Ya no alcanza con hablar entre convencidos. El problema no es solo el adversario, sino la incapacidad de volver a explicar lo que alguna vez se dio por obvio.

La memoria no es un terreno neutral ni definitivamente conquistado. Por el contrario, en el presente emergen discursos que buscan relativizar el carácter genocida de la dictadura o poner en duda sus cifras y consensos más asentados. Esta ofensiva discursiva es leída como parte de un clima político más amplio, en el que ciertas narrativas revisionistas intentan reconfigurar el sentido común sobre el pasado reciente. No se trata de debates inocentes en absoluto: son disputas cada vez más intensas que impactan directamente en el presente democrático.

Existen resonancias inquietantes acaso cual “herencia” jamás desmontada del todo, desde aquel período: la deslegitimación de la política, la estigmatización de sectores sociales, y ciertas formas de construcción del enemigo interno reaparecen bajo nuevas formas. En ese sentido, el presente debe ser leído como un momento de (alta) tensión, donde los consensos construidos desde 1983 especialmente en torno a los derechos humanos aparecen erosionados.

La conmemoración de los 50 años no se plantea sólo como memoria, sino como advertencia. La movilización social y la construcción de memoria colectiva aparecen, entonces, no como rituales del pasado, sino como herramientas activas frente a un escenario político cada vez más incierto y por ende, en absoluta disputa.

Emilse Moler, sobreviviente de La Noche de los Lápices, dijo en una entrevista que “Habrá que volver a explicar todo, pero no con las mismas palabras” y con esto remite a la crisis de términos y significados en el campo de los Derechos Humanos y afirma, amerita el surgimiento de nuevas generaciones, porque no podemos explicarles hablando 45 minutos de la dictadura, porque (los jóvenes actuales) “no te escuchan ni te entienden las palabras, no te entienden qué significa negacionismo o crímenes de Lesa Humanidad”.

La democracia, así las cosas, se encuentra en un punto crítico absoluto.

Nada ocurrirá para bien si, aún sin liderazgos consolidados, nos dejamos guiar por el derrotismo que el sistema-mundo está desesperado por abrochar de una vez y para siempre en nuestras mentes.

Limitaciones devenidas en polvareda a la que hay que sacudir(se) cuanto antes

La escena no es nueva, pero sí cada vez más brutal: un campo político plagado de internas minúsculas, que se mira al espejo y no reconoce a quién le habla. La pregunta incómoda ya no puede descargarse sólo sobre el adversario: obliga a una introspección más áspera sobre qué se hizo mal para dejar de convencer, en qué momento la palabra dejó de ser puente y se convirtió en eco.

Durante años, buena parte del discurso progresista se replegó en una zona de confort donde la palabra circulaba entre quienes ya estábamos de acuerdo. No buscaba ampliar, sino confirmar pertenencias. El resultado es palpable: una desconexión creciente con sectores sociales que volvieron a quedar a la intemperie de otras narrativas.

La repetición de fórmulas cada vez más rígidas, socializadas tan sólo en mesas chicas cada vez más chicas, terminó por vaciar de contenido incluso a las ideas más potentes. Las palabras que alguna vez encendieron debates hoy resuenan como eslóganes no comprendidos en medio de discusiones que ya no interpelan al grueso de los vecinos.

El problema no radica solo en la potencia del adversario, que despliega estrategias de simplificación extrema y emocionalidad primaria, sino en la fatiga propia. Hay un desgaste que no se resuelve con más volumen ni repetición: cuanto más se insiste en fórmulas vaciadas, más se profundiza la distancia con quienes ya no se sienten aludidos.

Pero hay un punto aún más inquietante: la renuncia a la pedagogía política. Se dejó de explicar. Se asumió que ciertos consensos estaban conquistados, que bastaba con nombrarlos para sostenerlos, y que la construcción se reducía a entronizar dirigentes en cargos. En ese abandono, el terreno fue ocupado por discursos más rudimentarios pero más eficaces en su –devastadora- llegada.

