Hay semanas que condensan una época. Y ésta fue una de ellas. Las marchas multitudinarias en defensa de la universidad pública, el nuevo índice de inflación celebrado obscenamente por el oficialismo, las internas feroces dentro del propio dispositivo libertario y, sobre todo, la exhibición pública de un Presidente completamente desbordado, terminaron de confirmar algo que ya atraviesa la percepción cotidiana de millones de argentinos: el experimento libertario empezó a mostrar signos visibles de agotamiento político, económico y hasta emocional.
Pero conviene no confundirse. Que el gobierno atraviese una de sus peores semanas no significa que esté derrotado. Mucho menos que exista una alternativa consolidada capaz de reemplazarlo. Lo que sí aparece con creciente claridad es el deterioro acelerado de un modelo que necesita cada vez más violencia discursiva, manipulación estadística y brutalidad social para sostenerse.
Mientras Jamoncito se descompone durante cinco horas en streamings delirantes que incluyen insultos a periodistas, referencias o “consejos” para una mejor masturbación, denuncias de golpes de Estado imaginarios y, más patético aún, olvidando nombres en vivo, el país real sigue atrapado en una dinámica mucho menos extravagante pero infinitamente más cruel: salarios destruidos, consumo en caída libre, endeudamiento social, cierre de empresas y una inflación que se niega obstinadamente a bajar pese al ajuste más salvaje desde el retorno democrático.
Ahí está el núcleo de la crisis.
El gobierno aplicó literalmente todo el manual ortodoxo junto: recortes permanentes del gasto público, congelamiento salarial, disciplinamiento sindical mediante miedo al desempleo, tasas de interés asfixiantes, paralización de la actividad económica y un dólar artificialmente bajo sostenido con endeudamiento brutal. A eso se sumó esta semana un nuevo recorte de 2,5 billones de pesos.
Y sin embargo, la inflación sigue estacionada arriba del 2,5% mensual.
Es decir: incluso después de licuar ingresos, destruir jubilaciones, pulverizar el mercado interno y llevar adelante una transferencia monumental de recursos hacia sectores financieros y empresas de servicios, el gobierno no logra quebrar la inercia inflacionaria. Apenas consiguió estabilizarla en un piso altísimo que anualizado supera ampliamente el 30%, uno de los peores registros del planeta.
La desaceleración posterior al shock devaluatorio inicial de Caputo no fue una victoria estructural. Fue el resultado de una devaluación descontrolada que reventó salarios y produjo una fenomenal licuación social. El problema es que, agotado ese efecto, la inflación volvió a demostrar que el fenómeno es bastante más profundo que la simplificación fanática de los libertarios.
Y encima, ni siquiera los números oficiales terminan de reflejar el verdadero deterioro. Aún a pesar de los dibujitos -a los que por otra parte ya nos tienen acostumbrados a través de diferentes gestiones gubernamentales- del INDEC, que continúa utilizando una estructura de consumo vieja, basada en patrones de 2004, cuando los servicios todavía ocupaban un lugar mucho menor en el presupuesto familiar. La vida cotidiana cambió brutalmente desde entonces: internet, telefonía móvil, plataformas, medicina prepaga y servicios privatizados hoy consumen una parte decisiva del ingreso.
Si se utilizara una canasta actualizada, la inflación real sería todavía mayor y la caída salarial muchísimo más profunda. Lo que oficialmente aparece como una pérdida cercana a los ocho puntos para los salarios registrados, en realidad podría estar rondando los diecisiete.
Pero no hace falta ningún paper para percibirlo. Basta salir a la calle.
Toda encuesta seria registra exactamente lo mismo: la sensación social dominante no es alivio, sino asfixia. Los servicios públicos y de conectividad ya son el principal dolor económico para más de la mitad de la población. Después aparece la comida. Más atrás, el transporte, los combustibles, las deudas y la prepaga.
La vida cotidiana se convirtió en una carrera desesperada para pagar facturas… o alimentos.
Eso explica buena parte de lo que empezó a verse esta semana reciente en las calles. Porque las marchas universitarias no fueron solamente una reacción sectorial. Expresaron algo bastante más profundo: la persistencia de reservas sociales, culturales y políticas que todavía resisten el proyecto de demolición integral del país.
Ahí radica quizás la principal preocupación del muy pútrido poder real.
Porque detrás del show grotesco de Milei hay algo mucho más serio: un programa sistemático de destrucción del Estado, de vaciamiento científico-tecnológico y de apropiación privada de áreas estratégicas. La ofensiva contra las universidades públicas no es un capricho ideológico aislado. Forma parte de un modelo de país subordinado, extractivo y colonial.
Un país sin ciencia propia. Sin investigación. Sin desarrollo autónomo. Sin movilidad social ascendente. Sin pensamiento crítico. Un país de pacotilla, en resumidas palabras.
