A partir de la encíclica Magnificas Humanitas, una reflexión sobre la justicia social, el desarrollo humano integral y los desafíos éticos de nuestro tiempo.
“Supe que lo sencillo no es lo necio, que no hay que confundir valor y precio, Y un manjar puede ser cualquier bocado, Si el horizonte es luz y el rumbo un beso” (JM Serrat, 1974)
En su reciente encíclica MAGNIFICAS HUMANITAS(*), nuestro Papa León XIV nos presenta ideas, reflexiones y propuestas en relación a la dignidad humana, la solidaridad y críticas a la tecnología, en un marco de un planeta cada vez más injusto y ante la necesidad de búsquedas de un desarrollo humano integral.
El Papa León así nos dice: “… en cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto”.
Lamentablemente, no solo es un riesgo sino una realidad. Si entendemos la injusticia como la falta de equidad, la carencia de oportunidades, el deterioro en el respeto de los derechos humanos y del acceso a los bienes necesarios para vivir en libertad, el mundo que coadyuvamos a construir (aunque de manera desigual) es cada vez más indigno, arbitrario, depredador e inaceptable.
Las diez personas más ricas del planeta, entre ellos Elon Musk, Jeff Bezos, Mark Zuckerberg y Larry Page, detentan la misma riqueza que la mitad más pobre de los habitantes del mundo. Todos ellos son dueños de empresas ligadas a la generación de tecnologías vinculadas a las comunicaciones y al desarrollo aeroespacial. Son millonarios que buscan perpetuar su propia vida, vegetar en otros planetas, así como prolongarla con nuevas tecnologías médicas.
Respecto a lo indigno, un puñado de presidentes decide sobre ataques, invasiones y embargos económicos sobre otros países, sumiendo a sus habitantes en el hambre, el dolor y la muerte.
En relación a esta situación, el Papa afirma: “Un examen decisivo para la justicia social hoy está representado por la condición de los migrantes, de los refugiados y de cuantos son obligados a desplazarse a causa de la pobreza, la violencia, el cambio climático y los desastres naturales”.
Las invasiones y guerras (Palestina, Irán, Ucrania), además de muerte, sufrimiento y despilfarro de dinero, generan migraciones hacia otros países donde las personas no siempre son bien recibidas. Por el contrario, son sometidas a vivir en las peores condiciones socioambientales y económicas.
Desde la encíclica, el Papa León, y en relación al desarrollo humano integral, afirma: “… entendemos un proceso en el cual el crecimiento de las personas y de los pueblos abarca todas las dimensiones de la existencia y abre el futuro también a las generaciones venideras. El desarrollo es humano cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes, y cuando se refiere también a los pueblos, no sólo a los individuos”.
Más allá del nombre que le pongamos al proceso, el concepto de desarrollo ha sido muy bastardeado, tal que ha perdido valor y hoy, en sí mismo, quizás implique poco. De tal manera, debe ser complementado con otros adjetivos como desarrollo humano, desarrollo sustentable, desarrollo local, desarrollo ético y agroecológico, etc.
Entonces, el proceso de cambio debe ser centrado en las personas y comunidades, en su integridad, respetando su libertad de ser, de elegir, de vivir de acuerdo a su cultura, a sus hábitos y deseos, siempre respetando a “los otros/as”, quienes desean vivir de otra manera.
El respeto, un valor que perdimos, implica primero reconocer para luego apreciar la dignidad de cada ser vivo. Pero el Papa también nos habla de las generaciones futuras, de aquellos a quienes no conocemos pero por quienes tomamos decisiones, como la extracción y contaminación de los bienes comunes naturales: el agua, el suelo y el aire.
Más allá de nuestros regímenes de creencias, los seres humanos somos seres únicos, irrepetibles, de cuerpo, alma y espíritu. Un espíritu que nos recorre y compartimos, y que debería llevarnos a ser solidarios, justos y respetuosos.
El Papa, refiriéndose al desarrollo integral y a los derechos humanos, afirma: “La justicia exige el reconocimiento de los derechos sociales y de los derechos de los pueblos, e incluye la responsabilidad hacia los que vendrán después de nosotros. El desarrollo es integral cuando no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir”.
Integral porque debe abarcar todas las dimensiones implícitas en el ser, el estar y el tener. Este desarrollo debe implicar la posibilidad de producir y acceder a alimentos sanos, vivir en un lugar apto y no contaminado, expresar nuestras ideas, ser respetados, soñar juntos un futuro distinto y concretarlo.
