Ver películas viejas, el placer del blanco/negro y comparar relatos con las versiones de otros pueblos o épocas, permite constatar y repensar concepciones de nuestros mismos valores humanos.
Me pasa con una peli del oxidado Humprey Bogart (petiso envidiable por el sólo hecho de estar cerca de la incomparable Ingrid en Casablanca). Es Sahara (Zoltan Korda, 1943).
Filmada mientras los aliados perdían la guerra contra los nazis, en un escenario donde un milico con mucha experiencia como Erwin Rommel les estaba dando soberana paliza. En un aparatoso Lee M3 norteamericano (un personaje más) estaba asignado al 8º ejército inglés, que sufrió varias derrotas por parte del alemán.
Rodeados por el este, norte y oeste, como un arca, los yanquis van recogiendo en su huida hacia el sur, una colección de apaleados ingleses, franceses, un sargento sudanés baqueano del desierto y hasta un mecánico italiano prisionero del morocho.
Llegan a ser 13 sobrevivientes de diversas retiradas que dudan sobre qué están haciendo ahí, pero tienen el tino de poner al frente a un sargento norteamericano, jefe del fierro que los lleva. Siempre el jefe será un yanqui en sus películas.
En el camino son atacados por un caza de la Luftwaffe muy rubio y muy nacionalsocialista. Es derribado luego de hacer el daño suficiente, y se convertirá en prisionero de la gente que desprecia: sólo faltaba un judío allí para completar su sino.
Luego los itinerantes se atrincheran en un pozo semiseco del que sacan agua suficiente para no morirse. Pero el pozo se seca.
Un batallón nazi está buscando el mismo pozo, y ahí la cosa se pone pesuti: habrá combate por el agua entre los 13 mermados y 500 sedientos, pero armados con suficiente capacidad de muerte.
No diré el final, pero importa aquí ver la resistencia colectiva de los ofendidos, la organización de la escasez, el sentido del deber de quien sabe que no puede ganar, pero da pelea. Valores progresivos de quienes se acostumbraron desde que salieron de sus fronteras a llevarse al mundo por delante.
Norteamérica blanca creía que debía guiar a los europeos y no blancos para aplastar a sus competidores en salvajismo, alzando valores universales de cooperación y sacrificio.
Hasta el lujo de la piedad con un prisionero italiano, a quien no abandonaron en el desierto y que terminó siendo valeroso a pesar de sus temores. No se por qué, pero siempre me cayó bien ese tano, será por tener cara de peronista o porque podía ser cualquier argento blanco: no quería la guerra, sufría obedeciendo al Duce… incluso soñaba con ir a norteamérica. El actor era neoyorquino y se hizo en el vodevil desde abajo: J. Carroll Neish.
En 2018, cuando los rusos ya sufrían por lo que pasaba en el Donbass ucraniano, Alexéi Sidoraf (así se pronuncia) planteó una película que resalta las virtudes de un teniente soviético y su tripulación. Manejando lo que muchos reconocieron como el mejor blindado de la segunda guerra: el tanque medio T34, el joven Nikalai Ivushkin en su primera misión, seguro de sí por ser el mejor estudiante de su clase, es asignado al frente de Moscú cuando estaban aún perdiendo terreno.
Con un solo tanque, un escuadrón de infantes en apoyo, debe detener una patrulla de tanques enemigos, destruyendo cinco en poco tiempo. Aguanta lo que se puede y la pasan mal, hasta perder el arma y parte de su gente. Cae prisionero.
Aunque resulte poco creíble por el nivel de aguante, tres años después y luego de tres intentos de escape es transportado medio muerto a un campo de prisioneros. Sigue siendo torturado hasta que un viejo enemigo lo reconoce como comandante tanquista y lo ponen a cargo de un ejercicio de combate nazi con un tanque nuevo, con muertos pudriéndose en el interior.
El teniente Ivushkin elige tripulación y conoce a una traductora joven. Limpian el tanque y hallan municiones que los nazis no descubrieron por no tomarse el trabajo de entrar a chequearlo.
Lo que me importa no es la cadena de improblables, sino lo que quiere decir el director: son rusos. Necesitas algo más que una derrota, una bala y una prisión para quebrarlos. Con el metal adecuado y en equipo serán invencibles, aún rodeados de enemigos.
Viendo lo que la Otan les hizo (34 ejércitos y mercenarios de varios países, con lo mejor de sus tecnologías y servicios especiales) en Ucrania, es posible creerlo. Una frase bien ubicada en la película: los rusos siempre planean algo… para vencer y volver a su tierra, con sus familias, religión y tradiciones.
Dos maneras de reflejar y metabolizar la sorpresa inicial, recuperarse y vencer. Unos liderando con el recurso clave (la ventaja táctica del superpoder, diría Marcelo Figueras) a otros pueblos.
Otros con inteligencia, aguante y tenacidad organizando a los ofendidos al borde de la masacre, y convertirlos en un equipo de trabajo capaz de salir peleando con el fierro adecuado. Con mujeres capaces de sumar miedos y coraje. Factores de unidad tonificando el conocimiento.
Resistir en las malas de formas distintas. Desde la desesperación sin salidas a la vista, cuidando la semilla de la propia voluntad de no dejarse humillar contra las fuerzas mayoritarias de la intolerancia y el odio.
Creo que vamos a necesitar esos aprendizajes.

