No tiene el menor sentido sentarme a analizar lo que ya está sobreanalizado desde todas las variables, impregnado de información falsa, de pescado podrido y distorsiones a un lado y al otro lado del mostrador. Porque hoy día las fake news de unos son contrarrestadas con las fake news de los otros.

¿Y que hay de «la verdad»?… La «verdad», damas y caballeros, la verdad yace muerta hace varios años, sepultada bajo tierra, y sin que nadie le lleve siquiera una flor por respeto e íntima vergüenza de no haberla sabido defender cuando aún era posible.

¿Sentarme desde un rol altruista a señalar medias verdades acomodadas al paladar del anunciante, mientras lenta pero sostenidamente avanzan intentos de condicionamientos poco menos que estructurales para que sobreviva este pequeño medio regional, que siempre pretendió mantener en alto la bandera del pensamiento crítico?

Pues bien, dicho mástil con la bandera ya desvencijada aún permanecen en alto, pero quien la enarbola ha caído, como tantos millones de compatriotas, y ya no hay manera de volverla a levantar bajo los mismos parámetros del pasado.

Porque en nuestra sociedad de la desmemoria, hasta lo más reciente ya es pasado. Y el pasado rápidamente deja de existir. Un gran horizonte avanza con la Nada misma que instaló Sartré en “La Náusea”. Una mancha voraz que entre autoritarismos, fascismos y asimetrías alocadas entre ricos y pobres, opresores y oprimidos, belicistas y pacifistas, el mal tangible y un supuesto bien nunca del todo visualizado, nos devora poco a poco, prometiendo dejar una Argentina de tierra arrasada en no demasiado tiempo por delante.

El viejo polemista francés del siglo XVII, genial poeta, dramaturgo, duelista  y guerrero incomprendido en su tiempo, y pulverizadas casi todas sus obras por una religiosidad oscurantista, estoy refiriéndome a Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac (1619-1655), supo señalar que “uno no batalla con la esperanza del éxito. No. Precisamente es más bello batallar en este camino, porque es inútil”. El romance de la épica que no triunfa pero siembra un mensaje hipotético para que lo levanten generaciones venideras.

El romance de agotar existencias enteras confiando en lo que nunca termina de llegar del modo en que lo soñaron sus impulsores. Y lejos de ello, corroborar que los pícaros de siempre la pasan genial, y que el grueso de ese pueblo otrora ridículamente idealizado, ve con muchos mejores ojos y apetencias seguir el camino de la transa y el acomodo, que la sacrificada pedagogía de la senda ética e igualitaria.

Y aún así, seguir editorializando. ¿Para qué, estimados lectores?

Porque a este director se le acabaron las respuestas, que nunca las tuvo como nadie las tiene en realidad. Pero al menos transitaba junto a ciertos vectores conjeturales rumbo a algún lugar futuro, donde la prédica de la palabra tuviera algún sentido pedagógico, paciente y lento, pero sólido al fin y al cabo.

A la vista de nuestro tiempo, el mundo acabará explotando, probablemente un par de siglos antes que la sociedad a escala global pueda construir un nuevo paradigma de coexistencia en paz, y donde la dignidad humana sea el centro absoluto de importancia en tal contexto.

El genial Carl Sagan avizoraba en su libro “Cosmos” de mediados de los años 80, que la humanidad podía lograr crecer hacia una patria universal y una evolución mental y sociocultural sin precedentes, recién en los próximos cinco o seis siglos. A menos que se autodestruyera por completo (mucho) antes de ello.

En esa disyuntiva estamos, marcados a fuego en las últimas semanas y horas. Y no estoy en condiciones de mentir augurando un final feliz para esta larga película hollywoodense, en la cual nos han metido por la fuerza como relleno decorativo en medio de escenas supuestamente épicas. Para deleite de otros. De muy pocos, naturalmente.

