The Prince of Tennis pertenece bastante a ese segundo grupo.

Al menos desde este lado de la memoria latinoamericana, su lugar no fue exactamente el de Dragon Ball, Los Caballeros del Zodíaco, Naruto o Slam Dunk. Pero para quienes pasamos horas frente a Animax, el nombre aparece rápido. Decís “animes de Animax” y, tarde o temprano, alguien menciona al chico de la gorra, la raqueta y esa actitud de prodigio agrandado que parecía tener respuesta para todo.

Ahora, esa historia llegó a su final. The New Prince of Tennis, la secuela del manga creado por Takeshi Konomi, publicó su último capítulo en la edición de septiembre de Jump SQ., lanzada en Japón el 4 de agosto. Con ese cierre, la franquicia completa despide un recorrido de 27 años desde el inicio del manga original en 1999.

Y aunque tal vez acá no estemos hablando de una despedida masiva que paralice internet, sí es el cierre de una era. Una era de saques imposibles, partidos eternos, rivales con aura de jefe final y técnicas que empezaron como tenis más o menos exagerado hasta terminar en terreno de batalla shonen con raquetas.

La confiable de Animax

The Prince of Tennis tenía algo muy particular. No hacía falta estar completamente al día para engancharse. Podías caer en un episodio cualquiera, ver a Ryoma Echizen cruzarse con un rival nuevo, escuchar dos o tres explicaciones sobre una técnica absurda y quedarte mirando.

No era una serie que siempre exigiera devoción absoluta. Funcionaba también como compañía. Estaba ahí, sólida, reconocible, con ese aire de anime deportivo de época donde cada integrante del equipo tenía su rareza, su gesto, su técnica y su momento para lucirse.

Ryoma era el típico personaje que en cierto momento de la vida nos resultaba inevitablemente atractivo. Talentoso, seco, medio sobrador, con una confianza que rozaba lo insoportable, pero que dentro del código shonen funcionaba. Una especie de Rukawa con raqueta, menos silencioso tal vez, pero con esa misma energía de “sé que soy bueno y no pienso pedir perdón por eso”.

Y alrededor estaba el equipo, que para muchos quedó en la memoria por pedazos. El compañero más frontal y físico, Momo, con ese aire de amigo-rival que empujaba al protagonista. El capitán Tezuka, serio y durísimo, capaz de bajarle el ego a cualquiera en la cancha. El jugador amable de ojos cerrados que parecía buenito hasta que el partido se ponía serio. El que preparaba jugos horribles como castigo o entrenamiento. El especialista de datos y probabilidades. El de la vibra más peligrosa, con tiros que parecían salidos de una serpiente.

Capaz los nombres se mezclan después de tantos años. Capaz uno no recuerda el orden exacto de los partidos. Pero la galería de personajes queda. Y eso ya dice bastante.

Cuando el tenis dejó de ser solamente tenis

Uno de los recuerdos más fuertes que dejó The Prince of Tennis es esa sensación de que el deporte se iba corriendo, de a poco, hacia una exageración cada vez más gloriosa.

Al principio uno podía comprar la idea de un chico prodigio con talento natural. Después venían los movimientos especiales, los estilos imposibles, las lecturas matemáticas del rival, las técnicas con nombres dramáticos y los partidos que parecían tener más tensión que una pelea contra un villano de saga final.

En mi caso, hay un nombre que quedó grabado: la Volea Lunar.

No sé si fue la técnica más importante, la más fuerte o la más recordada por el fandom más duro. Pero quedó ahí, instalada en la cabeza. Y eso también es parte de cómo funciona la memoria con estas series. No siempre recordamos la trama entera. A veces recordamos un movimiento, una frase, una pose, una música, un rival o una escena suelta que sobrevivió al paso del tiempo.

The Prince of Tennis tenía mucho de eso. Momentos que se podían despegar de la historia grande y quedar flotando solos. Ryoma con la gorra. La raqueta. El “todavía te falta”. Los partidos donde alguien revelaba una técnica como si estuviera liberando una transformación. La chica que lo seguía mientras él mantenía esa actitud de protagonista edgy que, admitámoslo, en algún momento a muchos nos resultó cool.

El final de una franquicia enorme

Más allá de cómo haya pegado en nuestra región, el impacto de The Prince of Tennis en Japón y en la industria es enorme. La serie original comenzó en Weekly Shonen Jump en 1999, luego tuvo su secuela The New Prince of Tennis en Jump SQ., y durante casi tres décadas construyó un universo que fue mucho más allá del manga. Anime, OVAs, películas, videojuegos, musicales y eventos en vivo convirtieron a la obra de Takeshi Konomi en una franquicia de peso dentro del shonen deportivo.

El cierre no llegó como un capítulo cualquiera. Según reportes japoneses, la despedida incluyó un capítulo final de 48 páginas, páginas a color y un CD conmemorativo con una canción especial interpretada por más de 140 participantes vinculados a la franquicia, incluyendo voces del anime y artistas de los musicales. También se informó un aumento excepcional en el tiraje de Jump SQ. para acompañar la demanda del número final.

Eso marca una diferencia importante. Puede que para algunos de nosotros haya sido “ese anime de tenis que pasaban en Animax”, pero para muchísima gente fue una obra de compañía durante 27 años. Una historia que creció con sus lectores, sobrevivió a cambios de época y mantuvo vivo un fandom que vio cómo Ryoma Echizen pasaba de promesa arrogante a símbolo de una franquicia completísima.

No hace falta fingir fanatismo para despedirlo

Quizás lo más honesto sea decirlo así: no hace falta que The Prince of Tennis haya sido tu anime favorito para reconocer que su final pesa.

A veces las obras importantes no son solamente las que amamos con intensidad. También están las que formaron parte del paisaje. Las que estaban en la programación, las que comentabas de paso, las que veías mientras esperabas otra cosa y terminaban atrapándote un rato más. Las que no siempre recomendás con fervor, pero tampoco querés mal. Están ahí, como una parte del archivo mental de una época.

The Prince of Tennis fue eso para muchos en Latinoamérica. Una confiable de Animax. Una serie que, al nombrarla, desbloquea recuerdos. Capaz no todos pueden explicar el arco final, pero muchos saben exactamente de qué hablamos cuando decimos Ryoma Echizen, Seigaku, Tezuka, Momo o esa sensación de que el tenis se había convertido en una competencia casi sobrenatural.

Y tal vez ahí está su verdadero lugar para nosotros. No necesariamente en el pedestal de las favoritas absolutas, sino en esa repisa más rara y más cálida donde viven las series que acompañaron una etapa.

Después de 27 años, Ryoma llegó al final de su partido. Y aunque algunos lo hayamos seguido de manera irregular, aunque tengamos recuerdos incompletos y nombres mezclados, hay algo lindo en poder despedir a una obra que estuvo presente durante tanto tiempo.

Porque sí, capaz no era tu anime número uno.

Pero si estaba en Animax, lo mirabas. Y eso también cuenta.

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