De Güemes y Belgrano a los pendrives millonarios: una reflexión sobre la pendiente que la Argentina sigue descendiendo.
Entre las gestas de la independencia y las miserias del presente se extiende una pregunta incómoda: cuánto más puede degradarse una nación antes de decidir cambiar de rumbo… o perecer en el intento.
Junio y julio nos regalan tres fechas patrias que merecen algo más que un feriado largo y una oferta de pastelitos. El 17 de junio recordamos a Martín Miguel de Güemes, aquel caudillo que, junto a sus gauchos, convirtió el norte argentino en una pesadilla para los realistas españoles. Los “pobres” enviados de la Corona venían a recuperar colonias y terminaron aprendiendo que los caballos criollos corrían más rápido que sus planes imperiales.
El 20 de junio homenajeamos a Manuel Belgrano, creador de la bandera. Un hombre que entregó fortuna, salud y hasta tranquilidad personal por una patria que todavía ni siquiera existía del todo. Algo difícil de imaginar en tiempos donde algunos dirigentes parecen sacrificarse únicamente cuando se corta el wifi del despacho.
Y el 9 de julio celebraremos la Independencia. No fue obra de próceres solitarios sino de miles de hombres y mujeres anónimos que dejaron sangre, bienes y futuro para romper las cadenas de un poder extranjero. Mientras tanto, dos siglos después, no faltan quienes, desde cómodas oficinas, parecen empeñados en cambiar aquellas cadenas por otras más modernas: deuda, especulación financiera y obediencia a intereses que siempre llegan desde lejos.
Por eso estas fechas importan. Porque recuerdan que la patria se construyó enfrentando imperios, no administrando dependencias. Y porque, entre los héroes de ayer y ciertos administradores de hoy, la distancia histórica parece medirse en años luz.
Y si hablamos de estar a años luz, veamos un ejemplo palmario de la pendiente, de momento en apariencia irrefrenable, en la que nos encontramos:
Hay acontecimientos políticos que, por su carácter extravagante, terminan consumidos como una sucesión de memes. El caso de Manuel Adorni parece haberse instalado en ese territorio. Sin embargo, detrás de las bromas y las ocurrencias que inundan las redes, subsiste una pregunta mucho más importante que todavía no encuentra respuesta.
La aparición de un pendrive con cientos de miles de dólares, sumada a las inconsistencias reconocidas en sus declaraciones patrimoniales, constituye una historia difícil de creer incluso para una sociedad acostumbrada a los sobresaltos y patetismos múltiples de la política argentina en todas sus variables. Más llamativo aún es que un funcionario de semejante exposición continúe en su cargo después de admitir errores que, en cualquier otra circunstancia, habrían generado consecuencias inmediatas.
La reacción popular frente a semejante episodio resulta comprensible. El humor suele convertirse en una forma de procesar aquello que parece desafiar toda lógica. Pero el verdadero interrogante no pasa por las explicaciones de Adorni ni por el ingenio de quienes las ridiculizan, sino por la decisión del Gobierno de sostenerlo, aparentemente sin matices.
¿Por qué se ha transformado en una figura tan difícil de reemplazar? ¿Qué costo político tendría su salida? ¿Existe detrás de esa defensa una razón que todavía permanece oculta? Son preguntas que circulan tanto dentro como fuera del oficialismo sin que aparezca una respuesta convincente.
La cuestión adquiere relevancia porque se desarrolla en un momento particular para el Gobierno. Algunos indicadores económicos muestran señales que el oficialismo considera positivas. Sin embargo, esos datos todavía no logran convertirse en una mejora perceptible para amplios sectores de la sociedad. Y es altamente probable que nunca suceda ello, simplemente porque la mejoría de las clases populares NO forma parte del más mínimo interés de quienes conforman y apuntalan al actual gobierno nacional.
Así las cosas, la distancia entre los números y la experiencia cotidiana continúa siendo uno de los principales desafíos de la gestión.
En ese contexto, resulta llamativo que buena parte de la conversación pública quede atrapada por las explicaciones de un funcionario sobre el origen de su patrimonio. No porque Adorni sea, por sí mismo, un actor decisivo para el rumbo económico del país, sino porque su permanencia parece haber adquirido un significado político que excede a su persona.
Difícilmente los mercados, los grandes fondos de inversión o los centros de poder global modifiquen sus decisiones por los problemas de un funcionario. Pero la política sí suele enviar señales a través de los gestos. Y la magnitud de la defensa oficial invita a pensar que Adorni representa algo más que un simple vocero o dirigente circunstancial.
Durante mucho tiempo, el propio oficialismo promovió una identificación directa entre Adorni y Javier Milei. Tal vez allí se encuentre una de las claves para comprender por qué su situación genera tanta sensibilidad dentro del Gobierno.
Con el tiempo, Adorni podría convertirse apenas en una nota al pie de este período. O tal vez termine siendo recordado como uno de esos síntomas que anticipan problemas mayores. Como ocurre tantas veces en política, la respuesta no dependerá solamente de quien ocupa el centro de la escena, sino también de quienes intentan disputársela. Para los añosos, recordemos que tuvimos un diputrucho, un Miguel Ángel Vicco y su leche adulterada… y quienes apuntalaban aquellas barbaridades, sin embargo hicieron prácticamente todo lo que les vino en gana durante largos 10 años, dólar “planchado” mediante.
Mientras tanto, el retroceso y pauperización del propio horizonte no para de revelarse en toda su magnitud desde hace una década, cuando menos. Ahora resulta que hay que “celebrar”, aplaudir y conformarse con limitar la cantidad de despidos en distintos organismos, comercios e industrias, a cambio de que los trabajadores soporten reducciones salariales, a veces, harto significativas. Cosas veredes…
¿Hasta qué profundidades llegarán las resbaladizas paredes de esta gran ciénaga nacional?
Hablemos claro, ahora y siempre: La disyuntiva, cuanto más hondo sigamos deslizándonos entre este lodazal interminable, será: Revolución en tanto transformación profunda de todas las reglas del juego, instituciones incluidas… o nos acostumbramos a este estado de las cosas por lo menos por los próximos 30 años, en esencia gobierne quien gobierne con leves mejoras y hondas desmejoras circunstanciales, todo regido por este esquema institucional hecho y pensado para beneplácito eterno de los dueños de todos y cada uno de los resortes reales de poder.

