El dieciséis de junio del corriente se cumplió un aniversario más de un luctuoso hecho en la ciudad de Buenos Aires. El mediodía porteño de aquel 1955 se vio literalmente sacudido por la caída de varias toneladas de bombas arrojadas por unidades de la aviación naval. Precisamente en la Plaza de Mayo y los alrededores de Casa de Gobierno.

El objetivo aparente: provocar la renuncia del Presidente constitucional, General Juan D. Perón.

El resultado real: la muerte de transeúntes y pasajeros de diversas condiciones y edades. Y, obviamente un tema menor, el daño de diversos edificios públicos y del paseo de la Plaza.

No es la intención de estos pocos renglones profundizar sobre el hecho en sí, sino comentar dos cuestiones interesantes.

Una, directamente relacionada con la frase inicial, comparando este bombardeo sobre la población civil de una ciudad capital de nación con el de otra, unos noventa años antes.

Efectivamente, en 1863, la ciudad de Nueva York recibió ese terrible “regalo” de las embarcaciones ubicadas en el río Hudson.

El hecho ha sido recreado por Martín Scorcese en una de sus películas (“Gangsof New York”, 2002), presentada en nuestro medio como “Pandillas de Nueva York”.

Imágenes recreadas en la película de Scorcese.

Digo interesante comparación porque ese hecho ocurre en el marco de una guerra civil (la bien conocida “Guerra de Secesión”). Las motivaciones de la Armada de la Unión al hacer ese bombardeo tampoco son del caso de estas líneas.

Sí que, a diferencia, en Buenos Aires las víctimas son el resultado de una intentona sediciosa que no tuvo la respuesta gubernamental que la Constitución Nacional vigente y las normas militares correspondientes hacían suponer.

Imágenes reales del bombardeo (cerca de 10 toneladas causaron más de 300 muertos).

Al menos los responsables de la masacre debieron ser fusilados: el Contraalmirante Samuel Toranzo Calderón y el General de División Juan José Uranga.  Nada de eso ocurrió.

Otro dato, no menor: tres meses después se cumplió lo buscado ese día, con la llamada “Revolución Libertadora”.

El otro asunto interesante, a mi juicio, en tiempos en que aún se justifica la actitud de algunos uniformados en el proceso genocida iniciado, aparentemente en 1976, es lo hecho ese día por un oficial de la Fuerza Aérea, el Teniente Ernesto Jorge Adradas.

Ernesto, luego de despegar de la Base Aérea de Morón, decidió no acompañar el bombardeo de la Plaza, sino que, muy por el contrario, parece haber evitado en parte ese accionar de los aviones de la Armada Argentina, interfiriendo con la unidad que piloteaba, un Gloster Meteor.

Seguramente, a esa persona no le sonó bien la frase “Órdenes, son órdenes”. Que incluso muchos civiles solemos emplear… para justificarnos.

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