Los seres humanos, hacedores de cultura, somos capaces de modificar fuertemente nuestro hábitat a fin de satisfacer nuestras necesidades, claro está perturbándolo de tal manera que puede incidir en nuestras condiciones de vida: la deforestación, el drenaje de humedales, la emisión gases de efecto invernadero son una prueba de ello.

Los territorios, considerados como espacios donde cohabitan, se relacionan y condicionan seres vivos provenientes de diferentes especies, constituyen lugares de conflicto y lucha, a fin de obtener los bienes y medios que posibiliten el desarrollo de una vida plena, por ejemplo un lugar de residencia apto con acceso al agua y aire limpio. En el proceso de generar las condiciones, que creemos propicias, para el desarrollo de una vida plena en el avance sobre los territorios, ha requerido el desarrollo de ciertas infraestructuras entendidas como las instalaciones o elementos que constituyen nuestros servicios básicos, que los seres humanos hemos recreado, ideado, construido a fin de poder desarrollar nuestras actividades cotidianas. Podemos incluir en ellas la construcción de viviendas, de calles, puentes, represas, vertederos de residuos, entre otras.

Una primera reflexión nos indica que los seres vivos creamos, recreamos, modificamos la infraestructura para “vivir mejor” en cada ambiente natural. Así avanzamos sobre las áreas naturales, desmontamos bosques y construimos nuestras casas, ampliamos la superficie de siembra, construimos represas en los ríos, desecamos pantanos, drenamos los humedales, construimos basurales, extraemos, trasladamos y consumimos petróleo. Subyace una idea de modificar el ambiente, extraer bienes naturales, producir, consumir y eliminar lo que no consumimos para vivir mejor. Lamentablemente no tenemos en cuenta ni la finitud de los bienes naturales, ni su capacidad limitada de recibir, absorber y depurar, por ejemplo, desperdicios o residuos.

Pretendemos ampliar ilimitadamente la capacidad de carga del planeta. Sobre todo no tenemos en cuenta los servicios ecosistémicos que la naturaleza nos brinda, de manera libre y gratuita, y que posibilitan nuestra vida.

En el conurbano bonaerense han emergido y consolidado varios problemas ambientales, entre ellos; a- la problemática de la obtención, circulación y consumo del agua teniendo en cuenta todo el proceso hídrico, desde las precipitaciones hasta la circulación en ámbitos naturales como en urbanos, hasta su drenaje por medio de canales naturales o “artificiales”. B- La deposición de los residuos, la basura, los desperdicios, aquello que sobra y no nos sirve.

Dadas sus carteristas orográficas e hídricas, el conurbano bonaerense se caracteriza por ser una zona plana con escasas pendientes donde se presentan cursos de agua con un bajo caudal. Aspectos que impiden una rápida eliminación de los excedentes, producto de las lluvias. Prueba de ello han sido las históricas inundaciones producidas por los ríos Luján, Reconquista, Matanza y Arroyo Morales, etc. Tanto de manera individual como por acción colectiva y por parte de las instituciones del estado, los habitantes de las zonas linderas a estos ríos han intentado dar “soluciones” a estos problemas, que van desde la construcción de viviendas en sitios altos utilizando la tierra proveniente de la construcción de los pozos ciegos, la realización de zanjas, la construcción de diques de contención, etc.

Dentro de las comunidades y desde el sector inmobiliario se recreó un lenguaje para denominar a estos ámbitos naturales/construidos, los barrios “altos “y los barrio “bajos “. Dichas denominaciones no sólo remiten a la acumulación de agua sino que envuelven otras consideraciones. Así, los barrios bajos se relacionan con la pobreza, la delincuencia, la prostitución y los altos con el buen vivir, lejos de los problemas sociales ambientales. Entonces, en una parte del conurbano dadas las características naturales, las actividades productivas desarrolladas, el modo de ocupación y edificación de los barrios y viviendas, la construcción de calles, la ausencia de infraestructura adecuada ha derivado en las recurrentes inundaciones que han cambiado, resignificado e incrementado en el tiempo.

