En este continente de injusticia y desigualdad, sus jaurias empoderadas quitan a las gentes a mansalva y públicamente, las posibilidades de una existencia tolerable para desarmados y desvalidos.

Allá en un norte cada vez más cercano, determinan blancos y daños colaterales para sus drones explosivos con algoritmos. Los resultados se asemejan: eliminar lo que (les) sobra. Sostener sus privilegios. Limpiar las ruinas para resorts, barrios exclusivos, piscinas y playas sin pobres.

Eso no sale en las pantallitas: los Dylan, Brandon y Chukis aun no se enteran.

Aquí sufren con un pancho y papitas pay o alfajor de almuerzo. Cuando las piernas ya no dan más despues de 14 hs repartiendo. Los más grandes, cuando el cansancio arde en los ojos y ya no hay cómo acomodar la cintura por un día de Uber. Ellas se bancan el manoseo de un Sugar dady por ropa nueva, cosméticos… o por unos pesos.

La lógica es la misma: reducir la vida de los que no tienen poder, fama y riqueza a cosa. A cosa o nada.

Antes, la salida de los que no querían pelear contra el poder era Ezeiza. Con Menem y Macri. Ahora es menos: el suicidio o la muerte en vida hasta que llega el turno, que será mas o menos unos diez años antes en el barrio.
Sin trabajo, sin subsidios, comida, con servicios o transportes caros, sólo se puede protestar por la vereda (filmado y gaseado porsi). Si no te gusta la sopa de agua, el sádico a quien hemos dado mandato te meterá en la bolsa de los terroristas, que ya habrá un Cecot que dé ganancias por kilo de preso. Bukele les dió una solución para terminar con los emprendedores paralelos.

Del biopoder de determinar quién come y cuánto, hemos pasado a calcular quién merece una granada via dron en la cabeza.

En los monitores podés ver los diversos apocalipsis que promete el imperio antes de caer: meteoritos, supervolcanes, guerras atómicas, epidemias zombis… las mil formas del no futuro que ahora suma en el entrecejo de sus héroes en Silicon Valley el 25% de posiblidades de extinción por descontrol de la IAG. Si ya no te convence, pues que te paralice el caos.

Cuando hablás sin claridad (ni ideas) rápidamente y sin estilo ni paciencia te dirán: no se entiende. Si es en público sin micrófono, que no se escucha. Pero, ¿Qué decimos cuando el oleaje imparable de información arrolla cualquier posibilidad de procesar, de analizar críticamente (qué está bien o mal, es útil o perjudicial, por estimar sólo dos coordenadas de criterio), de separar lo importante de lo banal? Pues en medio de la granizada sólo queda protegerse.

Podés decir: no me interesa, pero es solo una pose que te emparenta con la inteligencia de una gallina. O peor, con un avestruz que entierra la cabeza y deja el trasero al aire.

Sólo en común, en un momento especial y con personas como vos, podés alzar un poco la cabeza del celular y escuchar que dicen los demas para recortar una idea propia. Eso se llama organización, y es un lujo al que podés acceder con voluntad, paciencia y autocontrol.

Eludir los rejuntes de comercio (yo te doy mi apoyo y me devolvés un favor), darle tiempo para compartir el pan de la palabra, la comunión de escuchar y estar juntos. Hasta recibís la endorfina del abrazo.

Ahí y no en otro lugar, reside el sentirse bien: si levantás la mirada y aún podés reconocerte en los ojos de alguien más, alguien como vos.

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