En nuestro rincón literario, esta semana Sebastián nos comparte este momento para la poesía y la reflexión desde otros lugares…
Vierto sangre para merendar mientras te espero,
tosiendo fuegos internos,
eliminando el óxido de mis coyunturas,
aguantando el aliento glacial de los ángeles del cielo
que se asoman a mi patio para envidiar mi espera.
Tenés tanto que sanar que no sé por dónde empezar a contarte,
ni mil caricias, ni una maldición al aire,
ni tus yemas subiendo y bajando por mi espalda,
ni tus pies enredados en mis piernas,
nada en particular, absolutamente todo,
definitivamente es poco y sin embargo alcanzó para siempre.
Los años trabajan matizando la terquedad y el tesón,
inflamando estepas heladas,
armonizando centelleantes furiosas,
palabras diletantes transformándose en secretos pueriles,
bolsillitos de tiempo dónde todo resplandece
y aún el odio se arrodilla ante la fé en las cosas.
Entonces olvidé tu nombre y te transformé en un concepto,
unidad contenedora de virtuosismo,
de amor y de locura,
de imágenes pasionales, bravura y estoicismo,
olvidos, descuidos y aventuras,
de ira, lealtad y compañía.
Y decidí dedicar mi ser a vos. Sin laberintos,
desnudas las intenciones en un mar de murmullos
en tu oído sólo porque me conozco,
y se que una vez que me auto-revelo un secreto
no soy capaz de guardarlo.
Y así, en mi vano afán por imbuir mis palabras de la claridad necesaria me vi saliendo
de mí,
lentamente, simplificando mi enredo
y volviendo dentro mío,
a mi estado natural de insalubre desasosiego
sólo para descifrar en mí el siguiente sentimiento:
Que me hace muy feliz saber que estás leyendo esto.
(Alego en mi descargo que el texto precedente terminaba con una palabra de tres letras, pero que omití, ya que delataba una obviedad.)