Es decir, propugnar una calidad de vida donde la acumulación de bienes no sea el indicador dominante; por el contrario, que valoremos la creación, el afecto y la solidaridad. Un planeta, un mundo, una sociedad donde valga la pena vivir y morir dignamente como procesos naturales.
En este párrafo, el Papa León retoma la idea instaurada por el Papa Francisco de la Casa común: el planeta que todos habitamos pero que no siempre cuidamos, y del respeto por la diversidad en nuestros modos de creencias, de alimentarnos, de pensar políticamente y de ejercer nuestros derechos, prestando atención a nuestras obligaciones.
Derechos humanos, pero también los de la propia naturaleza, donde todos estamos incluidos.
También cabe reflexionar sobre la noción de la ecología integral.
“La idea de desarrollo humano integral encuentra hoy un criterio decisivo de verificación en la ecología integral, convertida en una dimensión imprescindible de la Doctrina social de la Iglesia. La calidad del desarrollo, de hecho, se mide por su capacidad de mantener unidos, sin separar, la justicia hacia las personas y la custodia de la Casa común, favoreciendo condiciones de vida digna, acceso a los bienes necesarios, relaciones sociales justas, cuidado de la creación y atención a las generaciones futuras”.
La ecología integral implica el principio de inclusión de los seres humanos en la naturaleza y la necesidad de respetarla, no solo por aquello que “nos da o brinda”, expresado en la valoración de los servicios ambientales, sino por sus propios e invariantes derechos.
Este aporte implica recuperar la noción de la Casa común de manera integral, desde el lugar en que habitamos hasta territorios desconocidos y distantes, que pueden afectar o no nuestra propia vida, pero que también merecen nuestra preocupación, reflexión y acción.
La ecología integral no solo implica estudiar las relaciones entre especies, las cadenas tróficas, la cooperación y competencia entre especies, sino analizar críticamente nuestras acciones y su efecto a corto y largo plazo, por ejemplo sobre el cambio climático.
Cerrando la nota de hoy, pero planteando ideas para la semana próxima, el Papa León nos interpela acerca de cómo repensamos la reconstrucción de una sociedad más justa y digna, y los nuevos caminos hacia el bien común.
Así apela a dos imágenes y enseñanzas bíblicas: la construcción de la torre de Babel y la reconstrucción de los muros de Jerusalén.
“… el relato de Babel se sitúa en los orígenes de la humanidad… los seres humanos, habiéndose establecido en la llanura de Senaar, deciden construir una ciudad y una torre «cuya cúspide llegue hasta el cielo»; quieren así asegurarse estabilidad y poder y, sobre todo, «perpetuarse un nombre», temiendo ser dispersados por la tierra. La empresa parece imponente: una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección”.
Una empresa difícil: construir una ciudad desde una sola cultura, a partir de la ausencia de diversidad y con homogeneidad de saberes y haceres. Una construcción que, si bien puede lograr estabilidad, lo hace desde el poder y el orgullo, en la idea de que los seres humanos podemos bastarnos solos.
Por el contrario, nos dice León XIV: “Elijamos, en cambio, el «camino de Nehemías», que pone de relieve el valor del trabajo compartido para hacer que la ciudad de Dios sea un lugar seguro para los exiliados que regresaron. Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad”.
Hemos perdido el diálogo fraterno. No nos escuchamos. Desechamos las “otras” ideas, miradas y cosmovisiones. Como dice el tango: “los inmorales nos han igualado”.
En esa pluralidad de voces hay riqueza. Las ideas se complementan, se enriquecen y se superan. Esta experiencia de diálogo requiere primero la construcción de espacios de escucha, de aprendizajes y de errores. De compartir reflexiones y acciones.
Así como la naturaleza, que es sabia, se expresa, se sustenta y pervive desde la diversidad de especies, ciclos, flujos y relaciones, los seres humanos no solo debemos respetarla, sino también alentar lo diverso y heterogéneo, cada día, desde nuestras propias acciones.
(*)CARTA ENCÍCLICA MAGNIFICA HUMANITAS DEL SANTO PADRE LEÓN XIV SOBRE LA CUSTODIA DE LA PERSONA HUMANA EN EL TIEMPO DE LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL https://episcopado.org/assetsweb/cont/4888/carta_enciclica_de_su_santidad_leon_xiv_magnifica_humanitas_(15_de_mayo_de_2026).pdf

