Una de las características de los colectivos, figurados o reales, es que podés subirte o bajarte a voluntad. Hay quien conduce, sabiendo las posibilidades del vehículo, combustible, estimado de pasajeros, conocimiento de distancia y recorrido.
El presidente “holograma” es un mal conductor: se abre paso a fuerza de bocinazos y topetazos. Su tripulación está mayormente compuesta de mercenarios y oportunistas. El itinerario varía con el humor combinado de sus financistas y la estrechez de su mapa mental. Intuye, pero no sabe realmente adónde va y nos lleva.
Los sindicatos tienen mala prensa desde sus inicios. Es difícil que los patrones y sus admiradores dentro y fuera de la empresa, quieran a los que se organizan para que haya un poco de democracia en medio de la dictadura de la fábrica o lugar de trabajo que sea. Que alguien tenga la osadía de discutir la ganancia y el reparto del producto del trabajo de muchos y la apropiación de pocos. Que un/a trabajador/a mire de frente al patrón o al que manda en su nombre, siempre fue odiado por los que tienen mentalidad de capataz. Y que le hablen de igual a igual, les resulta intolerable.
Los grandes empresarios, que acumularon poder y riqueza desde la dictadura al presente, cuando pueden, tratan de anular cualquier cuestionamiento y a sus cuestionadores. Los más angurrientos activan sus relaciones con la política por mera conveniencia o algunos incluso por coincidencia ideológica. Utilizan sus armas reales o potenciales: retiro de la cuenta más grande, desabastecimiento, aumento de precios, rompen la cadena de pagos, despiden masivamente, cambian el domicilio de una planta adonde les den más ventajas, se organizan para comprar dólares todos juntos para hacer “pagar” al gobierno en términos políticos, y a los que tienen ingresos fijos en la práctica. Siempre la idea es que los otros sientan quién manda, y se sometan sin protestar.
Si ganan mucho, no alcanza. Si ganan poco, se quejan. Si pierden, atacan con dureza a todos y todas.
Han encontrado a un ser estrafalario, sin historia política ni experiencia de gobierno, que les da todo lo que quieren. Pero hay algunos problemas desestimados: existe un sistema de equilibrios y acuerdos más o menos alcanzados a fuerza de poderes encontrados y límites entre los intereses de jugadores más o menos poderosos. Por ejemplo, la ley de Entidades Financieras desde la dictadura, que marca la libre circulación de capitales y le garantiza a quienes quieran fugar, que no habrá grandes obstáculos. Por otro, que los trabajadores y trabajadoras organizados tienen algunas herramientas legales para que la explotación de los que producen no sea tan descarada. En medio, hay una larga gradación entre quien comparte con sus trabajadores algo de su destino, hombro con hombro, o quienes todo el tiempo te muestran la salida como única opción al cumplimiento de sus órdenes.
El campo de juego de la política tiene su historia, compleja y contradictoria. Pero no hablaremos de eso hoy, dada la disposición de las fuerzas en debates que le den un poco de solidez a la necesidad de prepararse para gobernar mejor.
Lo que se demostró este 24 de enero es la capacidad de esas viejas estructuras organizadas, llamadas sindicatos y centrales de trabajadores, para mostrar su poder en la vía pública. Tienen la capacidad de unir voluntades con el cuerpo y la palabra. Contienen la posibilidad de la impugnación en la práctica de conspiraciones para ganancia de pocos.
El 17 de octubre de aquel 1945 fue la demostración de lo que puede un pueblo organizado frente a los titubeos de un mal gobierno. No alcanza para torcer el camino de un fanático, pero pone vallas importantes que, si quiere seguir al volante, debe aprender a sortear. Es muy fuerte la historia de quienes fueron capaces de bloquear represores, hacer retroceder planes y políticas. La capacidad del movimiento obrero para frenar lo más nocivo de las políticas antipopulares está probada.
Pero es la política la que sintetiza y define. Es decir, la capacidad de organizar ideas, entrenar y preparar nuevas conducciones para el Estado, mostrar otros caminos más esperanzadores para las mayorías, menos debate público y más ponerse de acuerdo entre los interesados (pasajeros y conductores) para que este motor poderoso de la fuerza sindical, se aproveche para un destino mejor.
Todos saben que este mamarracho de DNU y Ley Ómnibus son contrarios a la Constitución, la República y todas nuestras banderas y aspiraciones históricas de soberanía, justicia distributiva y crecimiento económico.
Los cómplices con mandato pueden contarla como quieran.
Pero está en nuestras manos que la mayoría de nuestros representantes elegidos por voto popular, digan y hagan lo que es necesario para las mayorías, y no para los pocos que financiaron y apoyan este experimento de ingeniería social de liquidación nacional.
