Veamos, así las cosas, sobre qué suelos venimos caminando.

El “héroe” Kueider vino a ponerle un poco de pimienta al escenario de fiesta financiera. Escándalo que tampoco pareciera que fuera a ir mucho más allá de lo meramente anecdótico, a menos que por debajo de la mesa, esté ocasionando un maremoto, aún imperceptible. Hubo sacudida institucional, es tan cierto como deducible. Pero el resto mira lo acontecido con este tránsfuga como un paisaje de lo habitual, del que probablemente sólo el propio jamoncito salga indemne por aquel recurso de decir cualquier cosa en toda circunstancia, decir lo que venga sin ningún respaldo técnico ni histórico… recurso ya plenamente avalado –sino creado- por los grandes medios de difusión y generación de sentido vigentes. Redes sociales y grandes multimedios cuales capitanes estelares de un barco que concienzudamente, guían hacia el abismo con absoluta convicción de sus actos… e impunidad.

Por ejemplo, Milei dice que el senador que compraron “es todo del kirchnerismo” por más que haya votado todo al revés que el bloque de Unión por la Patria. También asegura que los pobres ya son muchos menos, y que los jubilados ganan en dólares como nunca en la vida.

Milei sostiene sin ningún rasgo de vergüenza ni decoro personal, que los extranjeros no residentes deberán pagar sus estudios superiores. No existe que un extranjero no residente curse la universidad. Pero no importa. La verdad no importa en absoluto. Más bien todo lo contrario. Por eso dice cualquier cosa en referencia a cualquier temática. Y a la mayoría, esos descalabros discursivos y actitudinales que conllevan severas consecuencias en la toma de decisiones y, ergo, en la calidad de vida de amplias mayorías populares argentinas, parece no importarles un comino.

Milei ordenó hacer todo lo posible para hacer cerrar el Senado. Para que no destituyan a Kueider porque lo reemplazaría una representante peronista de la rama de los no vendidos, pero al republicanismo anti casta tampoco le importa.

Milei anuncia que más remedios pasan a venta libre y ya no tendrán el descuento del 40% en las farmacias. Y no pasa nada. Es la libertad… por supuesto, de los laboratorios.

En semejante marco creció cierta expectativa politizada por lo que, quizás, de manera un tanto pretenciosa, se llega a calificar como “cumbre” entre Cristina Kirchner, Axel Kicillof y Sergio Massa. Dicen por ahí que, ¡Aleluya! Esta vez habría buena voluntad de todas las partes; habrá que ver para decir qué cosas. Difícilmente quepa esperar anuncios definitorios y en particular del rol que jugará, o no, electoralmente la ex dos veces presidenta, pero con ella nunca se sabe. Por lo pronto, parece ya ser tiempo, ¿No? De que la oposición aporte algunas precisiones, y no asistamos a una nueva edición del sainete continuo de una oposición más dedicada a lo que parece un ombliguismo acentuado.

¿Habrá vocación de unidad con propuestas alternativas concretas?

En el país por excelencia creador de la justicia social, ¿Cómo pudo suceder el presidente más extremista de las ultraderechas del mundo?

Al cabo del primer año de este gobierno de demolición, ¿Cómo pueden aún ser tantos, digo, TANTOS, quienes siguen esperando milagros de Milei, particularmente en las provincias donde la dependencia del Estado, ahora bajo amenaza, es tan extrema? Y en la vereda de enfrente vemos predominar un sentimiento de resignación.

Pareciera que, en términos psico-socio-culturales, se ha elegido una autonomía personal absoluta, que desprecia los planes sociales, se convencen de que cada cual debe arreglárselas como pueda, sin Estado que subsidie, y que aborrecen a los políticos en general aunque muy en especial a los del peronismo kirchnerista. De yapa, las ideas de todos los demás, están “viejas”. Estamos demodé.

La solidaridad y el amor al prójimo también son ideas “demodé para esa amplia porción de la población. Es posible que esta nueva subjetividad sea más profunda que las históricamente experimentadas. ¿En qué redunda ello? Muy sencillo y alarmante a la vez: Más individualismo, más racismo, más fascismo hasta en la vía pública, más jóvenes y más pobres cooptados por ese discurso, todo por vías de una realidad cada vez más líquida (por no decir cloacal) del aquí y ahora, lo quiero ya, no me importa cómo, y el futuro es demasiado lejos.

El antiperonismo continúa siendo el motor sentimental más fuerte de Argentina. ¿Tanto cambió eso, o no cambió un bledo? ¿Tanto cambió que todo sigue circunscribiéndose a quién es el que reparte la torta en cada momento, y el grueso de las dirigencias cambian de discurso y rumbo en consonancia?

La situación y las perspectivas son lo suficientemente graves como para abandonar todo chiquitaje, inmadurez política o chicanas maliciosas, y transitar por el camino de una unidad multipartidaria y sectorial, haciendo tábula rasa a las diferencias –sean razonables o absurdas, que hay un poco de todo- que hayan mantenido alejados unos de otros a todos los sectores de nuestra política vernácula, que se digan o reconozcan con raíces identitarias populares.

Todo lo que quede por fuera de ello, serán complicidades más o menos maquilladas de la catástrofe nacional que sobrevendrá a la vuelta de la esquina, mañana mismo… y antes también.

Pero atención: A la unidad más amplia posible y un poco más, se la precisa fortalecer con profundas renovaciones de tipo integrales en sus mensajes y en quienes encabecen su interpretación pública. En tal sentido, dijo sabiamente Jorge Halperín días atrás en su columna en Página 12: “La nueva subjetividad huele a viejo”. Menudo problema podríamos llegar a tener, si las cabezas para enfrentarlo son aún más viejas que los viejos nuevos esbirros coloniales, hoy en funciones de gobierno.

No perdamos de vista las enseñanzas más atemporales que la propia historia de la humanidad nos ofrece en todo momento: Señaló uno muy sabio hace más de 2000 años, que “los vinos nuevos, no se sirven en odres viejos”.

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