Con respecto a la política local y sus devenires cada día más inciertos y neblinosos, una gran amiga sureña, me decía esta mañana, respecto a la actuación parlamentaria de la oposición a jamoncito: “Nos hemos convertidos en chicos buenos. Chicos que cuando van a casa ajena, piden permiso para ir al baño, se quedan callados cuando hablan los mayores, no dicen palabrotas, comen aunque la torta no les guste y obvio se dejan llenar de besos y no se limpian los cachetes. Tristísimo. Con carteles, señas, grititos no hacemos nada compañeros. Muevan el culo, dejen los egos, piensen en el pueblo que los votó y no en los cargos… porque en verdad ya es evidente que estamos solos”

De la mano de la mayor parte de esta generación dirigencial está, de raíz, todo prácticamente perdido. Adolecen de coraje transformador, de decisión para afrontar propias consecuencias mientras marchan al frente liderando a su pueblo. Con burócratas cómodos en sus bancadas y jugosas prebendas, que a lo sumo realizan actings para sobreactuar oposición ante las cámaras, no hay revolución ni en nuestros sueños. Se pueden perder o ganar elecciones; se pueden modificar algunas cuestiones, pero no hay material que encabece al pueblo y que esté en condiciones y tenga la firme voluntad de avanzar hacia la disputa de los intereses más medulares que son la base de sustentación de los verdaderos dueños del poder.

Porque mientras nos señalan aquello de la “correlación de fuerzas”, pasan generaciones enteras, nos morimos, y podemos esperar sentados a que dichas correlaciones verdaderamente se den vuelta. Nadie le pone el cascabel al tigre en estas pampas. La Sociedad Rural, por sólo citar un caso, conserva su poder con amplios tentáculos desde hace más de 150 años. Y así la lista es larga.

Con respecto al pensamiento de quienes apuntalan de una o la otra forma a la línea destructiva y medularmente antihumana de los que gobiernan este país, de la mano de idénticos lineamentos que perpetran los monstruos dirigentes del poder real en Occidente,  uno de los más sabios y fieles amigos que me ha dado esta vida, en su inagotable fuente de sencillas y profundas enseñanzas, me sintetizaba mates mediante, anoche su parecer de lo que (nos) pasa desde lo global a lo chiquito del sub-universo nacional argento, con estas elocuentes palabras: «No es posible estar siquiera aproximadamente bien, cuando todo en su absoluta totalidad está enteramente mal y fuera de nuestro control».

Un inmenso reguero de sangre derramada ha comenzado a ser esparcida por la fuerza en distintas partes del planeta. Y muy probablemente, esto sea apenas el ínfimo muestrario de una máquina continua de arrebatar el derecho a la vida humana. Y acá, el gobierno aplaude y promueve la muerte ajena con ya inocultable morboso placer.

¿Todavía cantamos, a pesar de todo lo anterior? Sí. El arte es lo que sigue de pie, más que ninguna otra herramienta transformadora de nuestras sociedades.

Claro está que seguimos cantando, apenas con las fuerzas de pensar en medio del estruendo sordo generalizado, y visualizar entre una bruma cada vez más cerrada.

Quizás hayamos llegado a  la fase que necesita recibir su diagnóstico de base, al que podemos definirlo como el tiempo donde los contestatarios caminamos por la tierra de lo románticamente inútil. Como Cyrano 400 años atrás, pero sin la inherente potencia de su utopía. 

O como bien le dijo Miguel de Unamuno al general Millán Astray, aquel fascista tan irredento como inmundo que se vanagloriaba de la muerte ajena al grito de «Viva la muerte»… luego de su inolvidable discurso, aquel del “Podrán vencer pero jamás podrán convencer, porque para vencer les sobra la fuerza bruta, pero para convencer hace falta persuadir, y para persuadir necesitan aquello que carecen: La verdad en sus propósitos”, el filósofo y rector de la universidad de Salamanca, concluyó, moralmente abatido acaso como este humilde editor, espetándole aquello de que «considero totalmente inútil exhortarles a pensar en España». Y antes de bajar la lapicera del cuaderno que recibe estos garabatos con aroma a final de época, añado: Coincido con ello, trasladado a estas tierras.

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