Un manejo integral de las plantas silvestres, incluso en nuestras huertas domiciliarias, requiere conocer sus características morfológicas y fisiológicas, sus requerimientos en relación con los factores bióticos y abióticos dentro de los ecosistemas y las relaciones establecidas con el resto de los seres vivos. Pero esto debe hacerse dentro de un marco económico, cultural y ambiental establecido. En este sentido, también se deben reconocer los aportes integrales que las plantas silvestres realizan a los agro-ecosistemas implementados.

Las características más importantes son:

a- La variabilidad genética de las plantas dentro de una misma especie, es decir la existencia de diferentes ecotipos, les permite adaptarse a una amplitud de condiciones ambientales y de manejo.

b- El tamaño de la semilla, que se relaciona con los modos y posibilidades de germinación, dispersión en el ambiente y ocupación de los espacios del suelo.

c- Las necesidades de luz, agua y oxígeno para poder germinar, que a su vez se relacionan con los métodos de labranza que pueden, o no, favorecer su germinación.

d- La viabilidad de las semillas: esto es, el tiempo en el cual la semilla mantiene su capacidad de germinar y dar origen a una plántula.

e- Su forma de reproducción y propagación: semillas, rizomas, frutos, brotes, estolones. De allí su capacidad de dispersión y persistencia.

f- La fecundidad de la planta, en este caso la capacidad de producción de órganos reproductivos o vegetativos. Cuando mayor sea la producción de semillas, mayores serán las posibilidades de expansión.

g- Grado de tolerancia de las plantas pequeñas al sombreado.

h- El tipo y capacidad de dispersión en el terreno de los órganos de reproducción sexual y asexual. El viento, el agua y los seres humanos dispersamos a las plantas silvestres; de allí deben derivarse las prácticas de manejo.

i- La habilidad competitiva: su capacidad de mantenerse creciendo con menor disponibilidad de agua y alimentos.

j- La alelopatía: la inhibición del crecimiento de un organismo por otro organismo a partir de la segregación y liberación al ambiente de compuestos químicos; por ejemplo, el caso de la inhibición de la avena guacha hacia las plantas de trigo.

Los seres humanos, a partir de la simplificación de los sistemas productivos, la utilización de semillas mejoradas —a veces transgénicas— y el uso de una alta carga de insumos sintéticos, hemos querido tener a los sistemas bajo control. Es decir, reducir el daño realizado por las plantas silvestres a un nivel, llamémosle, aceptable, compatible con adecuados rendimientos productivos y beneficios económicos.

La realidad nos muestra que no es posible ni la erradicación ni el control exhaustivo. Indicadores de esta situación son la persistencia de plantas silvestres, su expansión en el área de producción agrícola y la recurrente modificación en los criterios de manejo, a partir de la cual se originan la tolerancia y la resistencia a los herbicidas.

Este proceso establece el incremento en las dosis de aplicación, con la consecuente contaminación ambiental, y la aparición de nuevas plantas silvestres con alta capacidad de competir con los cultivos.

El criterio de control debería dar paso a un manejo sustentable, en el cual las plantas silvestres puedan integrarse al agroecosistema, determinando una disminución en las pérdidas por competencia en torno al agua, nutrientes y sol, e incrementando a su vez los “servicios ecosistémicos”; es decir, los aportes que estas plantas pueden prestar al sistema humano-ambiental, tales como ser fuentes de energía, de polen, así como participar en el manejo de la erosión y en el incremento de la materia orgánica del suelo.

Es decir, no solo su acción competitiva, sino también los aportes al sistema.

Para que esto ocurra se debe no solo repensar el rol o función de estos seres vivos, sino también su relación con los otros componentes del sistema —aún los seres humanos— y las prácticas que pueden favorecer o reducir su dispersión, crecimiento, desarrollo y competencia.

Podemos, en este caso, reducir la dispersión, no favorecer las condiciones de emergencia desde el suelo, no propiciar las condiciones de supervivencia, incrementar las condiciones de “control” biológico y minimizar la competencia con las plantas cultivadas.

Entonces es de destacar que el manejo de las plantas silvestres es parte del manejo general de todo el predio, y que el mejor modo de considerarlas es en términos de relaciones ecológicas: considerar al agro-ecosistema como un todo y, dentro de él, relaciones intra e interespecíficas donde la competencia es una más de las relaciones multifuncionales establecidas.

Esta visión sistemática es importante ya que, más que cada parte por separado (las plantas), se hace foco en las relaciones establecidas entre todos los componentes y en las múltiples funciones que expresa cada uno de ellos: qué aporte brinda al sistema y qué requiere de los demás elementos o subsistemas.

Se requiere una adecuada observación, diseño, planificación y acciones respetuosas, monitoreos y evaluación constante, así como —si se hace necesario— reformulación y/o modificaciones en las estrategias y prácticas a realizar.

No estamos condenados al uso de herbicidas; por el contrario, es posible encarar estrategias de manejo sustentable.

En primer lugar, debemos repensar que la práctica de utilizar herbicidas como única herramienta para el “control de malezas” no es ni viable económicamente ni sustentable desde el punto de vista ambiental.

En segundo lugar, debemos conocer a las plantas y su dinámica poblacional (nacimiento, crecimiento y muerte), así como cómo actúan sobre ellas los factores ambientales y las prácticas de manejo.

Debemos analizar las características, formas de dispersión y rol de las plantas silvestres existentes en la región de cultivo —y de aquellas que potencialmente puedan migrar—. A partir de lo anterior debemos diseñar los agro-ecosistemas y plantear las estrategias y prácticas de tal manera de generar resiliencia, sustentabilidad y viabilidad económica a mediano y largo plazo.

Los métodos para manejar a las plantas silvestres se clasifican en: preventivos, biológicos, de administración, físicos y químicos.

Los primeros incluyen procedimientos destinados a limitar la diseminación y el establecimiento de las plantas silvestres. En este manejo resulta indispensable conocer el período crítico, entendido como el momento del ciclo de vida de las plantas cultivadas en el cual la influencia de la competencia con las plantas silvestres determina, de manera ostensible, una reducción de los rendimientos.

Es un momento especial en el que se deben plantear estrategias y prácticas para prevenir dichas pérdidas.

En la agricultura tradicional, el conocimiento de este período permite a los agricultores y huerteros realizar un uso más eficiente de los limitados recursos de los que se dispone, ahorrando tiempo y gastos en el manejo de las plantas silvestres.

En la estrategia basada en el manejo debemos transitar de una valoración basada en criterios meramente económicos —como el daño potencial que los yuyos pueden hacer, el costo de la aplicación de herbicidas en relación a la merma en los rendimientos y, por ende, en los ingresos producida por la competencia de las hierbas— hacia una evaluación integral que contemple criterios relacionados con la contaminación y la salud socioambiental, la sustentabilidad y resiliencia de los agro-ecosistemas y la estabilidad administrativa y ecológica del predio.

Las plantas silvestres pueden ser parte de nuestra alimentación, por lo cual debemos protegerlas e incluso cultivarlas, y para ello es indispensable conocerlas.

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