El paso a la inmortalidad de Jorge Bergoglio, el Papa Francisco, esta mañana inmediatamente posterior a un nuevo Domingo de Pascua de Resurrección, nos toma parcialmente por sorpresa, si bien todos sabíamos que su salud, en verdad, era sostenida milagrosamente para que complete un breve tiempo más de este lado del universo.

Horas antes de su partida, alcanzó a regalarnos estas últimas definiciones, que se entroncan en la línea ético – político – espiritual que desarrolló durante sus doce años de papado:

“¡Cuánto desprecio se manifiesta a veces hacia los más débiles, los marginados, los migrantes! En este día, quisiera que volviéramos a tener esperanza y confianza en los demás, incluso en quienes no nos son cercanos o vienen de tierras lejanas, con costumbres, modos de vida, ideas y hábitos distintos a los nuestros. Porque todos somos hijos de Dios”.

En él, como en tantos líderes de la historia argentina y mundial, se reiteró aquello de que “Nadie es profeta en su casa ni en su tierra”. Cuanto más “lío” reclamaba Francisco que pusieran en práctica jóvenes y no tanto… cuanta mayor polémica levantó al interior de la pesada estructura conservadora de la Iglesia Católica; cuanta mayor audacia impulsó en materia de promover y alcanzar igualdades amplias y poco tiempo atrás, inimaginables dentro de enfoques religiosos… cuanto mayor acercamiento realizó ante los ojos del mundo, hacia pueblos perseguidos y humillados por poderosos y acomodaticios del sistema… nuestra sociedad más caminó a contramano de los preceptos que nos ofrecía Francisco.

Cuanto mayor tránsito hacia la Justicia Social reclamó el Papa argentino, mayor individualismo y deprecio por el diferente encarnó una parte, acaso ligeramente mayoritaria, de nuestra actual composición social y cultural.

Sinceramente, me alegra que Francisco haya encontrado numerosos destinos más acuciantes a los cuales viajar y llevar su ética y su voz esperanzadora y transformadora, y no haya peregrinado en vano a nuestro país, donde habría recibido una mixtura de amores y odios por iguales partes… estos últimos totalmente desaforados e inmerecidos.

Porque en el día de su partida final, es justo y necesario señalarlo: A medida que Bergoglio se convirtió en Francisco, y profundizó a escala global su accionar al filo de ser anticapitalista, le llovieron epítetos de “Papa comunista” y en nuestro terruño, incontables ocasiones donde fue señalado, a rajatabla, como “K” por numerosos cristianos resentidos, ahogados en un mar de contradicciones de los cuales ya nunca emergerán, que esperaban en Francisco a un mandatario ultraconservador para la Santa Sede, y se llevaron el hermoso fiasco de sus horrendas vidas.

No pocos multimedios y dirigentes políticos que se pusieron radicalmente en la vereda opuesta al caminar de Francisco –con el pútrido show de Jorge Lanata muchas veces a la cabeza del cumplimiento de tales directivas empresariales- hoy se rasgarán las vestiduras para despedirlo con palabras de ocasión. Acaso buscarán un intersticio para calificarlo como “polémico”, en apretado modo de expresar un encono que nunca se disipará contra el Papa de los Pobres.

Francisco supo decirnos que a todos aquellos que promocionan mensajes de autodenigración nacional y cultural, deberíamos “reírnosles en sus caras” ya que son “los payasos de la historia”. Y así lo hago en estas líneas, y cada día de mi existencia desde lo profundo de mi espíritu. Nada de ello será en vano. Seguimos dejando huellas.

Las tinieblas que gobiernan nuestro tiempo no lograron vencer a la luz que irradió el mensaje de Francisco entre los humildes de la Tierra. Y en esos corazones sencillos de las mayorías oprimidas y forzadamente silenciosas, ancla para siempre el amor incondicional para este Papa eterno e inolvidable.

Si la institución católica no quiere volver a languidecer en los intersticios oscuros de un conservadurismo que dé nocaut a las últimas esperanzas redentoras de los condenados de la Tierra, entonces deberá asumir la magnífica responsabilidad de sostener la línea transformadora que impulsó Francisco, y profundizarla ilimitadamente. Cual Paulo VI después de San Juan XXIII, deberá llegar un Sumo Pontífice que lleve mucho más allá el rumbo que con inmenso esfuerzo y contra numerosas adversidades de primera magnitud, construyó Francisco a lo largo de su período reinante.

Seremos, sin duda alguna, testigos muy pronto de cuál será el camino que prevalecerá dentro de la estructura sociopolítica más sólida y antigua de Occidente.

Este antiguo integrante de la siempre ultra-intelectualizada soberbia del club de los agnósticos, volvió al redil cristiano colmado de esperanzas de la mano de la palabra disruptiva y, para nuestro contexto, no sólo meramente audaz, sino revolucionaria de Francisco, y tantos sacerdotes militantes de la igualdad social plena, que hallaron un marco adecuado para fructificar su peregrinar tan rebelde como las sandalias de aquel líder de masas de origen semita, que caminó por Palestina hace más de 2000 años. Mi acercamiento a la fe cristiana llegó en los labores de mis 40 años, y mi primer rezo formal –cómo olvidarlo- llegó entre abrazos con Roberto, amigo y elegido padrino de confirmación, y el cura más rebelde que conoceré en esta vida, Francisco Paco Olveira, una fría mañana entre mates en su vieja casita humildísima en la Isla Maciel. Sobre aquellas paredes colgaban imágenes de Jesucristo, Juan Perón, Fidel Castro y numerosos líderes populares… y en el centro de la escena, nos contemplaba con su característica sonrisa bien porteña, don Francisco. Acaso confiando en que los nuevos creyentes, que por millones se acercaron a la fe durante su mandato en el Vaticano, honrasen en sus pasos existenciales al menos un poco de las prédicas que aquellos indomables cristianos originarios llevaron a la práctica ejerciendo la comunidad de bienes, y organizados hasta en los mínimos detalles para resistir las persecuciones salvajes del imperialismo de aquel tiempo, el romano.

Lejos de llegar a tener pasta de mártires como aquellos héroes antisistema de los primeros siglos de nuestra era occidental aún vigente, el legado de Francisco hoy nos exige luchar por la Justicia Social más absoluta, y por una definitiva redención de los pueblos trabajadores del mundo entero.

Y para ello, no existe otro camino que el de luchar por la justa y equitativa distribución de las riquezas de la Tierra. Ello honrará el legado de Francisco. Y ello no se concretará suplicando, sino peleando y arrebatando derechos de los beneficios excesivos de los poderosos del mundo. Porque, siguiendo la línea cristiana de interpretación metafórica de nuestro estado de las cosas, siempre será más fácil ver a un camello ingresar por el ojo de una cerradura, que ver a los ricos –explotadores y evasores en modo siglo XXI- acceder al Reino de los Cielos.

Un doloroso adiós para Francisco en estado material, le da paso al desafío entusiasta de continuar haciendo carne al mensaje del Francisco espiritual.   

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