“Todo el mundo sabe que la guerra la ganan los malos / todo el mundo lo sabe… y así es como nos va”

Leonard Cohen, “Everybody Knows”

Si es que aún queda tiempo para todo ello. Si es que aún…

Mientras tanto, ahí deambulan, decidiendo por todos nosotros, los grouchomarxistas de nuestra época, aquellos que dicen sostenerse en determinados principios supuestamente inherentes a tal o cual partido político o corriente de ideas, y se quiebran al primer pacto, soborno o apriete que les espetan.

También ahí los tenemos, añadiendo color a la escena desteñida, a los de prontuario indisimulable, a los fugadores seriales  de divisas propias y ajenas, a los asustadizos y escurridizos que impostan la voz y lucen “maduros y sensatos” frente a las cámaras de televisión pero son sólo oportunistas y cobardes de todo tiempo… cuando en verdad ya se les acabó el papel para limpiarse allí donde no alumbra el sol, mientras como decía el cantautor canadiense, “los pobres seguirán pobres, los ricos se harán más ricos, y todo el mundo lo sabe… y así es como nos va”.

Ni siquiera tendrán un atisbo de rebeldía en medio de sesiones parlamentarias que probablemente serán por mucho tiempo recordadas como el conjunto de medidas iniciales que se aplicaron para pulverizar todo intersticio por donde filtrar algo de soberanía política e independencia económica nacional en nuestro país, y ellos aparentemente como si nada o, peor aún, muy satisfechos por las implicancias de todo aquello contra su odiado pueblo trabajador.

Ni que decir de las dádivas por éstos y aquellos percibidas, los contratos familiares, probables empleos en organismos convenientemente escogidos lejos del país, y la lista seguirá, y todo seguirá fluyendo hacia la superficie, cual cloaca tapada en permanente desborde.

Allí irá también el frágil pero hasta ahora perdurable tronco del sistema democrático de representación indirecta que sostuvimos colectivamente por 40 años, y que ahora ya no logra representar cabalmente los intereses y las necesidades de la gran mayoría de la población. Lo cual será también ampliamente celebrado por los impulsores de esta matriz de destrucción de todo entramado nacional, frenético destructor de todo tejido de resistencia y solidaridad social.

Así las cosas, he ahí los villanos, los de ayer, los actuales y los del mañana, hasta tanto y cuando el pueblo no se harte definitivamente, y la olla a presión vuele por los aires, salpicando y lastimando para todos lados y sin distingo de buenos y malos en medio de la desesperación.

No hay chapulines para salvarnos

El otro problema de proporcional importancia, es que dentro del sistema agonizante, en el que el pueblo sólo gobierna a través de sus representantes, quienes se la juegan con absoluta integridad son una ínfima minoría, casi todos ellos dirigentes que así merecen ser denominados, más volcados al trabajo social y con escasa o nula preponderancia al interior de la rosca política, a esta altura totalmente hedionda, que está queriendo decidir que nosotros y toda nuestra descendencia vivamos mucho peor aún, de aquí en adelante, y sin derecho alguno a quejarnos por ese horrendo vivir.

Del resto, no va quedando mucho por añadir a lo que ya hemos venido advirtiendo en diferentes artículos desde hace no sólo meses, sino años: Mientras algunos siguen jugando a las rosquitas y pujas internas de unos contra otros, esperando dirimir quién corta las mejores porciones del bacalao, el país ingresa en coma inducido y se hunde, somnoliento, en las nostalgias del haber sido y el dolor de ya no ser.

A esa dirigencia le cabe el no menor mote de colaboracionistas y/o cómplices por acción u omisión, de un proceso explícitamente destructivo de nuestro estado nacional.

Allí vamos, nosotros el pueblo trabajador, cargando angustias y sinsabores sobre nuestros hombros, mordiendo el polvo de la ignominia, el desánimo y el escepticismo político cada vez más generalizado. Los otros observan este cuadro tantas veces soñado, y brindan con sus mejores botellas de champagne en sus búnkers absolutamente impenetrables.

Pero la historia no termina mientras haya vida. Y como alguna vez nos enseñó Walsh, no faltará demasiado tiempo para que el pueblo mayoritario comprenda, finalmente, que está solo, muy solo, y que deberá pelear por sí mismo, organizado o caótico, como pueda, y que de sus entrañas sacará los medios, el silencio, la astucia y la fuerza… y no quedará ladrillo sobre ladrillo en pie de un sistema ya mortalmente manoseado, corrompido y ultrajado por los mismos de siempre.

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