Las turbulencias de la derecha internacional exponen las debilidades de Javier Milei, cuya construcción política depende tanto de sus aliados externos como de una sociedad que empieza a pasarle factura.
En ciertas circunstancias, los gobiernos confunden el poder con la obediencia y la obediencia con la eternidad. El caso de Javier Milei es acaso, el ejemplo más palmario de alguien que construyó su identidad sobre esa ilusión: pertenecer a una corriente internacional destinada a quedarse con todo y convertir cualquier resistencia en una reliquia del pasado. Pero la política cambia de humor sin pedir permiso. Cuando el viento deja de soplar a favor, hasta quienes se creían dueños del escenario descubren que apenas tenían un buen reflector.
El problema de Milei no es que un aliado pierda una elección en otro país. Es que convirtió esa alianza en parte de su legitimidad. Su cercanía con Donald Trump fue presentada como garantía de respaldo económico, influencia diplomática y pertenencia a una nueva arquitectura de poder. La Casa Rosada convirtió cada fotografía con Washington en política de Estado y cada gesto de afinidad en una inversión que pagaría dividendos. Pero un gobierno que importa prestigio para disimular, aunque más no sea apenas, sus patetismos irredimibles, queda expuesto cuando su principal proveedor empieza a tener problemas.
Brasil ofrece una advertencia. La victoria de Lula y el retroceso de la derecha desacomodaron el mapa que Milei y sus aliados daban por asegurado. La posterior salida de Flávio Bolsonaro hacia Estados Unidos, en medio de restricciones judiciales y una controversia que alcanzó a funcionarios argentinos, agregó un episodio incómodo a una relación bilateral deteriorada. Aunque al grueso de la población, como está una vez más a la vista, le importe muchísimo más jugar a disfrazarse para una celebración importada cual demoledor ejemplo de penetración cultural, que interiorizarse respecto a este escándalo internacional en el que nos metió jamoncito y sus lacayos de más alto rango, lo concreto es que la Argentina aparece orbitando operaciones ajenas que pueden comprometer sus vínculos con uno de sus socios económicos fundamentales. La afinidad ideológica no paga exportaciones ni sostiene empleos. Brasil sigue del otro lado de la frontera, aunque en la Casa Rosada prefieran mirar hacia el norte.
En Estados Unidos, Trump llega a las elecciones de medio término con un desgaste que no puede tapar con amenazas ni conferencias grandilocuentes. El costo de vida, el combustible y el frente militar en Medio Oriente erosionan su respaldo. Si pierde el control legislativo, se reducirá su margen de maniobra y será más difícil comprometer recursos en auxilio de gobiernos amigos. Para la Argentina, que recibió un respaldo financiero decisivo de Washington en un momento electoral, la pregunta es inevitable: ¿qué ocurre cuando el padrino debe atender sus propios incendios? La dependencia que el oficialismo presenta como pragmatismo puede convertirse en vulnerabilidad.
Y sólo quizás, en dicho escenario, el panorama dramático por venir no sea sino un “justo desenlace” para semejante escasez de pensamiento crítico y accionar totalmente obtuso de parte de amplias franjas de nuestra sociedad. Una vez más.
La discusión de California sobre un impuesto extraordinario a los patrimonios multimillonarios agrega otra contradicción al catecismo libertario. La iniciativa plantea un gravamen único del cinco por ciento para determinados residentes con fortunas superiores a los mil millones de dólares. No es una revolución socialista: es discutir cuánto debe aportar quien acumuló una riqueza inconmensurable mientras los servicios esenciales necesitan recursos. Que ocurra en uno de los centros del poder tecnológico estadounidense incomoda a quienes predican que cualquier impuesto es un robo, salvo cuando se trata de rescatar a los poderosos.
Por mucho menos que ello, los multimedios nacionales y sus dueños directos o indirectos armaron un zafarrancho colosal contra el gobierno anterior. Y acá estamos, viendo cómo se nos va la barca con todos dentro hacia el centro de la gran tromba marina que nos espera a la vuelta de la esquina.
Milei tiene, además, una dificultad que ninguna elección extranjera puede resolverle: la Argentina. El Gobierno declara cumplidas sus promesas mientras millones hacen cuentas para llegar a fin de mes, el consumo se enfría y la recuperación se reparte de manera desigual a niveles muy pocas veces vista, al menos en los últimos 80 años. La estabilidad de algunas variables macroeconómicas no convierte el ajuste en bienestar. El Presidente puede repetir que no hay alternativas, pero esa frase no paga el alquiler ni llena la heladera.
Tampoco alcanza con invocar la justicia mientras la causa $LIBRA deja preguntas abiertas sobre comunicaciones, movimientos de dinero y pruebas que no terminaron de reconstruirse. El sobreseimiento de Milei y otros investigados no convierte automáticamente en transparente lo ocurrido. Exigir explicaciones no es una conspiración: es una obligación cuando el poder político promociona públicamente una operación financiera que terminó perjudicando a numerosos compradores.
Ahora bien, sería un error suponer que el desgaste libertario conduce automáticamente a una recuperación del campo nacional y popular. También allí hay cuentas pendientes y una resistencia persistente a revisar aquello que contribuyó a su propio retroceso. A esta altura resulta inaudito que algunos sectores continúen intentando reconstruir una alternativa política apelando a las mismas prácticas, los mismos estandartes y las mismas construcciones que terminaron alejando a amplias franjas de la sociedad por hartazgo. No alcanza con recuperar consignas, desempolvar fotografías de antiguas gestiones ni distribuir responsabilidades entre adversarios y traidores. Hay que comprender por qué tantos argentinos dejaron de sentirse representados, por qué se quebraron confianzas y por qué determinadas formas de hacer política terminaron convirtiéndose en parte del problema que prometían resolver. Y siguen siéndolo, incluso más que antes.
La memoria histórica no puede funcionar como una excusa para evitar la autocrítica. Ninguna alternativa será verdaderamente nueva si insiste en ofrecer las respuestas y las liturgias que ya fracasaron. Y que hoy en día no pasan de parafernalias mucho más folklóricas que efectivas para el tiempo que corre.
El oficialismo necesita que la sociedad crea que su proyecto no tiene alternativa. Por eso presenta cada crítica como amenaza y cada retroceso como conspiración. Pero gobernar no es conseguir que todos callen a puro gas pimienta: es construir condiciones para que la mayoría viva mejor. La adhesión electoral tampoco es un cheque en blanco. Quienes votaron contra un sistema agotado no firmaron obediencia perpetua.
Pero atención: la derecha internacional no se derrumba por una derrota, ni Milei pierde automáticamente el poder si Trump enfrenta dificultades. Lo que es seguro, es que frente a todo ello, se resquebraja una ficción: la de que el rumbo elegido es inevitable y sus protagonistas están protegidos de cualquier revés. Jamoncito conserva poder institucional y aliados. Lo que no tiene garantizado es el futuro. Ni el del país, ni mucho menos el suyo propio. Y acaso esa sea la noticia que más incomoda a un Presidente acostumbrado a confundir su voluntad con el destino manifiesto de una nación que raudamente amenaza con dejar de ser.
