Este tándem requiere, sin mínima duda, ubicar el contexto político y económico mucho antes que los textos jurídicos que intentan justificarlo. Y hacer esfuerzos supremos para no mandarlos prolija y sistemáticamente a la mierda, uno a uno, sin excepción.

Naturalmente, uno quisiera creer que la pura textualidad de los hechos debería bastar y sobrar para encender las alarmas de la conciencia colectiva. ¿Qué interrogante analítico puede quedar sobre la mesa ante la obscenidad de un «vengan a llenarse los bolsillos» que es, de principio a fin, el más puro sinónimo de apropiación lisa y llana de los resortes nacionales?

Se ha llegado al extremo patológico de que cualquier declaración demencial de Javier Milei es naturalizada como un rasgo pintoresco de quien viene, decretando que no debe interesar en absoluto el contenido catastrófico de lo que dice. Y en lugar de colocar esa andanada verbal como lo que verdaderamente es, la manifestación de un bloque unificado de poder judicial, mediático y corporativo dispuesto a arrasar con todo, la opinión publicada se pierde en disquisiciones jurídicas de cabotaje. Por cierto, los propios operadores del oficialismo asumen a veces como un error táctico la reintroducción de temas sensibles como la propiedad de la tierra, mientras personajes menores del circo gobernante se colorean intentando diferenciarse artificialmente, Pato Bullrich por caso. La “morenista” Villarruel, también. Es la eterna comedia de enredos de la política argentina, una ciénaga plagada de ficciones y de bosta institucional. Por sobre todas las cosas, mucho de esto último. A niveles ya intolerables.

Pero lo que no tiene nada de ficción es el contexto material y simbólico: cada dicho, cada medida de ajuste y cada gesto prepotente apuntan con precisión quirúrgica al modelo del «topo» metido adentro del Estado para demolerlo en su histórica acepción de regulador de los desequilibrios sociales. El fantasma del riesgo Kuka o la reinvención permanente de amenazas terroristas inexistentes forman parte de esa superestructura delirante… pero marcadamente eficaz. Los tropezones del gobierno son apenas técnicos o comunicacionales; el rumbo de fondo sigue intacto. Y entre ardores y ocasos, las cifras siderales de supuestos terroristas expulsados o de inversiones siderales que llegarán en un futuro remoto chocan contra la realidad cotidiana de las pymes liquidadas, las industrias desvencijadas y un consumo interno pulverizado.

Frente a este escenario de demolición sistemática, recupero unas reflexiones fundamentales que me compartió ayer el geógrafo Néstor M. Gorojovsky: la advertencia histórica de Simón Bolívar en el Manifiesto de Cartagena cobra una vigencia estruendosa. Aquellas «repúblicas aéreas» compuestas por gobiernos ideales, formalistas e impracticables que ignoraban deliberadamente la cruda fragmentación social de América y pretendían gobernar con filantropía de salón y cataratas de leguleyos, reverdecen hoy en el pantano de nuestras dirigencias desorientadas. El experimento libertario destruye el tejido productivo, mientras predica un optimismo virtual de redes sociales, y la oposición política más importante se debate entre una prudencia exasperante y cicatrices internas que la vuelven funcional al derrotero mileísta. La indiferencia y la anestesia social se consolidan no solo por el hastío, sino por la profunda decepción que despierta un sistema representativo incapaz de liderar la bronca popular con un sentido prospectivo y transformador. El resto es parole en estado puro, o apelaciones a la fe en un devenir tan incierto con carente de planificación sólida y actores dirigenciales probadamente dispuestos a darlo todo en pos de una transformación estructuralmente profunda.

El problema de fondo, tal como lo evidencia de cuerpo entero la paradoja brasileña donde un líder popular con índices de gestión económicos razonables puede terminar perdiendo contra «nadie», expone sin anestesia las brutales limitaciones de las democracias liberales de tipo occidental en el Sur Global frente a los plutócratas del capital financiero imperialista. La libertad proclamada ha quedado secuestrada y mediada por quienes concentran los recursos tecnológicos, mediáticos y algorítmicos para modelar conciencias y perpetrar fraudes “motivacionales” sutiles. En tiempos tan revueltos como el presente, donde el expedienterío judicial y la leguleyada conspira permanentemente contra la eficacia transformadora, el formalismo republicano se vuelve cómplice directo de la desolación de las mayorías.

En este engranaje de degradación sistémica, las respuestas institucionales se debaten patéticamente entre la obsecuencia corporativa y el más absoluto desconcierto. Mientras el coloquio de IDEA convalida dócilmente el rumbo sin picarle el boleto al oficialismo, y la universidad pública resiste al ahogamiento financiero a golpe de marchas heroicas, la superestructura política corre siempre desde atrás. La bronca social no encuentra una conducción unívoca ni un canal político certero, limitándose a estallidos circunstanciales o a la severa advertencia moral de sectores eclesiales que observan con espanto un país cascoteado, empobrecido y carcomido por la intolerancia oficial… y hasta ahí llegó mi amor. No esperemos milagros allí donde no los hay.

Por eso, la disyuntiva histórica que se abre ante nuestros ojos no admite medias tintas ni falsos pudores democráticos. Si las herramientas del Estado liberal son sistemáticamente capturadas para favorecer el despojo oligárquico, la persistencia en el culto fetichista al expediente y al contrato privado entre partes profundamente desnudas de poder solo consolida el dominio de los nuevos señores feudales.

Quizás, evocando nuevamente a Gorojovsky, como soñaban los antiguos disruptores del Ática que ponían coto a la usura, o asumiendo el pragmatismo despiadado de quienes barrieron con los vestigios del viejo orden para liberar las fuerzas productivas, haya llegado la hora de sacudirse de una vez por todas el terror burgués a la autoridad firme. Si no irrumpen con fuerza en el escenario político aquellos tyranoi, aquellos necesarios azotes de los ricos capaces de romper el blindaje corporativo y desatar los nudos de la dependencia, la paz vital que tanto reclaman nuestros pueblos seguirá siendo una quimera suspendida en el aire, mientras la sociedad continúa peligrosamente partida al medio entre el descarte social y el hastío generalizado.

Y el gran reloj de arena nacional no para de mostrarnos, con ojos ya aterrados, que se nos comienza a acabar el tiempo para construir una formidable épica tan masiva como irreversible.

Pintura de portada «El triunfo de la muerte» de Pieter Brueghel el Viejo, siglo XVI

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