Cuando la política abandona su capacidad de producir sentido, otros ocupan ese lugar con versiones simplificadas, a menudo brutales, pero emocionalmente inteligibles. No es que la sociedad se “derechice” por arte de magia: es que alguien logra explicarle, de manera distorsionada sin dudas, aquello que antes encontraba respuesta en otro lado.

El retroceso no es solo discursivo: es estratégico. Cuando se pierde la capacidad de nombrar el conflicto en términos comprensibles para las mayorías, también se pierde la posibilidad de intervenir sobre él. Queda una política que habla mucho, pero dice poco; que enuncia valores, pero no logra traducirlos en experiencia concreta.

No alcanza con denunciar la ferocidad del adversario si no se revisa la propia incapacidad para disputar sentido. Hablarle siempre a los mismos no es comunicar: es reafirmar un gueto que no construye mayorías, apenas administra nostalgias. Y de nostalgias y eslóganes de un pasado ya irrecuperable, muchos de nosotros ya estamos hasta el caracú. Mientras la vida va, y el fascismo demuele todo a su paso.

No se trata de volver a un pasado idealizado, sino de reconstruir una capacidad urgente: hablarle a quienes no están convencidos. Salir del circuito cómodo, abandonar el lenguaje encriptado, recuperar la vocación de explicar incluso lo evidente.

Eso implica asumir un severo riesgo: simplificar sin banalizar, emocionar sin caer en la caricatura ni en los ya insoportables memes chicaneros de las redes sociales, disputar sentido en un terreno donde las reglas cambiaron. La verdad, si no encuentra vías adecuadas de expresión, pierde eficacia política. Y aunque parezca absurdo, a esas mayorías silenciosas a las que aludí en párrafos anteriores, de momento no les importa demasiado cuál es «la verdad».

Esa desconexión con esos vecinos que sólo miran el bolsillo y la inmediatez banal en todas sus formas, pero que deciden disputas electorales, se puede llegar a pagar con el camino hacia la irrelevancia, en el mejor de los casos, apenas testimonial. Eso es lo que hay que evitar, entre todos y cada uno desde su pequeño o grande lugar.

Y así arribamos a este 24 de Marzo

En este marco y no en otro, asistimos a recordar el aniversario 50 del golpe de Estado de 1976 que no se trata de un hecho congelado en el pasado, sino de una marca estructural que sigue condicionando la vida política argentina. La dictadura no solo desplegó un plan sistemático de represión, saqueo, tortura, desaparición, muerte y robo de criaturas, sino que reorganizó la economía y disciplinó a la sociedad en favor de sectores concentrados. Reducirla a un episodio histórico o relativizar su dimensión implica, en ese sentido, vaciar de contenido su carácter fundacional en la configuración del país actual.

En esa línea, el terrorismo de Estado aparece como un dispositivo planificado, no como una suma de excesos aislados. La desaparición forzada, la tortura y el exterminio no fueron desbordes, sino herramientas de un proyecto político y empresarial –con amplia connivencia tanto mediática como eclesiástica- que necesitaba eliminar toda forma de resistencia. Por eso, los intentos de instalar lecturas “equilibradas” o teorías de los dos demonios no solo distorsionan los hechos, sino que buscan erosionar consensos construidos durante décadas en torno a Memoria, Verdad y Justicia.

De cara al 24 de marzo, la movilización se presenta como mucho más que una conmemoración: es una respuesta activa frente a los embates negacionistas y a los intentos de relativizar el pasado reciente. La masividad esperada no solo expresa memoria, sino también una forma de intervención en el presente, donde se disputa el sentido de la historia y sus consecuencias. En ese cruce, la calle vuelve a funcionar como un termómetro político y como un espacio donde se reafirma que, lejos de ser una página cerrada, la memoria sigue siendo un territorio en disputa.

Y en ese territorio, tenemos la obligación histórica y ética de ganarles por goleada a los monstruos.

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