Ser orgánico no implica obediencia y silencio, sino mesura, prudencia y aprendizaje entre referentes y seguidores. Un referente es quien mejor expresa, provisoriamente, lo que el conjunto piensa se debe hacer. Y se pone al frente en los momentos de demanda y riesgo.
En los sindicatos tenemos una larga experiencia en el manejo del debate interno y la protección de la organización.
No obstante, en la política existe una larga gradación de actitudes entre los que tendemos a pensar que sólo nosotros tenemos razón (y por lo tanto, quien no coincida es un imbécil, enemigo o traidor) y la otra banda, los que hoy obedecen lo que le digan por pereza o conveniencia. Entre los que no dudan de sus certezas y quienes alquilan sus preferencias.
Quienes hicimos el servicio militar alguna vez, pudimos observar con lógica civil a jóvenes cabos aceptando cualquier humillación, esperando el momento (más por antigüedad que por mérito de estudio o trabajo propio) de ser ellos quienes pudiesen tener subordinados para humillar.
En la práctica política o social, se banca a un/a jefe/a de agrupación, aplaudiendo o aceptando en silencio toda decisión, mostrándose convenientemente visibles en todo momento, esperando que alguna vez toque ser aceptados sin chistar.
Por otra parte: No es sano callarse, pero… ¿Sirve gritar ante la primera disidencia?.
Uno puede no acordar, ofreciendo alguna argumentación, un motivo, tener mirada propia sobre cómo y desde dónde se opta, conocer para comprender la lógica de un alineamiento, alianza, apoyo… pero ¿Tiene derecho a decirlo en cualquier lugar o ante cualquier público? Vaya disyuntiva.
Y mientras tanto… nos hablan y nos gritan con la petulante voz del patrón
Una característica de la derecha es reproducir la palabra del patrón, del que garantiza el financiamiento o tiene la botonera de las relaciones y contratos, del que paga el sueldo o controla los ascensos… por eso es más fácil para ellos tener unidad: uno habla y los demás aceptan. Mientras conspiran para quitarle la silla al que manda. Eso no es conducir, es dar órdenes.
Y la derecha existe: son quienes consideran que la desigualdad social es “natural” y depende de los genes, nacimiento o la dotación biológica entre pobres, villeros, negros, mujeres, capacidades diferentes, indios, extranjeros… son muchas maneras de justificar la aspiración a la superioridad de la “buena gente” sobre los inútiles, vagos, marginales… en fin, inferiores. Entonces cualquier cosa o acción que intente igualar es antinatural y debe ser evitada. Sólo queda garantizar/blindar/armar/fortificar el creerse superiores.
¿Qué fue el colonialismo europeo sobre América, Asia y África sino un prolegómeno de Auschwitz?
Enfrente a esa marea supremacista que avanza e intenta consolidarse en esta etapa global, estamos quienes sabemos que la igualdad es una aspiración de la humanidad para el acceso a la naturaleza y los bienes que producimos para tener una vida digna. Y tener una vida digna también está sujeto a debate: ¿Es necesario el acceso ilimitado a consumir todo, incluido los lujos que hoy gozan los millonarios, o debe haber un piso común de derechos (alimentos, salud, educación, vivienda, servicios, transporte, descanso, acceso a la cultura) y desechar todo lujo innecesario? Es un derecho vivir en Puerto Madero o el auto de alta gama?
Por otro lado, ¿Es necesario que todas nuestras discusiones deban hacerse frente a quienes aceitan sus armas, preparan el gas lacrimógeno y conectan el alambre electrificado para defender el muro de su barrio privado? Aquellos que ya tienen todos los mecanismos del poder: jueces, comunicadores, publicistas, call centers, redes sociales (todas en manos de la derecha), tecnologías de control social, espionaje, mercenarios, informantes… ¿Tienen que, además conocer nuestras contradicciones y diferencias para utilizarlas en nuestra contra?
Hay desorientados entre los que sólo ven su baldosa de supervivencia, sueñan en ser consumidores de lujos (la felicidad de las publicidades), los que acumulan un dólar hoy en el colchón para intentar evitar la muerte… los que repiten (para no pensar mucho) lo que les dicen las pantallas, los que apelan al pensamiento mágico para intentar comprender lo complicado de este mundo, multiplicado por la saturación de información (propaganda, falsas noticias recortadas, pedacitos de realidad editada…), los que se abrazan a una fe para simplificar lo incompresible de un universo indiferente… los que se aíslan en ilusiones orientales o “buenas ondas” para evitar comprometerse con el barro de la historia y las duras decisiones que generan enojos o tensiones entre amigos, vecinos o familiares… A todos ellos, ¿Nuestros debates a cielo abierto ayudan para mostrarles las salidas de la crisis?
Debemos votar cada 2 o 4 años, es decir, si uno es responsable de su vida, familia y el destino de su pueblo, asume periódicamente el decidir como sujeto político. Y debe desarrollar un criterio para dar esa respuesta. Puede hacerla en solitario, esto es, obedecer ciegamente lo que las tendencias de mercado le asignaron a fuerza de hipnosis de pantallas, o puede hacerlo desde una identidad, pertenencia u organización que sintetice sus intereses. Esta opción implica unir lo diverso, una respuesta que represente al conjunto. Quienes conducen y no mandan, son los responsables de construir con lo distinto una masa de fuerza y sentido para ese colectivo.
Lo que estoy planteando es si alcanza con subirse y ocupar un asiento en ese colectivo para arrogarse el derecho a gritarle órdenes al que conduce. O si debiéramos tomar la costumbre de discutir a puertas cerradas, incluso levantando la voz y poniendo los nervios arriba de las mesas, para salir con un puño cerrado al aire libre, mostrando nuestra convicción real de habernos puesto de acuerdo.
Claridad y simplificación de lo complicado para orientar a quienes esperan ideas, proyectos, planes de salida desde esa llanura que implica el no-compromiso. Lo que urge en la hora presente, es delinear un proyecto, conformar equipo y designar responsables. No salvadores.