Respecto al modo de ocupación, cabe destacar a los procesos de urbanización iniciado en las décadas de los ’50 por compañías inmobiliarias o de “loteos”. Empresas como Tarraubella, Vinelli, Kanmar, Pintemar, compraban amplias extensiones de tierra, las loteaban o parcelaban, entregando el lote “pelado” sin una infraestructura de contención. Proceso diferente pero con similares consecuencias, han generado las denominadas desarrolladoras inmobiliarias, quienes al amparo de los poderes públicos locales, adquieren terrenos en o cerca de los humedales, los rellenan, a veces con el producto de la misma construcción, por ejemplo la tierra extraída en el proceso de reconstrucción de lagunas internas. En este caso, los habitantes son familias de alto poder adquisitivo. Ante las lluvias, el agua, al buscar sus cauces naturales, circula hacia los barrios “más bajos” provocando su anegamiento.

En el tema de los desperdicios, la situación también implica satisfacer una necesidad individual y colectiva, la de deshacernos de los residuos que producimos a nivel comercial, domiciliario e industrial, acción que siempre realizamos apelando a prácticas contaminantes. Tradicionalmente los vertederos se ubicaban al final de los municipios, una manera de esconder los residuos lejos del casco urbano, aunque muy cerca de los vecinos de los barrios alejados. Esta situación implicaba no solo un gran costo energético en el trasporte, sino una alta incidencia ambiental y en la salud comunitaria, tal como ocurrió en el tradicional basural de Morón, ubicado entonces en la localidad de Ituzaingó. Los desperdicios se descartan en grandes vertederos o en microbasurales, no pensamos en consumir menos, propiciando a su vez otros modos de descarte que impliquen la separación de los residuos, su compostaje, reciclaje y vertido de manera adecuada.

Aunque el cambio y variabilidad en el clima se perciben desde hace siglos, nunca como en el presente los fenómenos climáticos extremos se han incrementado tanto en su intensidad como en cuanto a su frecuencia. Las lluvias se han vuelto difíciles de predecir, han cambiado su intensidad, se han tornado más fuertes, y alterado su periodicidad, lo cual afecta a los sistemas naturales y a los agroecosistemas, haciendo más impredecible las posibilidades de siembra y cosecha en las actividades agrícolas y produciendo inundaciones en las áreas urbanas.

Los problemas mencionados poseen varias dimensiones, las cuales debemos analizar, discutir, plasmar en los territorios respecto a la infraestructura a construir a fin de mejorar nuestra calidad de vida.

a-Equidad: El acceso a adecuadas condiciones de hábitat es desigual e inequitativo, ya que no es equivalente el acceso a la tierra, y a los servicios, donde se pueden construir las viviendas y desarrollar nuestras necesidades ligadas al esparcimiento y también la producción de alimentos.

B-Temporalidad: Los problemas vinculados al hábitat pueden reiterarse en el tiempo, ser recurrentes, por ejemplo el efecto frente a fenómenos atmosféricos, ser permanentes, como los vertederos de basura o estar de modo latente hasta que emerjan signos de su presencia, por ejemplo las inundaciones derivadas del relleno de los humedales.

C-Sustentabilidad: Es la capacidad de un sistema natural, o construido por los seres humanos, de recrear sus condiciones de existencia, sin requerir aportes continuos, y crecientes, de energía eterna. La necesidad de lograr satisfacer de manera equitativa nuestras necesidades sin comprometer a las generaciones futuras.

Se requiere un planeamiento adecuado de los procesos de urbanización que respeten a todos los seres vivos, incluido el descarte de los residuos.

¿Quién lo hace? ¿Cuál es la participación de los ciudadanos, del estado y de las empresas? ¿Bajo qué tipo de tecnologías e infraestructura? ¿En qué territorios? ¿Cómo llevamos a cabo estos procesos? Son preguntas que debemos hacernos, responder y plasmar en la realidad

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