Hay una vieja tentación en la política. La de creer que tener razón alcanza. Para despistados y pícaros, de cualquier transversalidad ideológica, hay una pésima noticia: no alcanza.
La historia está llena de dirigentes que tuvieron diagnósticos acertados, convicciones inquebrantables y discursos memorables, pero jamás lograron convertir esas certezas en una fuerza capaz de transformar la realidad. Tener razón tranquiliza la conciencia. Pero construir una mayoría exige algo infinitamente más complejo.
Mientras tanto, el país sigue caminando. No siempre hacia adelante. A veces renguea. Y últimamente, para más de la mitad de los argentinos, lo perciban todavía o no, el país ya ni siquiera camina: se desangra lentamente.
La Argentina real hace mucho tiempo que dejó de parecerse a la que muestran las conferencias de prensa o los gráficos prolijamente diseñados para celebrar una macroeconomía que parece existir únicamente sobre las planillas de cálculo.
Abajo, donde vive la gente, la realidad cuenta otra historia.
Es la Argentina donde una pyme baja definitivamente la persiana después de décadas de esfuerzo familiar. Donde un científico hace las valijas porque aquí ya no encuentra un laboratorio donde desarrollar el talento que el propio Estado ayudó a formar. Donde un comerciante dejó de mirar balances para empezar a contar las monedas de la caja con la incertidumbre de quien ya no sabe si podrá volver a abrir mañana. Donde el salario perdió la costumbre de llegar a fin de mes. Y donde un regimiento silencioso de caídos y abandonados forma largas filas en las plazas para recibir un plato de comida caliente que, hace apenas unos años, jamás imaginaron necesitar.
Esa Argentina existe.
No es una construcción discursiva de la oposición ni una exageración de quienes viven mirando el espejo retrovisor. Es la consecuencia concreta de un modelo económico que promete prosperidad futura mientras consume, día tras día, las reservas materiales y humanas sobre las que debería edificarse cualquier proyecto serio de desarrollo.
Paradójicamente, cuanto más se deteriora esa realidad cotidiana, más tiempo parece dedicar buena parte de la dirigencia opositora a discutir entre sí.
Y allí aparece el verdadero problema.
No porque las diferencias ideológicas deban desaparecer. Una democracia saludable necesita debates, matices y confrontaciones. Lo preocupante es confundir la discusión interna con la acción política, como si ganar una pulseada puertas adentro alcanzara para convencer a una sociedad que hace tiempo dejó de esperar respuestas de sus dirigentes y empezó, simplemente, a sobrevivir.
Recordemos que los pueblos no viven de consignas. Viven de expectativas.
Cuando una madre se levanta antes del amanecer para ir a trabajar; cuando un jubilado vuelve a calcular qué medicamento podrá comprar este mes y cuál deberá resignar; cuando un estudiante universitario comienza a sospechar que su futuro probablemente se encuentre en otro país, ninguno de ellos está preguntándose quién ganó la última interna partidaria. Están buscando un horizonte.
Y los horizontes no se construyen administrando agravios. Se construyen ofreciendo futuro.
Mientras tanto, la pesadilla que lidera Jamoncito continúa avanzando.
No solamente por la capacidad del oficialismo para imponer su agenda, sino también porque enfrente encuentra un archipiélago de sectores que muchas veces parecen más preocupados por determinar quién representa la esencia más pura de una tradición política que por elaborar una propuesta capaz de convocar a quienes dejaron de creer.
La política tiene una curiosa facilidad para enamorarse de los espejos.
Se observa a sí misma, mide fidelidades, revisa viejas heridas, pasa lista de traiciones y clasifica herejes. Pero mientras se contempla en ese espejo, deja de mirar por la ventana.
Y afuera la vida sigue. El comerciante continúa cerrando. La fábrica apaga máquinas. El productor posterga inversiones. El investigador compra un pasaje sin regreso. El trabajador informal acepta cualquier condición con tal de conservar un ingreso. El hambre no suspende su marcha para esperar que la dirigencia termine de resolver sus diferencias.
Del mismo modo, el debate sobre la situación judicial de Cristina Fernández de Kirchner no debería agotarse en simpatías o antipatías personales. Lo verdaderamente grave es naturalizar una Justicia cuya credibilidad viene deteriorándose desde hace años y cuyos fallos, cualquiera sea el destinatario, terminan siendo leídos más como decisiones políticas que jurídicas. Cuando una sociedad pierde confianza en uno de los tres poderes del Estado, el problema deja de pertenecer a un dirigente para convertirse en un problema de la República.
Pero tampoco alcanza con organizar toda una estrategia opositora alrededor de una sola consigna. Lo que se percibe es que la sociedad espera algo más amplio.
Si es que, en verdad, espera algo de alguien más allá de un éxito deportivo en el mundial de fútbol más corrompido de la historia.
