Una vez más, asistimos entre absortos e indiferentes, a las enésimas promesas de un nuevo advenimiento de la felicidad, sin aclarar, jamás, para quiénes.

La supuesta bonanza decidida, muy convenientemente, por “los mercados” ahora eventualmente apuntalados en estas latitudes con la amplia victoria política de Donald Trump en el imperio de Norteamérica, nunca llegará a la cotidianidad de la mitad de la población, descartable por más cruel que parezca el término, para quienes configuran esas directrices y quienes las avalan y ejecutan dentro del territorio nacional.

Para quienes no acompañen total o parcialmente ese rumbo, nos esperará una pronta y sistemática criminalización de toda protesta, bajo el inaudito e intolerable mote de “terroristas”, para peor, con el apoyo no sin cierto morboso placer de una parte de la población, que ve a sus enemigos entre grupos de laburantes, estudiantes, jubilados, pobres, miserables y millones de niños con sus accesos a la alimentación casi totalmente cercenados. Y en su profundo y ya ancestral –dizque hereditario- analfabetismo cívico y político, no pueden y no quieren ver a los que realmente les roban el presente y el futuro de su dignidad y la de toda su descendencia, delante de sus propias narices, susurrándoles todo el santo día –y convenciéndoles fácilmente- que los saqueadores de siempre representan “el bien” y los que –con sus aciertos y errores- se plantan en defensa no de lo individual sino de los beneficios colectivos, y de cuyas luchas se ven beneficiados todos los que no se involucran y dejan que pongan el lomo los demás, sean los supuestos miembros del “eje del mal”.

Frente a semejante distorsión psico-cognitiva de la realidad más concreta y cotidiana entre amplias porciones de la sociedad, el paciente y cuasi martirológico trabajo pedagógico en pos de educar en bagajes elementales de historia nacional, revalorización de cada una de nuestras luchas populares, y enseñanza profunda de derechos y obligaciones cívicas, a esta altura parece una quimera que no logrará llevarnos a ningún mejor puerto.

Un pueblo, seamos claros y no esquivemos el chicotazo, embrutecido, y contándose las costillas con divisiones identitarias, alienados por las diversas herramientas tecnológicas de nuestro tiempo, hacen a las delicias de quienes han pergeñado este plan sistemático que ancla ya en las mismísmas raíces culturales, y nos convierten –aunque nos neguemos a aceptarlo- en esa empanada fácil de deglutir contra la que tanto lucharon nuestros ya muy lejanos héroes patrios.

Al igual que durante la última dictadura cívico militar y la primera mitad de la década menemista –con su correlato aliancista ensayando el consabido fracaso de hacer “menemismo de buenos modales”-, los grandes medios nos ahogarán de sandeces poco menos que infinitas, una neo-banalización cultural para aplastar, si cabe, aún más a todo atisbo de conciencia ciudadana y nacional a escala masiva, e hipnotizarán al menos circunstancialmente con la macroeconomía, las clases medias del eterno oportunismo volverán a regocijarse viajando al extranjero y trayendo bagatelas… hasta que algún día todo estalle en mil pedazos, como es inexorable en el sendero jamás estanco de la historia. Luego, claro, buscarán excusas donde no las habrá, porque la esencia de la responsabilidad más contundente corresponderá a los irresponsables-ombliguistas irredentos que apuntalaron al actual oficialismo para que todo lo demás suceda.

Ya no se hablará de recesión, ni de faltante de vacunas, ni de pauperización del conjunto del sistema educativo público y gratuito, ni de un nuevo éxodo de científicos a desperdigarse por todo el resto del globo, ni de la estrepitosa caída en la venta de productos básicos para la dieta de los argentinos.

Convengamos algo: Para una dominación de semejante tamaño, hace falta que el Estado tenga más vigor que nunca en su dirección de satisfacer a los poderosos.

Como señaló Eduardo Aliverti en su magnífica editorial de “Marca de radio” esta mañana: “Enojarse está muy bien como refugio anímico frente a una instancia local y ecuménica muy oscura… pero no sirve si no es acompañada de autocríticas sinceras, que en el campo nacional y popular brillan por su ausencia, y proyección de acuerdos en aspectos básicos de salvataje popular”.

Mientras la oposición en su amplio conjunto se mantenga ocupada en internas que ameritan el rótulo de patéticas, seguirán dejando espacios vacantes, que son y serán ocupados en el imaginario social por picarones hábiles declamantes, de esos que nunca terminamos de conocer de dónde obtienen sus fuentes de financiamiento para desfilar por todos los grandes medios para bravuconear un rato… sólo para que todo continúe igual.

Y aún así, las reservas culturales e intelectuales están allí, junto a cada uno de nosotros, formando parte de una resistencia que aunque no lleve a una salvación general, por lo menos dejará una luz ética para las generaciones venideras, tal como sucedió en numerosas ocasiones pretéritas.

En el Apocalipsis de San Juan se sintetiza con delicada poesía este tiempo y el atroz tiempo en que fue redactado ese libro, incluido posteriormente en el Nuevo Testamento bíblico, mientras el heroico cristianismo originario practicaba a rajatabla la comunidad de bienes y el imperio romano descargaba una carnicería con inenarrables niveles de sadismo contra aquellos “terroristas”, que buscaban organizarse comunitariamente y compartirlo todo, tal como su Maestro les había enseñado. A pesar de todo, ellos tuvieron el brillo necesario para dejarnos hasta nuestro presente una enseñanza que no prescribe: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla”.

Aquí nos encontraremos. Manteniendo una muy pequeña antorcha en medio de la oscuridad económica, informativa, cultural y moral que tiende a consolidarse por estos días. Seguiremos apostando por la comunicación alternativa, por la construcción de agenda propia y siempre ligada a los intereses, resistencias, añoranzas y padecimientos populares, y a mostrar ahora y siempre… que otro camino es y seguirá siendo posible.

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