He visto y compartido una breve descripción de cómo se trasladan las manadas de lobos en migración de territorio de caza.

Adelante las y los veteranos, conocedores de caminos y con experiencia en eventualidades. Los siguen una parte de los más fuertes, funcionando como primera línea de combate, protección y cobertura de retiradas. Luego las hembras y cachorros, el núcleo que da sentido y continuidad. Detrás una segunda línea de defensa con lobos fuertes, dispuestos a cubrir en caso de ataque y repliegue. Allá lejos el líder, que necesita un campo visual amplio para verificar la marcha y acciones. Un orden natural que garantiza seguridad para el conjunto en el que las cualidades de cada uno/a es útil al colectivo.

En una marcha, se avanza al paso del/la más lento. En cualquier atasco se verifica.

Ya no somos los mismos. Los cambios nos cambian. Aprendemos o sucumbimos.

La tecnología no es neutral. Depende de quién sea el dueño.

Las redes convirtieron la cualidad de la media estadística en algo espantoso. Lo llamativo no necesita ser bueno o provechoso, sólo espectacular, escandaloso… Los que lucran con nuestras miserias y debilidades para entrenar a sus máquinas de monetizar la atención, apelan a cualquier recurso. En general los peores. Y somos funcionales escalando en palabras impunes que buscan demostrar siempre nuestra superioridad por sobre la estupidez, mediocridad o nulidad ajena. La media empuja a la degradación.

El mar mundial de iniquidad se reproduce sin detenerse, llegando de modo individualizado a cada habitante que comparta idioma o sopa cultural desde la pantallita que compramos para comunicarnos.

Recibimos el bombardeo constante de indecencia e inmoralidad. Nos impregna. Algo que hace soportable, común y corriente, por ejemplo al ordinario que nos preside y sus maldades mezquinas, egoístas, clasistas, discriminatorias e insultantes. El nuevo sentido común se vuelve la cloaca de mentiras, aseveraciones sin fundamento, grandilocuencias vacías… engaños con beneficios y réditos para pocos.

¿Cómo se combate lealmente contra alguien que nunca dirá verdades ni hará lo correcto como medio de legitimar sus acciones? Es como golpear gelatina. Sólo podrás ensuciarte.

Los soviéticos hallaron el modo de destruir ese experimento brutal y asesino llamado nazismo. Y no fue con repudios o juntando orina en plazas. Hicieron algo más.

Sucumbieron, sin embargo, contra la guerra multidimensional que le acometieron durante 72 largos años desde occidente.

No hay ámbito, campo de acción o rincón civilizatorio ajeno a la guerra contra lo bueno, lo bello y lo sano en función de lo perverso, lo mediocre y dañino para las mayorías.

O sobrevivimos como especie o nos extinguiremos en esa disputa integral.

Es la isla de Epstein como norma. Su funcionalidad al servicio de potencias que se arrogan el derecho de bombardear y ocupar la tierra de sus vecinos, de exterminar pueblos enteros, de ostentar una superioridad religiosa y moral sobre la humanidad.

Uno de sus usuarios más célebres gobierna la primera potencia en declive. Falsificador de registros comerciales ya condenado. Putañero reconocido, pederasta denunciado, golpista y genocida (¿qué es sino, bombardear sin aviso a otros?). Y ese… es el héroe admirado por nuestra clase gobernante.

El maldito celular es el cíclope que pagamos para nadar en ese mar de inmundicia que nos envuelve.

Estamos, como Odiseo, recorriendo las islas de hechicerías, masacres, desgracias sin resguardo. Regresando con culpas por lo no hecho, los caminos mal elegidos, rodeados de fuerzas que no comprendemos y nuevos dioses voluntariosos en nuestro sometimiento.

Aún falta saber a qué podemos aspirar a regresar. Qué pueblo quedará para tal fin. Qué país nos recibirá cuando podamos sacarnos de encima la pesadilla. Y a qué futuro tendremos derecho. Ni más ni menos.

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