El avance del extractivismo no solo disputa territorios y bienes comunes: también vulnera cuerpos, culturas, memorias y formas de vida que aún hoy resisten al despojo.
En la última nota nos referíamos a la estrecha relación entre los cuerpos de cada ser vivo -no solamente de los seres humanos- y los territorios que habitamos, ambos avasallados por las actividades extractivistas que se expresan en la minería, los agronegocios y la petroquímica.
Podemos definir a los territorios como espacios de acciones, abiertos y sin límites fijos, habitados por diferentes seres vivos que mantienen entre sí múltiples relaciones. Estos espacios poseen una cierta institucionalidad, reglas y dotación de “capitales” que, como los bienes comunes naturales, entran en puja entre diferentes actores por su usufructo.
Son abiertos porque no solo reciben la influencia de otros territorios: por ejemplo, las leyes como la de glaciares, que se discuten fuera de los espacios vitales, sino que además posibilitan el ingreso y egreso de personas, empresas, alimentos y residuos.
Además, más allá de los límites establecidos por las jurisdicciones políticas, como calles, rutas y avenidas, las demarcaciones son lábiles, etéreas y móviles, abarcando o dejando de lado a los participantes, tal como ocurre con las movilizaciones de quienes se sienten perjudicados por las actividades extractivistas derivadas de la minería.
Los territorios poseen diferentes tipos y riquezas en bienes comunes naturales, utilizados con distintos grados de preservación y sustentabilidad por los seres vivos, en especial por los seres humanos. Las visiones extractivistas, la avaricia y el poder monetario han determinado que los bienes comunes naturales se transformen en recursos económicos sobre los cuales ejercer propiedad privada, dando inicio al acaparamiento de tierras, agua, bosques y todo aquello que pueda ser incorporado a los circuitos económicos.
Como lo expresamos, en los territorios surgen pujas, conflictos y luchas entre actores por la propiedad, utilización y preservación de los bienes naturales. Se enfrentan cosmovisiones que, partiendo de la idea de pertenencia e incorporación de los seres humanos a la naturaleza, dan origen a múltiples estrategias y prácticas, ya sean aquellas relacionadas con la sustentabilidad o las vinculadas al extractivismo y la depredación.
Cada cuerpo, tanto el nuestro como el de cada ser vivo, como maravillosa creación de los dioses y de la naturaleza, debe ser respetado como individualidad y en su integridad. Este cuerpo único e irrepetible, según nuestros regímenes de creencias, no solo está compuesto por huesos, tendones y músculos, sino también por nuestro espíritu, que circula y nos une a otros seres vivos.
El cuerpo, en su integralidad, nos posibilita respirar, pensar, ejercer actividades y comunicarnos; es decir, vivir una vida plena.
El extractivismo, como fuerza ancestral y acaparadora, ha intentado -y a veces logrado- apropiarse de los bienes comunes naturales como la tierra, los bosques, el agua y los minerales, pero también de las almas, las creencias, los conocimientos y los propios cuerpos, vivos o muertos. Las colonizaciones, “los viajes científicos” y las conquistas son una prueba de ello.
Se apropiaron, y en la continuidad de las acciones lo continúan haciendo, de todo aquello que pudiera ser utilizado desde los aspectos socioeconómicos y culturales. Se negaron lenguas, costumbres, modos de acción y visiones. A su vez, se intentó imponer otras lenguas, creencias, prácticas y vínculos, dando inicio a procesos de transculturización aún hoy vigentes.
Aunque pareciera que estas perspectivas que atentan contra la vida en cada territorio sucedieron solo en el pasado, lamentablemente mantienen su vigencia e incluso se han incrementado. Las actividades mineras, la utilización de plaguicidas, el desmonte, las actividades petroquímicas e incluso la actividad inmobiliaria son una muestra de ello.
En todas estas actividades se acaparan, sobreutilizan y contaminan los bosques, el agua, el suelo y el aire que necesitamos respirar cada día. Pero además, estas acciones determinan la apropiación y el deterioro de los cuerpos individuales y colectivos. Las enfermedades y la muerte, junto a las migraciones de miembros de comunidades afectadas por el extractivismo, son una prueba de ello.
Las luchas encaradas por decenas de territorios en nuestro país nos muestran cómo el extractivismo sigue vigente, amparado por el gobierno nacional y por los existentes en cada provincia y localidad. De esta manera, la lucha contra el uso de plaguicidas y el trigo transgénico en la provincia de Buenos Aires; las acciones contra la minería a cielo abierto desarrolladas en Catamarca, La Rioja y San Juan; así como la disputa por el acceso al agua encarada en La Rioja o Misiones, nos muestran las afecciones, pero también las resistencias.
Por último, muy cerca de la ciudad de Buenos Aires, en el distrito de Tigre, se da continuidad a luchas encaradas hace más de 400 años por los pueblos originarios de las comunidades querandíes en defensa de sus territorios, sus condiciones de vida, su libertad y sus modos de organización.
En la actualidad, los amigos agrupados en la organización Punta Querandí sustentan un espacio de lucha y libertad en medio de los barrios cerrados próximos al río. Un territorio de lucha donde se han recreado un museo que recuerda no solo a los pueblos originarios, sino también a las luchas recientes; la huerta como espacio de sustento alimentario; y las aulas donde se brindan talleres, por ejemplo, de cerámica y cestería. Las luchas y las acciones, la acción y la reflexión.
También en este territorio se ejerce disputa por los cuerpos de los pueblos originarios, los querandíes, que han sido vulnerados, saqueados, trasladados a museos y exhibidos de manera impune. Algunos de estos cuerpos sagrados han sido recuperados y sepultados en sus propios territorios, aquellos donde nacieron, crecieron y seguirán transitando.

