Yo sé que nuestro público lector estará esperando alguna arenga de índole patriótica, más o menos formal, con aroma a tarjeta postal, para esta fecha en cuestión. Pero no.
También sé, y la historia así lo expone en un sinnúmero de nobles ejemplos, que uno no batalla necesariamente desde las certezas, e incluso la esperanza del éxito.
Pero hay posicionamientos de la ética que no entienden de exitismos, oportunismos ni ventajerismos de ocasión, tan habituales al interior del mundillo empresarial, político y también judicial. La ley del “toma y daca”, tan pero tan en boga.
Por el contrario, pararse desde una concepción ética de la vida y la profesión, no busca ni espera salir en la foto con el dirigente de moda.
Así las cosas, nada más lejano a quien escribe estas líneas editoriales que sumarse a la ola del feliz día de la Patria.
¿De cuál Patria? ¿De la Patria Financiera? ¿De la Patria del saqueo y la transferencia de riquezas en masa a un grupúsculo de híper-poderosos que reportan, sin excepción, a holdings de poder absolutamente extranjeros? ¿La Patria del individualismo, la virulencia social en aumento, y un poco oculto y morboso placer de algunos en ver el incremento de pobres, hambreados y desesperados entre las filas de nuestro pueblo?
¿Debería decirles feliz día en ese marco? ¿Celebrar todo aquello?
¿O no será mejor empezar a plantar bandera? Y evocando realmente a nuestros héroes patrios –todos maltratados y ultrajados en su tiempo por los predecesores de quienes nos someten al indecoro en nuestros días- gritar con nítida y transparente garganta, Feliz Día de la Resistencia al Desguace Nacional, pergeñado por los antinacionales que lo ejecutan, y aquellos que, avalando dicho accionar, también se integran al “régimen”.
Para distraídos y para los más jóvenes, repasen historia nacional e internacional, y hallarán que ningún gran movimiento popular se forjó ni consiguió transformaciones a su favor y en su tiempo mediante buenos modales, pidiendo permiso tímidamente, y acatando las reglas estatuidas por sus opresores.
Desde Espartaco –y quizás antes- a la fecha, ya todo está escrito y reseñado.
El refrán habla de “patear el tablero”, no de negociar y transar para disponer de un pedacito nimio en el mismo.
Mientras tanto, la vida se transita entre golpes bajos y feroces sacudones desde arriba, que muchas veces nos dejan a la vera del camino, sin aire, o directamente hundiéndonos en las lentas mas implacables arenas movedizas del sistema. Pero a la vez, ese andar nos encuentra con las pequeñas y esenciales alegrías que se construyen en el seno del barrio, junto a tus afectos, en la sonrisa del alma que otorga acompañar desde el corazón a cada acción solidaria, en la misericordia y el amor por tu semejante. Por más que el grueso de quienes se “capacitan” y se posicionan como dirigentes y representantes del pueblo trabajador (clase media asalariada incluida, no hacerse los otarios, que entramos todos juntitos en el mismo lodo), claramente no estén a la altura de estas muy difíciles y casi terminales circunstancias.
Los grandes frentes patrióticos que ameritan los escenarios de luchas coloniales o semicoloniales, deben pensarse absolutamente transversales a las fuerzas políticas estancas y sus recelos multi-recíprocos. Todos aquellos ejes que erosionan y dividen, deben deponerse hasta que el contexto ofrezca un panorama propicio para recuperar esa senda de mayores derechos ciudadanos por encima de los esenciales y, por ende, mayor margen para reponer o crear nuevos debates y combates.
Hoy las banderas de unidad no pueden ir más allá de 5 o 6 grandes tópicos de defensa nacional y cuidado integral de la calidad de vida de sus habitantes.
Mientras los unos no acepten mirarse fraternalmente a los ojos de los otros, en la necesidad vital de construir trincheras mancomunadas, sólo quedará para nosotros los comunicadores, el desafío de honrar nuestro compromiso por desarrollarnos desde la ética profesional plasmada en la coherencia de nuestro decir y hacer, denunciando al que pisa fuerte y abrazando al pisoteado y sus circunstancias cotidianas. Sin claudicar en el rumbo elegido, incluso aunque nos aproximemos a la eventualidad de que, para todo lo demás, llegue a ser demasiado tarde.


