Mientras el Congreso se diluye entre formalidades, insultos y escandaletes dignos de bataclanas, crecen las denuncias sobre funcionarios y la conflictividad social. Entre bambalinas, no pocos se preguntan si la política tal como la conocemos, aún puede ofrecer un rumbo colectivo
La semana política transcurrió sin grandes sobresaltos, aunque dejó una señal inquietante: la economía, eje central de nuestra vida cotidiana, prácticamente desapareció de la agenda pública. En su lugar, lo que emergió fue una sucesión de escenas que oscilan entre la parodia institucional, la opacidad en el ejercicio del poder y una creciente incertidumbre sobre el rumbo político.
La presentación del jefe de Gabinete en el Congreso sintetizó esa deriva. Lejos de constituir un espacio de intercambio sustantivo, la exposición se ajustó a un libreto previsible: lectura rígida, preguntas que se diluyen en la formalidad y respuestas diferidas, elaboradas fuera del recinto. El mecanismo, pensado como herramienta de control democrático, parece haber perdido eficacia hasta convertirse en un ritual vacío.
Y en ese ritual, el Presidente de la Nación apareció más desencajado que nunca junto a su claque favorita, insultando a periodistas y a dirigentes de izquierda.
Un accionar de violencia simbólica, además de la represiva cotidiana a cargo de las fuerzas de seguridad, que amenaza transformarse en un verdadero infierno cuando las papas quemen tanto que se vean ante la imperiosa necesidad de bajar la persiana a esta experiencia de saqueo ilimitado.
Mientras tanto, el oficialismo evitó tensiones mayores en la sesión en Diputados, en un acuerdo tácito que priorizó la estabilidad de la escena por sobre la profundidad del debate. Así, el Congreso volvió a mostrar una imagen atravesada por formalidades sin contenido político real, mientras las discusiones de fondo quedan desplazadas. Y el pueblo no para de padecer este presente lleno de sensaciones de desamparo general.
No obstante, fuera del recinto la conflictividad encuentra otros canales. La movilización de la CGT logró ocupar la Plaza de Mayo y dejar un mensaje claro en defensa de los derechos laborales, aunque volvió a evidenciar la fragmentación del movimiento sindical. En paralelo, crece la tensión en el ámbito universitario, con salarios en mínimos históricos y una comunidad que se organiza hacia una protesta de gran escala. Desde el Gobierno, sin embargo, no se perciben señales de apertura al diálogo.
En ese contexto de fragilidad institucional, las críticas al oficialismo se intensifican, particularmente en torno a la figura del otrora cancherito Manuel Adorni. Las dudas sobre su patrimonio que incluyen propiedades no declaradas, gastos “difíciles” de justificar y viajes de alto costo, se acumulan al mismo ritmo que avanzan las investigaciones judiciales en Comodoro Py. Sólo resta que aparezcan fotos de Adorni con las orejitas de Mickey Mouse en Disneyworld, y haríamos cartón lleno.
El propio funcionario ha rechazado las acusaciones, calificando sus viajes como cuestiones personales y asegurando que no tiene “nada que ocultar”. Sin embargo, los datos bajo análisis plantean interrogantes difíciles de soslayar. Uno de los casos más resonantes es un viaje familiar a Bariloche en 2024, cuyo costo total habría superado los nueve millones de pesos, una cifra que contrasta con sus ingresos declarados en ese período.
A esto se suman investigaciones sobre el uso de tarjetas corporativas en organismos estatales, como Nucleoeléctrica Argentina, donde se registraron consumos por cientos de millones de pesos en gastos que incluyen hoteles de lujo, compras en el exterior y retiros de efectivo sin justificación clara. El contraste entre el discurso oficial contra la corrupción y estas prácticas señaladas comienza a erosionar de manera terminal la credibilidad del Gobierno.
En paralelo, el tono confrontativo de jamoncito también suma cuestionamientos. El episodio en el que calificó de “chorros” a trabajadores de prensa, muchos de ellos con múltiples empleos para sostenerse, generó rechazo y abrió un debate sobre los límites del discurso político en un contexto social cada vez más tenso.
