Buscando que nuestra patria no golpee las puertas del cielo…
No puede construirse paz desde la violencia. No puede aspirarse a la búsqueda de verdad desde el agravio fogoneado por rencores y recelos pretéritos. No llegaremos a una verdadera democracia si continuamos desechando la paciente construcción de valores humanitarios y de sana convivencia, siempre cultivando la rica diversidad que nos constituye.
El año pasado, conversando con un sacerdote del ámbito local, a quien respeto y aprecio por encima de lo meramente religioso, me compartió un concepto que cada día retumba en mis pensamientos y en esta muy difícil, más imprescindible coexistencia con la desigualdad, la injusticia institucionalizada y naturalizada por millones, y la arrogancia de tantos sofistas que pretenden empujarnos a su propia posverdad de los acontecimientos.
Aquel sacerdote, pleno conocedor de todo este marco como pocos por su cotidiana función solidaria en diversos rincones de nuestro territorio, me pidió que nunca olvide, que las noticias “venden más” cuando están enfocadas desde el señalamiento de aspectos negativos, pero que debemos aprender a buscar y exponer las muchas pequeñas acciones realizadas a diario por cientos de miles de seres humanos que buscan ayudar al prójimo, educar en solidaridad, dar un sencillo y profundo abrazo, obsequiarle una caricia a un anciano y a un desvalido, hacer pedagogía de la tolerancia y el amor: Las tantas veces olvidadas “buenas noticias”, tan necesarias para sobrevivir y mirar con ilusión a nuestro porvenir, contra viento y marea y por más oscuro que asome el firmamento.
Demostrar que son muchas más aquellas personas que se comprometen en realizar un gesto o una obra noble, que aquellos que se movilizan para estropearnos la existencia, con pleno conocimiento del alcance de sus decisiones y acciones. La diferencia radica en que las mayorías populares somos por lo general invisibles y silenciosas, y no gozamos de la llegada a los grandes medios que seleccionan qué contenidos dar a difusión, según su estricta lógica del mercado.
“Me gusta andar pero no sigo el camino, pues lo seguro ya no tiene misterio” Facundo Cabral
Recuerdo un pequeño aforismo que me enseñaron a mis tiernos 5 años de edad, y que me ha formado como ser humano desde entonces. Pertenecía a la poeta Elena Oshiro, y rezaba “No me des un arma para matar. Dame amor para vivir”.
Lo más complejo es lo más sencillo. Lo universal emanado desde el ser interior de cada uno, como punto de despegue. Con todos los inexorables riesgos que ello implica. O moldeamos el gran sueño colectivo, o caemos en el abismo final para esta era, de la soledad, el egoísmo a ultranza y la desconfianza hacia el prójimo seguida de violencia sistemática.
Urge volver a entusiasmar, y vaya que será una tarea difícil y de final incierto. Entusiasmar a una muy importante masa de nuestra sociedad que, aunque las dirigencias políticas suelan no querer reconocerlo, se han desencantado totalmente no sólo de la “cosa-política”, sino de los alcances, posibilidades y también obligaciones inherentes a la construcción a diario de un estado democrático que promueva y garantice la convivencia desde la tolerancia, el respeto por la sacralidad de la vida humana, y la (re)configuración de un sentido identitario a escala, al menos, nacional, que no esté circunscripto a una mera práctica deportiva.
Ese marco, que en nuestro tiempo de tantos individualismos, resignación e incluso pulverización del concepto de justicia social –y todo lo que ello implica- parece poco menos que un horizonte utópico, sin embargo supo germinar y florecer con apreciable continuidad al interior de nuestro pueblo.
Demasiados traspiés y cuantiosas desilusiones causadas por numerosos actores de primera y segunda magnitud de todo el espectro dirigente nacional (político, judicial, empresarial, periodístico… y más) generaron las condiciones para esta etapa de retrocesos en casi todos los valores que venimos pregonando desde los medios comunitarios que hemos contribuido a desarrollar por los últimos 10 años.
¿Cómo se reconstruye un mínimo equilibrio colectivo, cuando los odios ya llegaron –otra vez en nuestra historia- al extremo de toparnos con vecinos en una charla cotidiana, que te aseveran su satisfacción, otrora inconfesable por vergonzante, hoy blanqueada sin remordimiento alguno, referida a la caída al vacío de la desesperación y la marginación total y cuasi irrecuperable del 55% pobre o miserable entre quienes habitamos este país?
¿Cómo educamos en una paciente pedagogía del respeto y la valoración de la otredad, en una sociedad acostumbrada a incorporar paradigmas y modelos en forma totalmente vertical, y cuando quienes están en la cima de esa pirámide dejan en su mayoría mucho que desear en cuanto a sus conductas éticas, cuando no directamente signados por un total desapego a sentimientos humanitarios básicos?
No hay respuestas definitivas para todo ello. Sólo que, en el fondo, todo el mundo lo sabe.
Por el contrario, brotan numerosas preguntas, muchas de las cuales ya circulan por numerosos ámbitos para la reflexión, el debate y también un poco de catarsis entre semejantes golpeados en su moral y en su integridad económica por esta brutal ofensiva de saqueo popular y transferencia compulsiva de riquezas a una pequeña minoría sin más ideología ni bandera representativa que el color del dinero y la ambición ilimitada por controlarlo todo. Incluso los destinos del resto de sus compatriotas.
Algunos hilos de resistencia se palpan ya en movimiento mucho más por abajo que por arriba, y quizás haya que tener la valentía de superar lastres del pasado y animarnos a empezar casi todo de nuevo. Rescatando lo que a todas luces funcionó bien, y descartando sin contemplaciones a aquello, o aquellos, que no.
Iniciar lo antes posible una senda desde una ética empapada en convivencia y coexistencia pacífica, puede que sea una imprescindible piedra basal. Pero las grandes gestas conllevan bastante tiempo, continuidad, fe en la victoria, y paciencia. He ahí al peor de nuestros interrogantes. ¿Quedará suficiente tiempo y fortaleza colectiva, antes que los destructores confesos del estado nacional caven un precipicio tan profundo, que sea demasiado tarde para volver a emerger?

