¿Seguirán insistiendo en que se puede reconstruir una nación soberana e industrializada, cuyos pilares legislativos sean la runfla que una y otra vez transa con lo peor de la derecha neofascista de estas latitudes?
Porque con esos jugadores no podemos salir campeones otra vez. Sepámoslo desde ahora.
Si sostenemos a esos Kueider —y a tantos actores estelares a granel— como si nada ocurriera, el gran guiso terminará inevitablemente arruinado si desde el inicio se decide cocinar con granos podridos. No hay épica posible cuando los ingredientes están corrompidos de antemano.
La derrota política se percibe a diario y es contundente. Pero más profunda —y todavía más difícil de revertir— es la derrota cultural, arraigada en las fibras más constitutivas del ser nacional.
Cuando manyés que a tu lado se prueban la ropa que vas a dejar…
La Reforma Laboral dejó expuesta una verdad incómoda: el peronismo hoy carece de conducción. Pierde batallas con demasiada frecuencia, como un ejército numeroso pero sin comandante. Ni siquiera atinó a presentar públicamente una alternativa integral al proyecto en discusión. En ese escenario, Milei no parece tener, por ahora, un adversario con capacidad real de disputarle el poder en 2027. Y por esa misma razón, esa fuerza ni siquiera logra expulsar con rapidez a los saltimbanquis que negocian en el Congreso en su nombre.
Llamemos a las cosas por su nombre, sin rodeos: tránsfugas. Ni héroes ni demonios absolutos. Tránsfugas. Alcahuetes irredentos del poder de turno. Los viejos partidos mayoritarios, e incluso aquellas fuerzas que supieron autoproclamarse reserva moral de la nación, están bien provistos de estos especímenes que terminan de dinamitar la confianza social en el sistema democrático.
Oportunistas de chequera, llevan el deshonor como marca indeleble y ni siquiera se inquietan por lo que piensen sus votantes. Muchos de esos votantes proyectan en ellos ambiciones frustradas; otros, lisa y llanamente, toleran la corruptela con indiferencia. Vamos: de eso también estamos hechos. Si no, todo habría estallado hace décadas. Pero, en términos generales, el grueso de la sociedad elige no ver, no oír y no hablar. Como los tres simpáticos monitos.
¿Cuándo comenzarán a construir —y no meramente a rosquear— un frente amplio de reconstrucción nacional que convoque a todo argentino dispuesto a sostener una patria que cobije, proteja y garantice condiciones reales de desarrollo comunitario?
¿Cuántas derrotas más soportarán las generaciones adultas antes de abandonar las últimas herramientas que todavía sostienen una mínima confianza en el porvenir? ¿No habrá, al menos, un cable firme desde el cual mirar hacia adelante con algo de esperanza?
La dirigencia opositora, variopinta y fragmentada, queda atrapada semana tras semana en el asedio gubernamental, respondiendo a todo y priorizando nada. Si es que puede. O si es que quiere.
El capítulo del Fondo de Asistencia Laboral (FAL), por ejemplo, pasó casi inadvertido en el debate público: ¿de dónde saldrán los recursos para sostenerlo? Según se explicó en distintas audiciones radiales, los aportes patronales se redirigirán desde una porción de los salarios equivalente a lo que hoy se destina a la ANSES. El Estado asumiría las indemnizaciones mientras esos fondos migran hacia administradoras privadas: bancos, financieras, billeteras virtuales. Una remake prolija de las AFJP, con festival de comisiones incluido, y una recaudación estimada en 5000 millones de dólares anuales. Una fiesta obscena que, sin embargo, no pareció merecer demasiada atención por parte de referentes opositores, más ocupados en ensayar gestos adustos frente a los micrófonos.
Pronto nos toparemos con muchos de ellos exponiendo toda su hipocresía mientras protesten por el qué se hace “con la plata de los jubilados”, pero sepan que todo lo que está en juego en cada una de estas medidas con las que ahora dispone este gobierno, éste y no el anterior, éste y todos sus aliados, servirá para avanzar en el asalto final a la demolición social, económica, cultural, moral e identitaria de la población argentina.
Sigan perdiendo tiempo eligiendo memes. Sigan autoconvenciéndose entre propios en ejercicios interminables de onanismo político mientras se limitan a llorar como tangos vivientes frente a la perversidad mileísta, sin articular una propuesta integral capaz de confrontar seriamente el rumbo en curso.
El cierre de FATE tal vez haya sacudido a quienes recuerdan el final del menemismo y el epílogo aliancista, tan neoliberal en los hechos como su antecesor. Pero incluso allí, para muchos, el problema es el sindicalismo “ultra” y no la evidente peruanización del modelo productivo. ¡Bienvenidos a un ejemplo palmario de derrota cultural!
Si Argentina no sustituye el esquema primarizador —exportar materias primas y nada más— por una estrategia que priorice industria, ciencia y desarrollo tecnológico; si los grandes espacios políticos de base popular continúan atrapados en zancadillas internas y microposicionamientos, entonces más vale bajar la persiana: la tormenta será larga y puede no dejar nada en pie.
Cansa insistir, pero peor sería dejar de hacerlo porque “es un bajón”. ¿Cuáles son las líneas propositivas concretas de la oposición? ¿Qué plan existe para abordar, en primer término, la emergencia alimentaria y la producción de cercanía? Se desconoce. Y no alcanzan los latiguillos de café del tipo “sabemos lo que hay que hacer”, porque ante la primera repregunta concreta, a la guitarra se le cortan las cuerdas y lo único que queda es acusar al cronista de “funcional a la derecha”.
Y si el famoso “Proyecto” existe sin programa, al menos no ocupa el centro de la agenda de la dirigencia ni de la prensa afín.
Descargar la bronca contra quienes votan al oficialismo puede resultar comprensible —uno mismo lo hace en noches largas y sombrías—, pero eso no deja de ser una zona de confort analítica. Desde allí apenas se discute la eficacia de un paro general con o sin movilización, y desde esa ira muchos invocan la lucha de clases… mientras, enceguecidos, parecen ignorar que una porción significativa de la base de apoyo a Milei proviene, precisamente, de los sectores populares.
Cuando hablamos de reconstruir todo, hablamos de empezar desde cero: consensuar un frente verdaderamente amplio, formular propuestas específicas para disputar el sentido común, forjar un liderazgo aún en ciernes, mejorar la comunicación con creatividad y estrategia. Ir de lo básico a lo complejo.
Mientras seguimos patinando en el lodazal de nuestras deliberaciones y esgrimimos chicanas contra la vestimenta o apariencia de los hermanos presidenciales, quienes hoy gobiernan consolidan su hegemonía, avanzan y fortalecen posiciones todos los días, y van cercando al pueblo bajo asedio permanente, sin pausa.
