Mientras ajustan jubilados, entregan soberanía y blindan privilegios, el Gobierno intenta administrar el caos social con trolls, algoritmos, operaciones judiciales y crueldad televisada.
Hay gobiernos corruptos. Hay gobiernos inútiles. Hay gobiernos crueles. Y después está esto: una mezcla de secta digital, remate de garage institucional y experimento colonial administrado por panelistas mesiánicos, financistas globales y muchachos que hace dos años apenas sabían cómo llenar un formulario de ANSES sin tutorial de YouTube.
La Argentina entró en una etapa donde la obscenidad ya perdió la vergüenza. Y como cantaría Leonard Cohen: Todo el mundo lo sabe. Así es como nos va.
Ya ni siquiera se esfuerzan por disimular. Roban derechos a cielo abierto, entregan soberanía como quien liquida electrodomésticos usados por Marketplace y encima exigen aplausos por la demolición. Todo envuelto en un discurso adolescente donde la palabra “libertad” funciona como aerosol aromatizante para tapar el fétido tufo… a saqueo.
Porque de eso se trata. El resto es fulbito para las tribunas. Tribunas que, por cierto, suelen “comprar” esa ignominia sin pensarlo dos veces.
Mientras los jubilados ligan gases y palos todos los miércoles, mientras les sacan remedios, mientras personas con discapacidad tienen que mendigar prestaciones básicas, mientras el hospital público agoniza y las universidades sobreviven raspando las monedas del fondo del cajón, el Gobierno baja retenciones a los dueños de la tierra, garantiza negocios financieros y sigue tomando deuda para pagar deuda.
La motosierra nunca toca a los ricos. Apenas les lustra los zapatos.
Y lo más impresionante es que esta maquinaria de crueldad funciona en simultáneo con un show de descomposición interna que parece escrito por un guionista intoxicado con anfetaminas y TikTok político.
Un Presidente que no gobierna pero tuitea. Una hermana convertida en emperatriz mística de un reino de trolls. Un asesor apodado “el mago del Kremlin” operando servicios e internas palaciegas como si la Argentina fuera una serie berreta de streaming geopolítico. Ministros descartables. Diputados a control remoto. De esos que tienen unos principios, y por si acaso, también otros, cuales fieles discípulos de Groucho Marx. Gobernadores que venden dignidad por Adelantos del Tesoro y después levantan la mano para votar cualquier barbaridad.
Y aun así, el modelo avanza. Ahí reside el verdadero drama.
Porque el problema no es Milei como personaje (psiquiátrico) televisivo. Milei es apenas el envase gritón de algo mucho más profundo: un proyecto de saqueo social perfectamente racional para las élites económicas.
Un país donde el trabajo valga cada vez menos. Donde la riqueza se concentre cada vez más. Donde la política sea reemplazada por algoritmos, operaciones judiciales y manipulación emocional. Donde el ciudadano ideal sea un individuo aislado, endeudado, asustado y odiando al vecino de abajo mientras los de arriba vacían el país en cuotas.
Por eso la Argentina hoy parece administrada entre fondos de inversión, CEOs tecnológicos, servicios de inteligencia y embajadas extranjeras.
Ni siquiera esconden la entrega.
El Mar Argentino patrullado junto a Estados Unidos bajo la etiqueta higiénica de “bien global común”. Una poesía colonial. Primero te saquean los recursos, después le ponen nombre de ONG humanitaria al saqueo y finalmente aparecen los periodistas operadores explicando que entregar soberanía en realidad es integrarse al mundo.
Claro. Al mundo de ellos.
Al mundo donde la Argentina sólo sirve como reserva de litio, petróleo, alimentos baratos y territorio obediente. Y el grueso de la población no sólo sobra, sino que estorba. Votantes de jamoncito included.
Y en medio de esa orgía de subordinación aparece Peter Thiel entrando a Casa Rosada casi como un virrey tecnológico del siglo XXI. El hombre detrás de empresas vinculadas a vigilancia masiva, inteligencia artificial militar y sistemas globales de control de datos. El multimillonario que financia ultraderechas planetarias mientras fantasea con refugios bunkerizados para sobrevivir al colapso social que sus propios negocios ayudan a producir.
El mismo tipo que considera al nuevo Papa una especie de amenaza “woke” medieval.
Y ahí la escena argentina se vuelve directamente tragicómica.
