Siempre recuerdo a quienes cultivaron con justo derecho la palabra maestro. Y haber sentido la docencia horadó en mí la inquietud por comunicar desde que era muy chico, luego profesionalmente, y durante cuarenta años ejercí la docencia con mucha pasión. En ese trayecto pude conocer maestras. Una de ellas, cuando me jubilé, dio en la clave con sus palabras justas: “uno no deja de ser docente nunca”, me dijo mi amiga Marta, y jamás lo olvidé.
Creo que ser maestro tiene que ver, inevitablemente, con el buen uso de las palabras; herramientas que permiten la emergencia del pensamiento cuando a jóvenes y adultos se les enseña a usarlas. No tengo dudas de que ese mensaje subliminal fue un claro propósito viniendo de otra maestra, Marta. ¡Qué valioso es que viniendo las palabras y los mensajes de ambas Martas maestras, sigan horadando mi mente! Ellas cursaron la universidad en una época donde esos territorios tenían una presencia muy grande de hombres, pero habiendo terminado sus carreras superiores nunca se olvidaron de lo fundante del magisterio. Y por qué no decirlo, las Martas tienen M de magisterio y también traccionan otros nombres de maestras muy queridas: Mirta, Aida y Blanca, quienes me han enseñado a considerar al prójimo como a sí mismo, dejando en su mensaje eso de que la templanza al enseñar es una aliada de la paciencia al aprender. Así comprendí que estas virtudes son esenciales cuando uno enseña y concurren en la esperanza de que otros aprendan.
Blanca, Aida, ambas Martas, Mirta, Bety y Edmundo… maestros que labraron en mí huellas, empezando por puntos diferentes y en épocas distintas. Sin embargo, para ellos la alfabetización fue el punto, un inapelable derrotero que ha igualado realidades en distintos campos del saber. Así predicaron sus mensajes en el Hogar Escuela de Ezeiza, las escuelas normales, la universidad, Institutos, CENS, donde el común denominador fue siempre que los caminos y las huellas lograran alumbrarse con buenas y valiosas palabras.
La lengua de las Mariposas
La tarea de estos maestros me lleva a «La lengua de las Mariposas». En esa película española, Don Gregorio, un maestro republicano (Fernando Fernán Gómez), ejerce en un pequeño pueblo de Galicia en tiempos de la Segunda República. En su escuela multigrado se teje un fuerte vínculo con Moncho, un niño que atiende a sus enseñanzas. El maestro cultiva en él el entusiasmo de dar a conocer los fenómenos de la naturaleza y la propiedad de las palabras que irremediablemente marcan el camino de la libertad a través del conocimiento. Pero la contrafuerza asesina las secuestra, lo secuestra.
Don Gregorio ha podido reflejar su pasión al sembrar las mentes con conocimientos claros, puestas las palabras justas que emanan de las lenguas y aquellas que tanto se esperan observar. Por eso me pregunto ¿no es acaso esa la finalidad de alfabetizar para conocer? He sentido en carne propia que para esa tarea, aquellos maestros que he conocido me han brindado la posibilidad de explorar un conjunto de sentires y pensares, donde los valores y las palabras forjan los territorios que abren puertas hacia la libertad.
En ese sentido, cuando Don Gregorio, Martas, Mirta, Aida, Blanca, Bety y Edmundo abren la posibilidad de entender de qué va el magisterio, una tarea de inacabada entrega para correr el horizonte.
Así, entender que la libertad no se predica en abstracto y a los gritos o se consustancia con hechos mentirosos sino, todo lo contrario ocurre en la promoción de cosas bellas e igualitarias en las conciencias para que todos y todas puedan ser parte de este conjunto, y ninguno quede afuera.
Dedicado a Marta Marucco, Marta Gagliardi, Mirta García, Beatriz Navas y al amigo maestro Edmundo Zanini, en quienes puede reconocerse el espíritu del gallego maestro Don Gregorio.



