Una de las tareas de quien sea designado para la responsabilidad de asumir el destino de muchxs, es decidir el momento y la proporcionalidad de una acción. Medir el tiempo y verificar el clima social en el que puede o no provocar impacto…
Es un dato clave el haber preparado el piso o el paisaje en el que se ejecuta, para poder prever el resultado de dicha medida. La dinámica (dialéctica) en que sobre un escenario dimensionado, uno plantea un efecto que implica a otros y luego mide cómo es leído, resuelve o complica al colectivo social sobre el que se ejerce.
Y uno nunca juega solo. Las otras fuerzas y actores mueven, Es como una fuente llena de pelotas en que el movimiento de una de ellas afecta a todas.
Por eso es necesario medir lo que uno dice o hace en política, sea el ámbito en que se mueva. Decir o hacer sin estrategia calculada perjudica siempre a alguien, a veces al mismo camino de acumulación de fuerzas en que esta.
Para llegar a esa desición es necesario colectar de los propios compañeros, los criterios políticos, opiniones y variaciones de análisis sobre una coyuntura. Analizar la correlación de fuerzas necesarias para sostenerla, ya que siempre es una ruptura del orden establecido, que tiene ganadores y privilegiados.
Preparar los cuadros para darle continuidad, y preparar el siguiente paso para consolidarla. Que pase a ser patrimonio del conjunto social representado, a la vez de impedir su retroceso, institucionalizándolo (como ley o derecho reconocido por los aparatos de poder del Estado).
Si no se avanza en profundidad con medidas más igualitarias se corre el riesgo de ser barrido por un momento de avance de las corrientes a favor de la injusticia.
Y aunque insista en desconocer derechas e izquierdas, desde que tengo uso de razón, las derechas consideran la desigualdad un dato de la naturaleza inscripta en los genes. Las posiciones de izquierda buscan corregir la injusticia y el desequilibrio de los sistemas sociales, económicos o políticos mediante la acción de conjunto.
No hay una persona que mueva el mapa social si no consigue convencer a muchos de seguirlo y trabajar con él/ella y por él/ella. Eso es hacer política.
El proceso de construir esa desición requiere de una escucha muy amplia, considerando incluso las dudas y oposiciones dentro de un ámbito orgánico de abierta confianza y sin prejuicios, ya que se deben prever las contradicciones y aspectos que utilizarán los enemigos de esa intención. No se puede conducir exitosamente sin escucha, síntesis y devolución en planificación de línea y acciones.
Si no están preparadas las contramedidas, respuestas y sopesadas en su peligrosidad, es mejor no avanzar. Es la diferencia entre un vecino de a pié, que puede ser espontáneo y un/a responsable político obligado a sopesar las consecuencias.
Estudiar las derrotas es una obligación de quien quiera planificar victorias. Ambas serán provisionales en tanto es parte de un continuo histórico de procesos entrelazados y tableros multidimensionales. No sólo por estar condicionados todos por ese juego de conjuntos de los sucesos internacionales, regionales, nacionales/federales, distritales o barriales. Sino también porque existe una jerarquía de poderes en la práctica, una configuración de interesados en que nada cambie en función de otros intereses. Mecanismos de hacer (desde las leyes, el sistema institucional y el mercado) solidificados tanto en la realidad como en las cabezas de quienes vivieron y se criaron en ese sistema de vida.
Incluso hay quienes, profundamente comprometidos con los poderes reales (empresarios mil millonarios de adentro y de afuera del territorio) prometen revoluciones sólo porque hallaron cómo rotular de modo novedoso viejos tónicos a favor de la desigualdad y la injusticia, convirtiendo a las mayorías perjudicadas en defensoras de su propio daño.
Aprender de las derrotas no es un ejercicio de autoflagelación, sino una práctica obligatoria de quienes asumimos el compromiso de mejorarle la vida a nuestros semejantes. Caso contrario estamos condenados a producir los mismos resultados.
Aunque parezca obvio (nada lo es), se vuelve necesario a veces repasar y desarmar el sentido común de nuestro pensamiento y cometidos, para convertirlos en herramientas de transformación a favor de las mayorías.