Porque Milei quiere quedar bien con el Vaticano mientras se abraza con los profetas digitales del tecnofascismo global. Quiere la foto con el Papa y la bendición de Silicon Valley al mismo tiempo. Quiere rezar el Padrenuestro con una mano mientras con la otra firma acuerdos con mercaderes de vigilancia planetaria.
No se puede quedar bien con Dios y con el diablo. Y mucho menos cuando el diablo cotiza en Nasdaq.
Por eso retumbaron tanto las palabras de Jorge García Cuerva en el Tedeum. Porque por un momento alguien dijo en voz alta lo que millones ven todos los días: que este modelo pudre el alma social. Que convierte la vida colectiva en una jungla miserable donde el otro deja de ser un semejante para transformarse en competencia, amenaza o descarte humano.
El “sálvese quien pueda” no es un accidente del sistema. Es EL sistema.
Y León XIV pareció decir algo parecido cuando advirtió sobre una inteligencia artificial capaz de decidir quién merece atención médica, trabajo o seguridad según algoritmos manejados por corporaciones privadas.
El asunto ya no es ciencia ficción. Es administración contemporánea del poder.
La tecnología deviene en un potencial administrador de desigualdad.
Y mientras tanto acá siguen vendiendo humo con la épica del “dato mata relato”, como si los números hablaran solos y no estuvieran acomodados por consultoras, operadores financieros y laboratorios de manipulación mediática.
Entonces Milei imagina un marciano que llega a la Argentina y, mirando “los datos”, descubre un país maravilloso camino a convertirse en potencia mundial.
Un país tan exitoso que los jubilados marchan porque no comen. Tan próspero que los salarios se evaporan antes del día diez. Tan pujante que los científicos emigran, los comercios cierran y las familias vuelven a endeudarse para comprar comida.
Un país tan nauseabundo que cada noche que este cronista baja del colectivo en estación Morón, encuentra a un centenar, o más, de compatriotas formando largas filas frente a la plaza La Roche para recibir una pequeña vianda que, seguramente, constituirá su único alimento para esa jornada.
Pero tranquilos: La planilla de cálculo siempre sonríe mientras la gente se hunde.
Y ahí aparece el núcleo más miserable de toda esta época: la destrucción deliberada de cualquier sensibilidad humana que pueda interferir con el negocio.
Por eso necesitan ridiculizar la solidaridad. Burlarse de la empatía. Tratar de “casta” a cualquiera que defienda derechos colectivos. Convertir la crueldad en espectáculo aspiracional.
Lo más peligroso del mileísmo no es su brutalidad económica. La Argentina ya conoció otras. Lo verdaderamente peligroso es su ambición espiritual: fabricar una sociedad emocionalmente rota, incapaz de sentir dolor por el otro.
Un país donde pegarle a un jubilado produzca memes. Donde cerrar un hospital sea celebrado como eficiencia. Donde hambrear científicos sea visto como modernización. Donde la mentira judicial sirva para proscribir dirigentes y donde jueces, fiscales, operadores mediáticos y servicios armen causas con la misma naturalidad con la que otros preparan café.
Un país donde los malditos ganen siempre, y como diría Discépolo en “Tormenta”, ser honrado se convierta en un sinónimo de “dar ventaja” a los villanos de guantes blancos.
Porque también de eso se trata esta mugre: Testigos apretados. Declaraciones armadas. Operaciones judiciales convertidas en prime time televisivo. Condenas previamente redactadas en editoriales de diarios. Servicios de inteligencia filtrando material ilegal mientras los republicanos de cotillón hablan de institucionalidad con una bandera norteamericana en una mano y un contrato offshore en la otra.
La corrupción ya no es solamente robar dinero público. La corrupción más profunda es pudrir el sentido mismo de verdad, justicia y comunidad hasta que la sociedad naturalice cualquier cosa.
Y sin embargo, incluso en medio de este festival de cinismo, les empiezan a aparecer grietas. Se les empiezan a rasgar los pantalones, y a emanar olor de sus pañales.
Porque ningún algoritmo puede anestesiar para siempre el hambre. Ningún troll center reemplaza indefinidamente la realidad. Ninguna operación mediática logra ocultar eternamente el deterioro concreto de la vida cotidiana.
Por más streaming mesiánico, por más influencers libertarios, por más gurúes financieros y por más empresarios tecnológicos jugando al anticristo de Silicon Valley, hay algo que tarde o temprano vuelve.
Y en ese eterno volver, lo que aflora es, ni más ni menos que la realidad. Esa vieja subversiva, que se abre paso del modo que tenga que ser. Y sin contemplaciones.
