contándose las costillas unos a otros, creyendo que los votos van a caer maduros en sus urnas sin necesidad de patear el barro ni proponer una salida estructural al desastre.

Pero el pueblo no necesita otra temporada de dirigentes especulando a las escondidas. La realidad muerde afuera de la pantalla, y la alternativa no va a nacer del cálculo electoralista, sino de construir un programa integral que avizore un horizonte concreto para el futuro del conjunto de nuestra nación, que nos devuelva la dignidad y las ganas generales de reconstruir un país ya al borde de las ruinas.

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