Pero en el mejor de los casos, la (pequeña) porción más informada de nuestra sociedad espera saber cómo volverá a ponerse en marcha la producción nacional; cómo se recuperarán el empleo y el salario; cómo volverá a apostarse por la ciencia y la tecnología; cómo dejaremos de expulsar talento; cómo recuperaremos la capacidad de agregar valor a nuestras materias primas y cómo volveremos a pensar un país que no se conforme con exportar recursos mientras importa desarrollo.
Porque mientras buena parte de la oposición continúa girando alrededor de sus propias discusiones, la camándula de pícaros a la que Jamoncito les presta rostro, parece prepararse para descargar, antes de que termine el año, nuevos golpes de nocaut sobre los pocos resortes de autonomía nacional que todavía permanecen en pie.
Cada empresa estratégica que cambia de manos, cada área científica que se desmantela, cada política pública que se abandona en nombre de un ajuste permanente representa mucho más que una decisión administrativa.
Representa un pedazo de soberanía que cuesta décadas construir y apenas unos meses desarmar.
La independencia de una Nación no se pierde únicamente cuando un ejército extranjero cruza sus fronteras. También comienza a desdibujarse cuando un país deja de producir conocimiento propio; cuando resigna su capacidad industrial; cuando convierte a sus universidades en un gasto y a sus científicos en emigrantes; cuando acepta resignadamente que el único destino posible consiste en vender naturaleza sin transformar y comprar, a precio de oro, la inteligencia que otros desarrollan.
Al pueblo le importa un corno quién grita más fuerte. Ni quién conserva intacta la ortodoxia doctrinaria. Ni quién acumula certificados de pureza ideológica. Porque la política jamás consistió en eso. Muy lejos de ello, lo que se espera de la política en tales términos, es que guíe para interpretar una época y organizar una esperanza.
La realidad no cambia porque alguien la describa con brillantez. Cambia cuando existe una fuerza social y política capaz de transformarla. Y esa fuerza nunca nace de la unanimidad. Nace de la inteligencia para construir síntesis. De la generosidad para comprender que quien piensa distinto no siempre es un enemigo. Y de la humildad para entender que ninguna identidad política, por valiosa que sea, alcanza por sí sola para representar la complejidad de una Nación.
Ante tamaña bruma que nos cubre, seguimos buscando respuestas de una propuesta integral de país y una robusta unidad de actores políticos, económicos y sociales den muestras y ejemplaridad de estar dispuestos a construir una mayoría capaz de devolverle a la Argentina un proyecto de desarrollo, producción y justicia social.
Argentina ya no necesita un simple cambio de figuritas.
Necesita una revolución.
No una revolución entendida como el estallido romántico de otros tiempos, sino como la decisión colectiva de revisar los cimientos sobre los que se organiza nuestra vida en común. Una revolución jurídica, capaz de devolver credibilidad a la Justicia. Una revolución política que reemplace el marketing por estadistas siempre mirando hacia el pueblo. Una revolución económica que vuelva a poner la producción y el trabajo en el centro del desarrollo. Una revolución empresarial que comprenda que no existe capitalismo serio sin inversión de largo plazo. Y eso en el mejor de las concesiones que pienso darles, respecto a la extravagante posibilidad de que exista algo que merezca ser considerado como “capitalismo serio”. Y también precisamos de una revolución educativa que vuelva a formar ciudadanos antes que consumidores. Y, quizá la más difícil de todas, una revolución cultural que reconstruya el sentido común, el respeto por el otro y la convicción de que ninguna Nación sobrevive demasiado tiempo cuando convierte el individualismo en su única bandera.
Tal vez haya llegado la hora de caminar al borde del precipicio para animarnos, por fin, a transformar aquello que durante décadas apenas maquillamos. Porque seguir administrando una pendiente de miserias y exclusión ya no es una opción. O al menos no debemos permitir que lo sea.
De lo contrario, los espectáculos de luces con drones que vimos el pasado 4 de julio dejarán de parecernos una extravagancia aspiracional de colonia para convertirse en la más obscena de las normalidades: la de un país que terminó aceptando, sin siquiera sonrojarse, su condición de colonia hecha y derecha.
O, si se prefiere decirlo con la crudeza que amerita el momento histórico, de una colonia descaradamente derecha… y humana.
Hay derrotas que llegan después de una batalla. Otras empiezan mucho antes, cuando una sociedad deja de imaginar un futuro común y la dirigencia confunde el espejo con el horizonte.
Quizás todavía estemos a tiempo de evitar ese desenlace.
Pero para hacerlo habrá que recordar una verdad tan vieja como la política misma: tener razón nunca fue suficiente.
Lo verdaderamente difícil -y también lo verdaderamente transformador- siempre fue abrirse paso para construir el camino antes de que desaparezca el horizonte.
