Un gran homenaje al espejo donde nos miramos los unos y los otros.
Tiempo de reestrenos, si podemos llamarlo así. Tiempo de repreguntas, me viene una ¿cuánto de Esperando la carroza tenemos todos?, momentito estimado lector, piense y no se precipite a contestar raudamente… quizás no sea tan literal y a pie juntillas como podría pensarse. Tal vez, pueda encontrarse con muchos de sus estereotipos a la vuelta de la esquina o en su propia familia. Por algo, creo tiene tanto éxito una obra de teatro escrita por Jacobo Langster y presentada en sociedad en 1962. Y hubo tele, cine y teatro… y el grotesco sigue siendo un éxito. En algo nos parecemos a Elvira, Antonio, Nora y Matilde, esta sociedad donde brilla la empatía por su ausencia los trae como personajes vigentes y bien fresquitos.
Recuerdo que en 1985 cuando se filmaba en el barrio de Versalles la versión fílmica por todos conocida, iba a comer a la casa de mis viejos en el entretiempo, entre colegio y colegio. Tenía una juventud que extraño, y no había estrenado paternidad aún (lo sería por primera vez el 4 de abril del 86). Pues ese mediodía la tevé trasmitía un noticiero donde se anunciaba que, cerca de Liniers, estaban filmando una película argentina. ¡Uy! Le dije a mamá, cerca de acá. La voy a ir a ver. Recuerdo que cuando en mayo fuimos con mi señora me reí, pero esa risa no fue la que con los años, luego de que Función privada la repitiera en dos programas consecutivos, causara cada vez que se vuelve a ver.
A mí me pasó y a muchos le ocurrió.
Para los que dimos vuelta el codo, muchas de las actitudes y frases de esas personas del barrio, los Musicardi y los Romero, eran más que conocidas chapuceadas con el cocoliche de má de uno como diría Catita.
Asimismo, las situaciones de Esperando nos pintan, pero también pintan a una sociedad que en su fisonomía fue, aunque en sus mezquindades sigue siendo.
Sin dudas, y por algo Discépolo tiene vigencia también. Corriendo muchas de las sandeces que ocurren, sostengo que lo positivo es que sigamos revindicando una identidad que se remonta a tiempos inmemoriales, cuando los dilemas se dirimían con las palabras más que con el cuerpo.
Y uno podría decir al volver a ver la mentada película argentina una sentencia que sinceramente me emociona y mucho: ¿De qué te reís? De vos me rio… de todos nosotros me rio.

