El oficialismo atraviesa un punto de inflexión marcado por el desgaste político y económico, mientras el poder real evalúa cómo sostener el modelo más allá de sus protagonistas.
Hay momentos en la política en los que las señales comienzan a acumularse hasta volverse imposibles de ignorar. El actual parece ser uno de ellos. Lo que a primera vista se presenta como el peor momento del gobierno no responde a un único factor, sino a la convergencia de varios: escándalos de corrupción, internas desbordadas, deterioro económico y, sobre todo, una creciente desconexión con la realidad social.
En ese marco, el oficialismo exhibe síntomas de fragilidad cada vez más evidentes. Figuras que hasta hace poco eran centrales aparecen debilitadas, mientras las disputas internas -particularmente en el entorno más cercano al poder que encarna Jamoncito- erosionan la capacidad de conducción. Incluso sectores del aparato mediático que acompañaron el proceso comienzan a tomar distancia, en paralelo con encuestas que reflejan una caída sostenida de la imagen presidencial. La pregunta, entonces, deja de ser coyuntural: ¿se trata de episodios aislados o del inicio de un ciclo de declive?
La economía doméstica, esa que define el humor social, muestra elocuentes signos de agotamiento. La pérdida de empleo, la persistencia inflacionaria y la ausencia de expectativas concretas de mejora impactan directamente en la legitimidad del programa económico transnacional. Ni siquiera los respaldos internacionales, que en otro contexto hubieran sido celebrados como logros decisivos, logran revertir esa percepción. Por el contrario, pasan casi inadvertidos frente a una realidad cotidiana que se vuelve cada vez más adversa.
En este escenario, emergen tensiones dentro del propio modelo. Aquellos que promovieron con fervor una política de ajuste extremo comienzan a sugerir moderación. Desde los mismos espacios que impulsaban una ortodoxia rígida, hoy se deslizan recomendaciones más pragmáticas, incluso heterodoxas, con un objetivo claro: evitar un colapso político que arrastre consigo las ideas que sostienen. Ya no se trata solamente de defender a un gobierno, sino de preservar un esquema. En esa línea, el diario La Nación editorializa marcadamente a la vanguardia, tal como lo viene realizando desde hace bastante más de un siglo.
Ahí aparece con nitidez el rol del establishment. Históricamente adaptable, su prioridad no es la figura que conduce, sino la continuidad de un orden que le resulte favorable. Cuando percibe que un liderazgo pierde eficacia, comienza a evaluar alternativas. No es casual, entonces, que algunos de sus voceros más influyentes pasen de la defensa cerrada a una suerte de advertencia velada: cuidar al gobierno o, en su defecto, garantizar la supervivencia del programa más allá de quien lo encarne.
Sin embargo, el problema de fondo es más profundo. Cuando un proyecto político empieza a mostrar signos de agotamiento, el riesgo no es solo su eventual derrota electoral, sino su reacción frente a ese desgaste. Es allí donde la historia ofrece lecciones claras. Como en todo proceso histórico, los grandes liderazgos tienen su momento de auge y luego experimentan su inevitable declive. La clave no está en negar ese ciclo, sino en saber transitarlo. Y esto no remite sólo al oficialismo, sino además a las principales referencias de liderazgos opositores.
Es de una ciudadanía equilibrada y en vías de progreso sociocultural saber reconocer las etapas transformadoras que determinados liderazgos han impulsado. Pero también es parte de esa madurez colectiva saber cerrar esos ciclos a tiempo, agradecer lo que fue y habilitar la construcción de nuevas referencias. El problema aparece cuando, en lugar de aceptar ese proceso, quienes detentan el poder se atrincheran en sus búsquedas de prolongarlo artificialmente.
En esos casos, el deterioro puede adquirir formas más peligrosas. Liderazgos que evidencian agotamiento, pero que se resisten a ceder espacio, pueden terminar actuando de manera funcional a aquello que originalmente decían combatir. Y si no, pregúntenle a Mayra Mendoza, a Horacio Verbitsky o a Oscar Parrilli, sólo por enumerar tres casos entre muchos otros. En su intento por conservar las últimas cuotas de poder, bloquean cualquier posibilidad de renovación real, erosionan sus propias bases de apoyo y, en el extremo, favorecen la consolidación de sus adversarios. O al menos su salvataje circunstancial, tras esmerarse en detonar totalmente a las construcciones más competitivas que intentan posicionarse desde el campo popular.
Cuidado con esos “cisnes negros”. No son una abstracción teórica: forman parte de la experiencia política concreta. Surgen cuando la negación de la realidad se vuelve estrategia, cuando el aislamiento reemplaza al diagnóstico y cuando la supervivencia personal se impone sobre cualquier proyecto colectivo. En ese punto, el problema deja de ser un gobierno en particular y pasa a ser la calidad del sistema político en su conjunto.
Y si de calidad del sistema político estamos hablando, pues bien, sepamos que hace bastante rato que esa asignatura nos la llevamos previa a marzo. Y todavía no pareciera que hayamos aprendido debidamente las lecciones.
Hoy, la Argentina parece transitar ese umbral. Entre un modelo que empieza a mostrar signos de desgaste y otro que aún no logra consolidarse, se abre un tiempo de incertidumbre. Y en esa incertidumbre, la realidad nos lleva puestos de la peor manera a las grandes mayorías.
La oposición todavía no ofrece una alternativa clara, pero el malestar social crece y encuentra cauces diversos de expresión. La tensión institucional, por su parte, agrega un componente adicional que no debería subestimarse.
En definitiva, lo que está en juego no es solo el futuro inmediato de una gestión visiblemente a la deriva y puramente sostenida desde los rincones más concentrados del poder multinacional, sino la capacidad de la sociedad para procesar sus propios ciclos políticos sin caer en dinámicas destructivas.
Por otra parte, reconocer los límites de un liderazgo no implica negar su origen ni sus apoyos, sino asumir que ningún proceso es eterno. Y que los o las jefas del ayer, ya no pueden serlo en el presente.
Algo nuevo está en gestación, de eso ya no quedan dudas: aunque todavía no se vislumbre su forma definida. La cuestión es si ese proceso se dará de manera ordenada, como parte de un renacer democrático, o si será el resultado de un colapso generalizado, acaso no evitado a tiempo. La historia, como siempre, no está escrita de antemano. Pero sí ofrece advertencias claras para quien quiera escucharlas.
