… sino –además- de todos aquellos que por las razones que fueren, empoderan a un supuesto jamoncito…
¿Qué fue primero? ¿Los discursos gubernamentales y todo su conjunto de provocadores profesionales que apelan a tensionar ilimitadamente la paciencia general, desde la exacerbación de enunciados cargados de violencia simbólica y concreta en la cotidianidad, sin dar ni un día para el respiro y la tranquilidad social, en su manifiesta intención de pulverizar todo el estado nacional y, se deduce, todo el equilibrio social ya precario, contenido dentro del mismo? ¿O fue primero una porción demasiado numerosa de nuestra sociedad, violenta, irracional, irreflexiva, racista, incluso xenófoba, y esencialmente individualista, con raíces lejanas –fundacionales junto a nuestra patria, admitámoslo- y fomentadas por la gran mayoría de los mensajes multimediáticos desde hace varias décadas, con sectores relevantes de la dirigencia política amparada en dichos resortes para decir cualquier barbaridad, y la connivencia judicial más el apoyo financiero de quienes habitan la cima de la pirámide en términos socioeconómicos?
Este marco gubernamental ultra ideologizado a niveles no experimentados al menos desde 1983 a la fecha, ¿Nace de un repollo importado por los poderosos think tank de procedencia extranjera? ¿O es la emergente de una peligrosa tendencia en franco aumento hacia la intolerancia, la violencia y la radicalización del conflicto social ¨inter pares”?
Arranco con esta invitación a reflexionar sobre nosotros mismos, porque pareciera recurrente y agotador cargar tintas sólo hacia la “clase política” ya sean éstos oficialistas u opositores de turno, en vez de comenzar a hacernos cargo de nuestras responsabilidades, miserias y narcisismos sociales que dan nervio y razón de ser a todo lo demás.
Los números son por demás elocuentes y sobran mayores análisis al respecto: 10 meses de gobierno, más de 100 por ciento de inflación acumulada, sin contar la criminal devaluación pergeñada en diciembre último pasado, 5 millones de nuevos pobres –según datos oficiales- en menos de un año… todo ese sacrificio tan extremo como inhumano, sólo para beneficiar aún más a las “castas superiores” de nuestra sociedad y de lejanas latitudes. O como diría el brillante colega Ari Lijalad, un gobierno que se ufana de bajar la inflación a un harto dudoso 3,5 por ciento, cuando sólo se trata de una “baja de inflación por inanición”.
Aún así, numerosas porciones de la sociedad, respalden o no a Javier Milei y sus acólitos neomenemistas –cuando no, dizque procesistas- se limitan a denostar a cuanto esfuerzo más o menos organizado brote desde la política y diversos núcleos de dirigencias populares, como escape a la incómoda revelación de que nunca se van a comprometer en asumirse como actores plenos de responsabilidad social y colectiva en su entorno y tiempo histórico. Y esa es la verdadera mayoría silenciosa que termina haciendo pendular gobiernos y lineamientos de proyectos de país tan disímiles, que tornan imposible arrancar de una vez y en forma sostenida.
Asumir un diagnóstico autocrítico de nosotros como colectivo ciudadano permitiría entender de dónde venimos y qué taras colectivas continuamos padeciendo.
El compromiso social en términos de solidaridad y espíritu de progreso parejo, y hermanados ante una ley que realmente cobije a las grandes mayorías, es siempre altamente loable. Si bien la ciudadanía que se involucra en transitar el arduo camino cotidiano a tales fines es –cada vez más- minoritaria. Lo cual tampoco es algo novedoso, pero urge ponerlo de manifiesto. El prototipo del compatriota que rezonga pero jamás colabora ni se involucra en un objetivo superior para el conjunto de la comunidad, que sólo se acuerda de exaltar una supuesta argentinidad de muy baja intensidad frente a éxitos deportivos a escala internacional, es parte de una mayoría que suele refugiarse bajo el paraguas de lo “apolítico” para no admitir su verdadero pensamiento. Por lo general, individualista, oportunista y no pocas veces dotados de la exaltada “picardía criolla” que suele no ser otra cosa que sentido de ubicuidad y especulación para obtener réditos personales bajo cualquier circunstancia.
La necedad vence reiteradamente a la sensatez. El orgullo hace lo propio contra la humildad. En ese mar de ignorancia de la propia historia nacional y sus numerosas luchas y tragedias populares como pasos ineludibles para conocer de dónde surgen las conquistas sociales que hoy naturalizamos, y muchos entre quienes gozan de las mismas, no intentan siquiera defenderlas, llegamos a la raíz que da forma y sustento a cualquier aventura perniciosa para nuestro presente y futuro, como la vigente en nuestros días.
Mientras no se consensue una labor constante y a largo plazo en términos de educación pedagógica permanente para la formación ciudadana en clave nacional (sí, aunque haga cosquillitas el concepto, hay que ideologizar mucho más para alcanzar dichos valores, y es una tarea a proyectarse durante toda la vida), los gobiernos podrán ser reemplazados, se podrán ganar y perder elecciones, incluso nos podrán derrumbar por completo el país en todos sus cimientos hasta un nivel irrecuperable, o por el contrario, se podrá florecer tímidamente una vez más, siempre dentro de los estrechos márgenes que toleran “el sistema” y su monstruoso hermano gemelo, “los mercados”, y toda la camándula de criminales financieros impulsores del genocidio social en marcha… pero por debajo de cualquiera de tales hipótesis para nuestro horizonte incipiente, si no enriquecemos nuestras propias raíces, nuestra propia formación integral y compromiso con nuestro entorno sobre bases solidarias, entonces simplemente continuaremos fluctuando entre tempestades y ligeras etapas de remansos entre ilusionistas y esperanzadores… sólo para volver a caer desprotegidos en una nueva y cada vez más brutal tormenta.
Lo interesante, si aún cabe, de este escenario, es que ahora y siempre, el conjunto del pueblo poseerá o bien creará las herramientas para animarse a transformarlo todo, patear el tablero, y aventurarnos a construir caminos lo más novedosos posibles, que propicien colores, aromas y sabores diferentes a los ya conocidos… y que nos trajeron hasta acá.