La discusión pública, deliberadamente degradada, ya ni siquiera gira alrededor de esas cuestiones estructurales. Nos empujaron a debatir nimiedades diseñadas por operadores fascistoides y analfabetos mediáticos: si las universidades se auditan, si los extranjeros deberían pagar… y mientras tanto, el verdadero saqueo avanza.
Y avanza de la mano de una élite económica cuya única especialidad histórica fue extraer riqueza en lugar de crearla. Un reciente informe internacional sobre calidad de élites mostró que Argentina cayó de manera catastrófica en el ranking global de innovación y generación de valor. Pero el dato quizás más brutal es otro: el país ya figura entre los peores del mundo en fuga de cerebros.
Los jóvenes formados se van. Los científicos se van. Los profesionales se van. El capital humano escapa de un país administrado para la renta financiera, la especulación y la precarización permanente.
Por eso Milei no es solamente un exabrupto televisivo llegado accidentalmente al poder. Es la expresión extrema, brutal y desquiciada de una burguesía rapaz, improductiva, inmunda y profundamente parasitaria.
Sacar adelante al país implica de manera primordial e imprescindible cortar de raíz el poder político, mediático y judicial del que se vale esa gran burguesía apátrida.
Y actuar sin otorgar la menor concesión a quienes se dedican a estropearles la vida a millones y millones de seres humanos.
Porque tampoco alcanza con esperar su derrumbe espontáneo. Mucho menos hacer la parodia nauseabunda de “darles tiempo” en aras de respetar supuestas “instituciones” que, tal como están configuradas, sólo sirven para aplastar a las clases populares y beneficiar ilimitadamente a las minorías entre las minorías que no sólo se codean con el poder: Lo ejercen, y lo construyen.
Demasiados millones de compatriotas no podemos esperar que todo decante a nuestro favor.
En ello aparece el desasosiego de una oposición que sigue perdida, fragmentada y muchas veces atrapada en internas miserables. Con algunas “minorías intensas” que erosionan tanto a todo potencial armado de frente opositor, que en la práctica representan el brazo funcional más explícito a los intereses gubernamentales y de quienes lo apuntalan.
Y aunque el oficialismo empieza a exhibir síntomas de desgaste evidentes, todavía no aparece un liderazgo lo suficientemente consensuado que sea capaz de reorganizar políticamente el descontento social creciente.
Sin embargo, algo también quedó claro durante las últimas jornadas: en Argentina siempre existe terreno en disputa.
Las marchas universitarias, el rechazo persistente al ajuste y la imposibilidad del gobierno de construir consenso social genuino muestran que todavía subsisten reflejos colectivos capaces de impedir una naturalización completa de la barbarie.
Como inquietante contraste a lo anterior, mientras los loros con micrófono y pantallas oficialistas buscan denodadamente encubrir el desmadre de corrupción que ya luce como algo intrínseco del gobierno libertario, y los periodistas opositores más renombrados insisten desde hace un año en que esto “estalla” poco menos que en cuestión de un santiamén, situación que finalmente nunca madura… la realidad concreta es que el Team Jamoncito continúa desguazando a diestra y siniestra la totalidad del Estado nacional. Ahora van por la venta de AySA y la entrega de todo el desarrollo de la energía atómica, que se venderá y pondrá en manos de capitales extranjeros.
Resulta por demás evidente que con sólo honestos no cambiamos ni el mundo, ni nuestro país, ni tan sólo un municipio. Pero sin honestos ni dirigentes que puedan responder con su ejemplaridad concreta en su forma de vida al reclamo silencioso de una significativa porción del pueblo, entonces nos vamos directo al descenso. Y eso es de una elocuencia incontrastable.
Porque el problema ya ni siquiera es Milei. Milei es apenas el síntoma más obsceno, más caricaturesco y más degradado de una dirigencia económica que hace décadas vive de incendiar el país para luego vender las cenizas en cuotas y con intereses.
Así las cosas, mientras una parte de la sociedad todavía espera que el mercado derrame prosperidad, los mismos que destruyeron ferrocarriles, industria, ciencia, salarios y soberanía ahora vienen por el agua, la energía y hasta el conocimiento producido por generaciones enteras de argentinos.
Entre el saqueo de uno y las zancadillas internas de otros, después nos preguntamos por qué tantas personas optan por el descreimiento, mientras reiteramos una y otra vez la misma película con el mismo final.
Transitamos una etapa en la que lo verdaderamente inexplicable ya no es la existencia de los hermanos Milei. Lo verdaderamente inquietante es la magnitud del poder económico, mediático, judicial y político -tanto nacional como internacional- que todavía necesita sostenerlos para evitar que esta ficción se derrumbe antes de tiempo. Y, sobre todo, el abismo brumoso con el que se nos amenaza de cara al día después.
