En esta semana se cumplen 50 años del último golpe militar contra no solo la vida institucional de nuestro país, sino contra la misma vida de cada una de las personas. En estas circunstancias, elijo para comentar la problemática asociada a la consecución de los derechos humanos que la dictadura militar transgredió, restringió y negó en nuestro país.
Nos dice la voz de Ana Belén sobre un tema escrito por Víctor Manuel y Andrés Molina:
Qué te puedo decir?
Que tú no hayas vivido
Qué te puedo contar?
Que tú no hayas soñado
Qué te puedo decir?
Que tú no hayas vivido
Qué te puedo contar?
Que tú no hayas soñado
Los derechos humanos son inherentes a las personas más allá de donde nacemos y vivimos; aunque parezca un juego de palabras, el derecho a que se respeten nuestros derechos: a vivir en libertad, a expresar nuestras ideas, a nuestra dignidad, a transitar por nuestros países, a ser escuchados, a ser respetados, a recibir educación…
Los derechos humanos, tanto los civiles como los relacionados con el acceso a un ambiente sano, a un trabajo digno, a una alimentación integral, al respeto de nuestra cultura, a estar informados sobre las características de las sustancias que manipulamos en nuestras tareas cotidianas, constituyen la base de poder lograr una vida plena dentro de aquello que denominamos el buen vivir.
En este caso, no acceder a un ambiente sano, tanto laboral como en nuestra residencia, implica que se estén vulnerando nuestros derechos. En relación a esto, los Derechos Humanos, en su dimensión tanto civil como política, por una parte, y de derechos económicos, sociales y culturales por otra, junto con los derechos de la naturaleza, deberían tomarse como esenciales para generar acciones, actividades y políticas públicas que resguarden la salud socioambiental y posibiliten una vida digna.
Los Derechos Humanos han sido reconocidos progresivamente a través de la historia, como consecuencia de graves crisis de la humanidad y de luchas sociales, en demanda de mejoras en las condiciones de vida de las personas. Se pueden clasificar en “Generaciones” o fases de reconocimiento.
La Primera Generación reúne a los ya mencionados derechos fundamentales, civiles y políticos, que fue el primer conjunto de derechos aprobados. La Segunda Generación, conocida como derechos económicos, sociales y culturales, se refiere al bienestar económico, el acceso al trabajo, la educación y la cultura, a fin de asegurar el desarrollo de los seres humanos y sus comunidades.
En el caso de los derechos humanos englobados en lo que se denomina Tercera Generación, contemplan cuestiones de carácter supranacional, como el derecho a la autodeterminación de los pueblos, el derecho al ambiente sano, el derecho al desarrollo, el derecho a la paz, entre otros.
En referencia a las temáticas socio ambientales, si bien la decisión de utilizar plaguicidas puede constituir una decisión individual, no ha estado ajena a la relación con las políticas públicas y las presiones directas e indirectas de las empresas que fabrican y venden plaguicidas.
En este sentido, en la Argentina una gran parte de las políticas públicas, y sus instrumentos, han favorecido y consolidado un modo de producción altamente dependiente de insumos contaminantes y que genera desequilibrios no solo en las dimensiones de la estructura agraria, sino también en otros campos sociales y productivos, así como en el registro, producción, comercialización y utilización de plaguicidas.
Resulta evidente que se vulneran la mayoría de los derechos humanos: a gozar de una vida saludable, a obtener una alimentación sana, a obtener pautas relacionadas con la salud integral tanto corporal como en los aspectos psicológicos, a gozar de un ambiente sano, a trabajar en condiciones dignas, a ejercer una actividad económica decente con creatividad y en la cual se respeten las pautas, hábitos y conocimientos relacionados con la cultura propia de cada productor y comunidades.
Es nuestra obligación generar cambios sustanciales que no solo implican mejorar el acceso a la información, prohibir la aplicación de plaguicidas altamente peligrosos, cambiar las condiciones de vida y trabajo de las familias que desarrollan actividades agrícolas, desterrar el trabajo infantil, sino además propiciar las condiciones de desarrollo de la agroecología como paradigma productivo, social y de respeto por toda forma de vida que nos conduzcan a una vida plena que merezca ser vivida.
Los plaguicidas presentan riesgos a la salud y al ambiente desde su elaboración hasta su uso o eliminación. Generalmente, hay un riesgo particular durante el almacenamiento, la manipulación y el desecho de envases.
En la mayoría de las unidades de producción (familiares y empresariales) se reconoce el trabajo realizado por las mujeres, aunque no siempre es visibilizado, en todas las fases, sean productivas como domésticas y comerciales. Además, las mujeres son las máximas responsables en los espacios que hacen la posibilidad de reproducción familiar y del predio, siendo el cuidado y la atención de otros miembros de la unidad doméstica y el mantenimiento de los cultivos alimentarios sus funciones principales.
Los niños y las niñas que viven en predios donde se realizan actividades agropecuarias suelen convivir con los plaguicidas, ya sea porque el almacenamiento de los agroquímicos se realiza dentro de la misma vivienda a falta de otro lugar, o porque durante la dosificación, y aún durante la aplicación y desecho de los envases, los niños y los adolescentes de la familia se encuentran presentes, acompañando o colaborando con sus padres.
Si de por sí el trabajo infantil implica una violación a los derechos humanos, dado que se restringen sus derechos a estudiar, a la recreación, a gozar del tiempo libre, la exposición a sustancias tóxicas como los plaguicidas implica una doble transgresión, ya que se restringe el derecho a la salud, pudiéndose hipotecar el desarrollo de una vida plena dado que la exposición a estos tóxicos puede implicar el desarrollo de enfermedades tanto agudas como crónicas.
En este caso, por ejemplo, las enfermedades que afectan el sistema embrionario y el desarrollo infantil. Los agrotóxicos modernos cumplen de diversas maneras todos los tipos de efectos tóxicos en el desarrollo descrito previamente: genotoxicidad y citotoxicidad, disruptores endocrinos y generando impactos crónicos en el contexto de programación fetal y transgeneracionales, según estudios de herencia epigenética.
Las comunidades que residen en territorios rurales y periurbanos se hallan expuestas a los plaguicidas tanto en forma directa, producto de la deriva o arrastre de partículas por el viento, así como por la contaminación del aire, agua y suelo. Producto de esta situación, las comunidades han realizado diversas actividades a fin de restringir el uso de plaguicidas, o bien han presentado demandas ante la justicia.
Entonces, continuemos y enriquezcamos estas luchas para que podamos conocer nuestros derechos y las formas en que deben respetarse.