Y del otro lado, la fragmentación nuestra de cada día
Más allá de los nombres propios, lo que parece emerger es un fenómeno más profundo: la fragmentación del sistema político. La proliferación de candidaturas y la dificultad para construir consensos generan una paradoja democrática, donde la ampliación de la oferta electoral convive con una creciente confusión para el electorado.
En este escenario, el futuro aparece atravesado por tensiones contradictorias. Mientras algunos anticipan la continuidad de liderazgos disruptivos, otros proyectan una búsqueda social de mayor previsibilidad. Sin embargo, ambas miradas coinciden en un punto: la persistencia de ciertos lineamientos económicos, aún frente al deterioro de las condiciones de vida. El sueño húmedo de nuestra oligarquía y jefes foráneos.
Por su parte, para amplios sectores de la sociedad, la urgencia cotidiana desplaza cualquier debate electoral. La política, en ese marco, corre el riesgo de volverse un ejercicio desconectado de las necesidades reales, mientras la oposición no logra articular una alternativa sólida que ordene expectativas y construya horizonte.
Pero el problema no se agota en la coyuntura. Hay quienes advierten que el país atraviesa un momento bisagra, un posible final de época. La combinación de desigualdad creciente, instituciones debilitadas y dirigencias fragmentadas plantea un desafío mayor: reconstruir un proyecto colectivo con capacidad de interpelar a las mayorías.
Para que nuestro pueblo vuelva a creer en el camino de la política como rumbo democrático de amplias mayorías, va a ser tan necesario como imprescindible que quienes asuman la gigantesca responsabilidad de pretender capitanear esta barca en el peor momento estructural, seguramente, de nuestra historia nacional, estén dispuestos a construir equidad social avasallando a los avasalladores de toda nuestra historia, sin contemplaciones y exponiendo con meridiana claridad todos sus engranajes destructores de nuestro país y tejido social que supimos construir.
En ese sentido, la demanda no es solo de recambio, sino de profundidad. La reconstrucción de la confianza en la política requerirá algo más que moderación discursiva o acuerdos superficiales. Implicará confrontar a fondo con las estructuras que históricamente han condicionado el desarrollo del país y exponer con claridad los mecanismos que sostienen la desigualdad.
Por menos que eso, los sofistas disfrazados con el berretín de “dialoguistas”, “racionales” o más vomitivos aún, los autopercibidos “sensatos”, bloquearán por última vez todo resorte de auténtico basamento popular que tenga la fuerza suficiente para poner patas arriba todo el declinante ensamblado institucional de un país manipulado y al entero servicio de ínfimas minorías. En rigor, un país domado y moldeado a imagen y semejanza de los verdaderos dueños de todas las cosas, incluyendo claro está, la exclusividad en materia de corrupción a gran escala también.
Entre la liturgia vacía del cuidado de “las instituciones” devenidas en cascarones vacíos, los privilegios bajo sospecha y una sociedad atravesada por las urgencias más elementales, la política argentina parece moverse en una zona de indefinición.
De la mano de los internismos y los “moderados” de aquí y allá, podríamos acercarnos al umbral de un escenario en el que las herramientas conocidas ya no alcancen y donde todo deba ser, una vez más, reinventado.
De prevalecer esas líneas “Poncio Pilateanas”, y esta vez no es joda el contexto de locura y destrucción social que se va incrementando a diario, llegará una noche aún más cerrada y prolongada, de la cual sólo se saldrá cuando hayamos inventado todo completamente desde cero, una vez más. Y quién sabe dentro de qué período de tiempo podría llegar a suceder ello. Estamos jugándonos algo más que una coyuntura: se trata de la posibilidad misma de reconstruir un sentido común capaz de ordenar el presente y proyectar un futuro digno de ser vivido para el amplísimo conjunto de nuestro pueblo.

